Cap 15 Desaparecida

1020 Palabras
Mirella sintió que el corazón le daba un vuelco. Se puso de pie con algo de torpeza. —Tengo que ir al baño —murmuró, sintiéndose abochornada y un poco mareada. El vino, los nervios, la confusión... todo la envolvía en una nube espesa. Ya había perdido la cuenta de cuantas copas tomó en la mesa. Tomó su bolso y se apresuró entre la gente hacia la salida, intentando ocultar su rostro tras el cabello y caminar sin parecer que huía. Pero fue inútil. Joaquín ya la había visto. La reconoció de inmediato y tras intercambiar unas palabras rápidas con los asistentes para que siguieran, se disculpó con los presentes y comenzó a seguirla discretamente. Desde la mesa, Olga observó a Joaquín despedirse de las personas importantes a su alrededor y marcharse en la misma dirección que su amiga. Su rostro palideció y tomó su copa con manos temblorosas. —¡Ay, Dios! —exclamó en voz baja, bebiendo el líquido de su copa, su futuro en el barco era incierto. Ya en el baño, Mirella se lavó la cara. Estaba algo mareada, había bebido más de la cuenta y lo sabía. El vino, la vergüenza, el escándalo de la noche… todo le daba vueltas. Se secó con una toalla y se miró en el espejo. Sus mejillas estaban encendidas, sus ojos un poco vidriosos. Se retocó con esfuerzo, intentando recuperar algo de compostura, busco en su bolso el teléfono para llamar a Olga y decirle que se retiraba de la fiesta sin embargo no lo encontró, bufó bajo y salió al pasillo sin notar quién la esperaba. Joaquín estaba ahí, recargado con elegancia contra la pared. La había estado esperando en silencio. Al verla pasar distraída, notó que caminaba más lento, con pasos inciertos. Sin decir palabra, se acercó y la sostuvo suavemente por la cintura, ayudándola a mantener el equilibrio. La fragancia de su colonia —fresca, masculina, inconfundible— invadió el aire y Mirella alzó el rostro, confundida. Lo reconoció al instante. Joaquín le sonrió con ese aire de confianza tan suyo, pero con una chispa burlona en la mirada. —¿Sigues pensando que soy un anciano arrugado? Mirella abrió los ojos de par en par. Su rostro se encendió de vergüenza. Negó con la cabeza rápidamente. Esperaba que el hombre no recordara lo que dijo, estaba equivocada. —Lo siento… yo no sabía quién eras… Él acarició su mejilla con la yema de los dedos, y sonrió con cierto atrevimiento. —Aunque en algo tuviste razón… —murmuró, acercándose más. La arrinconó con cuidado entre la pared y su cuerpo, sin tocarla de forma inapropiada, pero dejándole sentir su presencia—. No soy libidinoso. Pero me gusta el placer... y no suelo fallar cuando se trata de hacerlo memorable. Ella tragó saliva. Sentía el calor del cuerpo de Joaquín a escasos centímetros del suyo, su aroma, su aliento con sabor a menta. El corazón le latía con fuerza. Ella no pudo decir nada pues los labios de Joaquín la callaron, él la apretó más a la pared pegándose a su cuerpo quitándole la posibilidad de moverse, esta vez no se le escaparía. Mirella estaba mareada y no razonaba correctamente, sintió el aliento de Joaquín sabor a menta y el calor surgiendo mientras el beso se hacía más efusivo. Se apartó un momento de ella mirándola a los ojos que estaban opacos, ella perdía el sentido en momentos por el alcohol en su sistema. Joaquín nunca había experimentado algo parecido con una chica, sus labios eran suaves y delicados con su sabor a vino y dulce de su brillo labial, era torpe para seguirle el ritmo, se notaba era muy inocente y desde el primer momento que se vieron no le interesaba estar con él, era muy raro, las mujeres lo perseguían sin cesar, aunque estuviera casado, le rogaban por una noche, esta chica, era la excepción… Raúl, el asistente de Joaquín, recorría el salón con el ceño fruncido. Esa mujer Lidia lo detuvo mucho tiempo con sus preguntas e historias absurdas que no se dio cuenta cuando su jefe desapareció entre la gente. Había pasado ya bastante tiempo desde que su jefe se apartó del evento y no respondía los mensajes. Lo buscó entre los grupos de invitados, cerca del escenario y luego en los pasillos laterales. Al llegar a una sección menos iluminada del corredor, se detuvo en seco. Desde la penumbra, vislumbró una escena que no esperaba, Joaquín estaba con una mujer acorralada contra la pared, besándola con pasión desbordada. Sus cuerpos estaban muy cerca. Él la sostenía por la cintura y acariciaba su cuello con los labios, mientras ella se aferraba a su saco. Raúl reconoció a la joven al instante, era la misma que Joaquín había estado observando durante la cena. Aunque atónito por la escena, Raúl desvió la mirada y se colocó al final del pasillo, bloqueando discretamente la vista de cualquier curioso. Era la primera vez que tenía que “proteger la privacidad” de su jefe, nunca había actuado así antes, Menos planeado. Más… emocional. Poco después, escuchó pasos tras él. Joaquín se acercaba, llevando a la joven en brazos. Ella estaba recostada sobre su pecho, con los ojos cerrados, aferrada a él con una mano. No parecía del todo consciente y Raúl lo notó de inmediato. —Iré a mi camarote —dijo Joaquín en voz baja—. Encárgate de todo. Raúl asintió, bajando la cabeza con discreción, aunque por dentro seguía procesando lo que acababa de ver. Observó la espalda de su jefe alejarse por el pasillo sin pronunciar palabra. Una vez que estuvo solo, Raúl se frotó el rostro con ambas manos Con el rostro serio, regresó al salón para asegurarse de que la fiesta siguiera su curso. Olga revisó la hora. Mirella ya se había tardado mucho. Notó que su amiga había dejado el teléfono sobre la mesa. Se levantó para buscarla en el baño, pero no la encontró. Caminó por todo el salón, escaneando con la mirada cada rincón, cada rostro, pero nada. La ansiedad empezó a subirle por el pecho.
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