Mirella se quedó profundamente dormida, mientras Joaquín la observaba en silencio. Su respiración era tranquila, su rostro sereno.
Pasaron unas horas. Cuando notó que el amanecer asomaba a través de la ventanilla, se incorporó con cuidado, tratando de no despertarla. Se vistió en silencio y salió de la habitación sin hacer ruido.
En el pasillo lo esperaba su asistente.
—Señor —lo saludó con una leve inclinación.
Joaquín tenía una expresión tensa, la mirada lejana, como si algo lo perturbara.
—Investiga qué fue lo que sucedió anoche —ordenó con voz grave.
La noche anterior había brindado con varios conocidos. Todo parecía normal al principio, pero en cierto momento comenzó a sentirse extraño... inquieto, sofocado. Y cuando tuvo a Mirella entre sus brazos, algo dentro de él estalló. No pudo contenerse. El calor lo invadió de inmediato.
Era un hombre recto, reservado, con principios. Siempre se había controlado. Pero esa noche, por alguna razón, perdió el dominio. Y sabía que no era solo deseo… algo en lo que bebió lo empujó más allá de sus límites.
El asistente asintió con discreción, comprendiendo la gravedad del asunto, y le entregó los detalles del trabajo programado para el día.
Joaquín tomó los documentos sin decir nada. Caminó por el pasillo en silencio, alejándose del camarote, con el rostro endurecido y la mente hecha un torbellino.
—Reagenda varios compromisos —ordenó Joaquín mientras revisaba rápidamente los documentos—. Quiero un tiempo libre.
El asistente no hizo preguntas, simplemente asintió y tomó nota.
Joaquín tenía una intención clara: volver al camarote con Mirella. A pesar del desconcierto que aún lo invadía, una parte de él necesitaba verla de nuevo, asegurarse de que estaba bien… o quizá solo sentirse cerca de ella una vez más.
Más tarde, Mirella despertó con un fuerte dolor de cabeza y en un lugar completamente desconocido. La habitación era enorme y elegante, decorada con un gusto exquisito. Miró a su alrededor, pero no había nadie más. Fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba completamente desnuda.
Un torbellino de recuerdos fugaces le cruzó la mente: la música, el vino, las risas... y luego, su propia voz susurrándole al hombre que no se detuviera. Al recordarlo, se ruborizó al instante.
—Dios mío... —murmuró, cubriéndose el rostro con las manos.
Agradecía que él no estuviera allí. Su corazón latía con fuerza, pero trató de calmarse. Suspiró profundamente, comprendiendo que ya no había vuelta atrás. Había perdido su virginidad en una noche de locura y vino, entregándose a un desconocido.
Se levantó con cuidado, en silencio, y buscó su vestido. Estaba en la orilla de la cama, cuidadosamente doblado junto a su ropa interior. Todo estaba en orden, como si alguien hubiera tenido especial cuidado en acomodarlo.
—¿Lo habrá hecho él...? —se preguntó en voz baja, sacudiendo la cabeza para alejar la idea.
Se vistió rápidamente, aun sintiendo la piel caliente por la mezcla de vergüenza y confusión. Caminó hasta el balcón de la habitación. Al abrir las puertas, un aire fresco la envolvió.
La vista la dejó sin aliento. Desde ahí podía ver casi todo el barco y más allá, la inmensidad del mar extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista.
—Es hermoso... —susurró, con una mezcla de asombro y melancolía.
Afuera todo parecía en calma, pero dentro de ella había una tormenta.
Regresó a la habitación y se dirigió al baño. Se peinó el cabello lo más rápido que pudo frente al espejo, pero al mirarse con más atención, notó pequeños moretones en la clavícula y parte del pecho. Frunció el ceño, sorprendida, y bajó la mirada.
—¿Cómo pasó esto...? —susurró, tocando suavemente una de las marcas.
Salió del baño con pasos cautelosos, sintiendo una ligera molestia en su parte íntima. Apretó los labios, tratando de no pensar demasiado en ello. Se dirigió a la puerta con la intención de marcharse.
Al salir del camarote, se encontró en un pasillo amplio y lujoso. Todo a su alrededor denotaba elegancia: jarrones decorativos de porcelana fina, pinturas enmarcadas en dorado, y una alfombra que parecía recién tendida. Cada detalle reflejaba riqueza.
Caminó hasta el elevador y presionó el botón, pero no funcionó. Esperó unos segundos más, impaciente, y volvió a intentarlo sin éxito. Miró a su alrededor, buscando alguna escalera o señal de salida.
—¿Cómo se supone que salga de aquí...? —murmuró, sintiendo cómo la ansiedad se apoderaba poco a poco de ella.
De pronto, el timbre del elevador sonó detrás de ella. La puerta se abrió lentamente, revelando a una mucama. La mujer la observó de arriba abajo con una expresión difícil de descifrar: mezcla de sorpresa, curiosidad y juicio.
Mirella bajó la mirada, incómoda.
—Buenos días... —dijo apenas audible, con la voz cargada de vergüenza.
Mirella bajó el rostro, avergonzada, intentando cubrirse con el cabello mientras caminaba hacia el elevador. No perdió tiempo. Entró rápidamente y comenzó a presionar los botones, tratando de descubrir cuál la llevaría fuera de ese lugar cuanto antes.
La mucama seguía en la entrada, observándola en silencio, con una expresión claramente crítica. Sin decir nada, pasó una tarjeta de acceso y presionó el botón que indicaba “Planta Baja”, negando levemente con la cabeza.
—El jefe pasó la noche con ella... —pensó la mujer con decepción—. Creí que esta era diferente, pero es igual que las demás.
El elevador descendió con suavidad. Cuando las puertas se abrieron, Mirella salió apresurada, sin mirar atrás. Caminó a paso rápido por los pasillos, ignorando las miradas de curiosidad o sorpresa de quienes se cruzaban con ella. Solo quería llegar a su habitación y encerrarse.
Al fin, llegó. Abrió la puerta con manos temblorosas.
—¡Mirella! —exclamó Olga, incorporándose de inmediato desde la cama—. ¿Dónde estabas? ¡Me tenías preocupadísima!
Había estado despierta toda la noche, esperando, asomándose al pasillo cada cierto tiempo. Había empezado a desesperarse cuando vio que el amanecer llegaba y su amiga no regresaba.
Mirella la miró, y aunque intentó sonreír, su rostro reflejaba una mezcla de tristeza y confusión. Dio un pequeño suspiro y dijo con voz baja:
—Ya volví...
—¿Qué pasó? —preguntó Olga, alarmada al verla tan pálida—. ¿Estás bien?