Sus ojos se cruzan con los míos a través del espejo, vacilantes, casi como si tuviera miedo de lo que va a encontrar en mi cara. No estoy seguro de lo que ve: podría ser mi necesidad animal por ella, mi oscura obsesión por ella o los secretos y mentiras que envuelven nuestras vidas. Sea lo que sea, la mantiene clavada en su sitio mientras la follo con más fuerza, penetrándola con una urgencia enloquecedora. Le pongo una mano protectora alrededor del estómago para que no se golpee contra el borde de la cómoda con cada una de mis fuertes embestidas. Sus pequeños y turgentes pechos rebotan y sus piernas tiemblan con la fuerza de mis caderas. —Mason... —gime, su voz es el sonido más dulce, erótico y gutural que he oído nunca. No se muerde el labio, ni siquiera intenta apartar la mira

