Mirella asintió, aún con el alma rota, pero agradecida por tener a alguien que la apoyara sin condiciones.
Ambas regresaron a sus puestos de trabajo. Todo parecía volver lentamente a la rutina… pero Federico no pensaba rendirse tan fácil.
Durante la semana siguiente, la buscó todos los días. Llamadas, mensajes, apariciones fuera de la oficina, esperas en la salida. Insistente. Desesperado. Quería hablar, explicarse, disculparse.
Pero Mirella se mantuvo firme. No iba a abrir una puerta que él mismo había destrozado. Si la había engañado una vez, lo haría de nuevo.
Finalmente, una tarde, harta del acoso, lo enfrentó.
—¡Se acabó, Federico! —le gritó con decisión—. Por favor, ya no me molestes.
Se dio la vuelta sin esperar respuesta y se alejó con paso firme. Federico se quedó solo, en medio de la acera, rodeado de gente que lo miraba con curiosidad, algunos con lástima, otros con desdén.
Pero Mirella no miró atrás.
Había sufrido, sí. Pero también había aprendido.
Unas semanas después…
Olga y Mirella estaban sentadas en la oficina del jefe. Las había llamado de forma inesperada aquella mañana. La tensión era palpable, pero ambas intentaban mantener la compostura. La puerta se abrió y él entró con su típica sonrisa socarrona. Era un hombre bajito y regordete, con una calvicie notable que trataba de disimular con lo poco de cabello que aún le quedaba peinado hacia un lado.
Se sentó frente a ellas, acomodándose con lentitud en la silla giratoria, y las observó con intensidad durante unos segundos. Olga y Mirella se miraron entre sí, esperando que hablara.
Finalmente, el jefe se recargó en el respaldo con aire importante.
—Tenemos noticias sobre Tania Lux —anunció con un tono que buscaba dramatismo—. Hará un viaje en crucero en los próximos días. Al parecer, los rumores dicen que está tras un empresario multimillonario… o que ya tiene una relación con él. Necesito que ustedes dos se embarquen en ese crucero y averigüen todo.
Ambas mujeres parpadearon con incredulidad. Se quedaron en silencio por un momento hasta que, al unísono, dijeron:
—¿Crucero?
El jefe asintió con una sonrisa cómplice mientras sacaba dos sobres gruesos del cajón de su escritorio.
—Sí. Irán como pareja para no levantar sospechas. Tienen todo cubierto: boletos, documentación, incluso ropa adecuada. Viajarán como infiltradas de la prensa rosa. Nadie debe saber quiénes son realmente.
Olga tragó saliva, intentando procesar lo que acababa de escuchar, mientras Mirella abría el sobre y observaba los pases dorados para el crucero con ojos entre la sorpresa y el desconcierto.
—¿Estamos… fingiendo ser pareja? —preguntó Mirella, aún sin creerlo del todo.
—Exacto —confirmó el jefe—. Tania no se dejará ver fácilmente. Necesitamos una estrategia y ustedes dos son las más astutas del equipo.
Olga soltó una carcajada nerviosa.
—¿Nosotras… las más astutas? ¿Desde cuándo?
—Desde que ninguna de ustedes tiene miedo de decir la verdad —respondió él con picardía—. Y porque nadie sospechará de una pareja joven disfrutando del lujo.
Mirella suspiró, aún en shock, pero con un ligero cosquilleo de emoción por lo inesperado.
Quizá este crucero era justo lo que necesitaba.
Una nueva aventura. Un cambio de escenario. Una oportunidad… para empezar de nuevo. Pero sentía algo que la inquietaba…
Ambas revisaron los boletos con atención. Aunque no eran de primera clase, incluían bastantes beneficios: acceso a zonas exclusivas, comidas gourmet, actividades recreativas y un camarote compartido con vista al mar. Los ojos de Olga se iluminaron con emoción, como una niña frente a su primer regalo de Navidad. Mirella, en cambio, no estaba del todo convencida.
—Señor… ¿No podría mandar a alguien más? —preguntó Mirella con un tono de duda en la voz, aun sosteniendo el sobre.
Olga giró a verla, incrédula.
—¿Qué? ¿No quieres ir?
Mirella hizo una mueca, sin saber cómo explicar lo que sentía. El jefe intervino antes de que pudiera decir algo más.
—Podría mandar a alguien más, claro… —dijo, mientras se acomodaba los lentes—. Pero tú, Mirella, eres la mejor en edición. Y Olga, tú tomas las mejores fotos de todo el equipo. Con la información que consigan, podríamos hacer un artículo de más de tres páginas. Necesitamos saber todo: qué come Tania, con quién se sienta, a qué hora se levanta, incluso cuántas veces va al baño si es posible.
Las miró con seriedad.
—Esto es crucial para la revista. Nuestros números están bajando. Esta nota puede ser el golpe que necesitamos para resurgir. Confío en ustedes más que en mi propia madre.
Ellas quedaron en shock por un momento ante las palabras de su jefe, parecía desesperado
Al salir de la oficina, Mirella seguía con la expresión tensa, como si la acabaran de invitar a un funeral en vez de a un viaje en crucero.
Olga, entusiasmada, trató de animarla.
—Vamos, amiga… Es una gran oportunidad. Vamos a estar en altamar, comida deliciosa, noches estrelladas, gente interesante, ¡y sin Federico! Que sea vuelto una piedra en el zapato. Es justo lo que necesitas.
Mirella suspiró, cruzándose de brazos.
—No lo sé… suena a mucho drama.
—¡Por eso mismo! Tú necesitas un drama que no sea el tuyo. Un crucero lleno de secretos, celebridades, un empresario millonario... ¿y si resulta que está guapo?
Mirella soltó una pequeña risa, aunque aún tenía dudas.
—No sé si estoy lista para otra historia de amor fallida…
—¿Quién dijo algo de amor? —dijo Olga guiñandole un ojo—. Solo trabajo, sol, y si hay un poco de romance… pues bienvenida la distracción.
Mirella bajó la mirada, pensativa.
Tal vez… solo tal vez… el mar podría llevarse un poco del dolor.
Mirella resopló mientras miraba el boleto, Olga siguió parloteando por algunas horas sobre los beneficios que les traería el viaje, pero Mirella seguía negándose.
“No lo sé…” Mirella dudaba.
“Vamos, será solo por cuatro días, nos vamos el viernes y el lunes regresamos refrescadas, con la información y con mucho mas ánimo”.
Mirella respiro hondo, no había dormido bien en días, con su trabajo de medio tiempo, la escuela y Federico acechándola, no podía descansar. “Lo pensare…”