Regresaron juntos a la mesa. Al llegar, Simón se encargó de alejar con firmeza a la mujer que minutos antes le coqueteaba y acercó a Tiana a su lado. Luego le tendió los dados con una sonrisa.
—Hazlo tú.
Tiana los tomó con algo de duda, los observó durante unos segundos y finalmente los lanzó. Cayeron dos sietes. La mesa estalló en aplausos.
—¡Principiante con suerte! —gritó alguien.
Simón la miró, divertido, mientras ella apenas podía ocultar una sonrisa nerviosa. Por un momento, se permitió disfrutar del ambiente.
En el camarote…
Joaquín dejó el teléfono a un lado, exhalando con pesadez. Se desabrochó los primeros botones de la camisa. Tenía calor… o más bien, una inquietud que lo sofocaba por dentro.
Volteó a mirar a Mirella, que se revolvía ligeramente sobre la cama. Murmuraba cosas en voz baja, palabras que no lograba descifrar, entremezcladas con pequeños gemidos ahogados. Parecía estar entre el sueño y el delirio.
Joaquín se sentó en el borde del colchón, indeciso y finalmente se recostó a su lado, sin tocarla. Se limitó a observarla, intrigado por esa mezcla de inocencia y deseo que parecía envolverla incluso en ese estado.
De pronto, Mirella alzó una mano, medio dormida y rozó su pecho desnudo. Sus dedos temblorosos se posaron justo sobre el centro de su pecho, con suavidad, como si buscara apoyo.
—Eres fuerte… —murmuró apenas, con una sonrisa somnolienta en los labios.
Joaquín cerró los ojos un instante, respirando hondo.
—Y tú estás borracha… —susurró con una mezcla de deseo contenido y autocontrol.
Quiso levantarse, pero Mirella lo tomó de la mano.
Ella negó suavemente con una pequeña sonrisa, aunque sus ojos seguían perdidos en los de él.
—Quédate conmigo —susurró, apenas audible.
—¿Estás segura? —preguntó él, acariciando su mejilla con delicadeza.
Ella asintió en silencio, sus dedos aún aferrados a los de él como si temiera que se desvaneciera.
El calor que Joaquín sentía comenzaba a desbordarlo, a nublarle el juicio. El simple roce de la piel de Mirella lo estaba volviendo loco, encendiendo algo salvaje dentro de él. Respiró profundamente, intentando conservar algo de control, pero al final tomó una decisión.
Se colocó sobre ella con suavidad, apoyando una mano a cada lado de su cuerpo. Comenzó a besarle la mejilla con delicadeza, sus labios temblaban contra su piel. Fue recorriendo su rostro lentamente, dejando un rastro de besos cálidos hasta llegar a los labios entreabiertos de Mirella, que gemía en voz baja, moviéndose con lentitud bajo su cuerpo, como si su respiración se fundiera con la de él.
Él no pensaba detenerse. La deseaba con intensidad, como si fuera un dulce imposible de dejar de saborear. Su piel, tersa y delicada, lo enloquecía; tenía un aroma angelical que lo envolvía, que lo empujaba a querer más.
Ya la había despojado del vestido y ahora la contemplaba en ropa interior, con los labios entreabiertos y las mejillas encendidas.
Solo le quedaba el pantalón, que se frotaba contra el cuerpo de ella mientras disfrutaba de las sensaciones, del calor compartido, de los suaves y hermosos gemidos que escapaban de la boca de Mirella.
—Eres tan hermosa… —susurró cerca de su oído, rozando apenas la piel con los labios.
Mirella cerró los ojos, entregándose por completo al momento, sin pensar, sin medir, solo sintiendo.
Se quitó el pantalón y el bóxer con rapidez, como si el deseo le quemara por dentro. Su cuerpo ya temblaba de anticipación y al mirarla ahí, tan vulnerable y entregada, no pudo evitar gemir con anhelo.
Mirella lo rodeó con los brazos, pero su cuerpo temblaba por otra razón. Él la rozó con suavidad, queriendo entrar en ella, sin notar del todo la tensión en sus ojos.
Ella soltó un pequeño quejido y sus dedos se aferraron a la sábana.
—Me duele… —susurró, apenas audible.
Joaquín se detuvo de inmediato. Su respiración era agitada, pero al ver la expresión de Mirella, algo dentro de él cambió. La miró a los ojos, buscando entender, buscando no lastimarla preguntó en voz baja, con el ceño apenas fruncido:
—¿Es tu primera vez?
Mirella no respondió. Solo lo miró, sus ojos grandes y brillantes, cargados de nervios y algo más… algo imposible de nombrar.
Joaquín sintió un leve escalofrío. Nunca se imaginó que la chica fuera virgen. Sintió una punzada en el pecho, entre la culpa y la sorpresa. Entonces intentó levantarse, retirarse con cuidado para no lastimarla más.
—¿Quieres que me detenga? —preguntó en voz baja, con una ternura inesperada.
Mirella negó ligeramente, mordiéndose el labio.
Él se quedó inmóvil unos segundos, sintiendo el peso de su respiración y el latido acelerado del corazón de ella contra su pecho. Acarició su mejilla, buscando leer en su mirada si realmente estaba segura.
—Solo si tú lo deseas —murmuró, dejando claro que aún podía detenerse.
Mirella asintió con lentitud. Aunque sentía dolor, había en su interior una mezcla de emociones, de deseo, de entrega, de algo más fuerte que el miedo. Cada beso, cada caricia que Joaquín deslizaba con delicadeza sobre su cuerpo, la envolvía en una oleada de sensaciones nuevas.
Él bajó el ritmo, con una ternura que no creía tener, guiándola poco a poco, acariciándola con los labios y las manos, atento a cada gesto, a cada suspiro. Y ella, aún con el temblor en la voz, comenzó a dejarse llevar, abandonándose lentamente al placer, al calor, al éxtasis que Joaquín despertaba en cada rincón de su piel.
Los gemidos suaves de Mirella comenzaron a llenar la habitación. El calor, el roce, el temblor de sus cuerpos fundidos la llevaban hacia una sensación extraña, profunda, que jamás había experimentado.
Joaquín se detuvo un instante para besarla de nuevo, rozando sus labios con los suyos.
—Llámame por mi nombre… —le pidió, con la voz ronca por el deseo contenido.
Mirella lo miró, confundida, pero aun moviéndose con él. Su voz fue un susurro tembloroso:
—Señor Urru…
Él negó con una sonrisa suave, acariciando su mejilla.
—Joaquín.
Ella dudó unos segundos, mordiéndose el labio inferior y finalmente lo dijo:
—Joaquín…
Él cerró los ojos al oír su nombre en su voz, como si aquello le diera sentido a todo. Satisfecho, profundizó sus movimientos, llevándolos a ambos al clímax, en un vaivén que culminó con el cuerpo de Mirella temblando bajo el suyo y su respiración desbordada.