Odette despertó abrazada a sus piernas, en el suelo del baño. No sabía cuándo se había quedado dormida, solo que el sonido de la puerta principal la había sacado de ese letargo. Su padre había vuelto del turno nocturno.
Se levantó con dificultad, el cuerpo entumecido por la mala postura. Se lavó la cara, recogió el pelo en una pinza y salió fingiendo que solo había ido al baño. Casi chocó con su padre en el pasillo.
—¿Estás despierta tan temprano? —preguntó él, con tono suave. —Necesitaba ir al baño… —murmuró, intentando parecer soñolienta, su padre dudó, pero no insistió. —Esta noche me la he pedido libre. ¿Vas a salir con Clara? —Sí, iremos a una fiesta en el lago. —¿En el lago? Tenéis que tener cuidado, el camino por el bosque es peligroso. Puedo llevaros si queréis…—Papá… —Odette lo interrumpió, seria. —Está bien, pero llámame si pasa algo, iré enseguida. — Odette asintió y se encerró en su habitación. Se tumbó en la cama, agotada. Dormiría un poco más antes de ir al trabajo. Por suerte, los sábados entraba más tarde.
El día no mejoró. Llegó tarde al trabajo, algo poco habitual en ella. El señor Sullivan no dijo nada, pero Odette se sentía mal. Se subió a una escalera alta para organizar los estantes superiores. Mientras colocaba botes de pintura, uno se deslizó y al intentar atraparlo, la escalera tembló. Cayó, pero el golpe nunca llegó. Abrió los ojos y vio a Luca, uno de los amigos de Clara, sujetándola con fuerza contra su pecho. —Joder… gracias —dijo sin aliento, soltándose enseguida. —Me alegro de haber venido. Estuve a punto de decirle a mi padre que no venía, pero si he evitado que te rompas un hueso, ha valido la pena. — Su sonrisa amable logró arrancarle una pequeña sonrisa a Odette. —Sí… gracias de nuevo. Estaría en el hospital ahora mismo. —Clara me dijo que vais a la fiesta del lago. Yo también iré con unos amigos. Si quieres, puedo recogerte. Me dio tu dirección por si acaso… y bueno, me pilla de paso, Luca tartamudeaba, nervioso. Odette lo encontró adorable. Clara seguramente estaba haciendo de celestina. —No es necesario, además, mi padre está en casa y quiero pasar tiempo con él. —Se pasó las manos por los vaqueros, como siempre que mentía. —Está bien, entonces nos vemos esta noche. — Luca se despidió con la mano y se alejó junto a un hombre que se le parecía mucho. Odette supuso que era su padre. Volvió a ordenar los estantes, deseando que el día no le trajera más sorpresas.
Por la tarde, hablaba por teléfono con Clara cuando escuchó voces en casa. Era raro tener visitas. Cortó la llamada con rapidez.
—A las siete en la entrada del bosque. Clara, debo colgar, hay gente en casa. Nos vemos luego. —No me dejes plantada, ¿vale? —No lo haré. Adiós. — Bajó corriendo al salón y se detuvo en seco, su padre abrazaba a una mujer que Odette no reconoció al principio. Se quedó paralizada en medio del salón. —Papá… —susurró. La pareja se separó de golpe. Al ver el rostro de la mujer, Odette abrió los ojos con horror. La conocía. Su padre lo notó y se acercó, nervioso. —¡Mamá tenía razón! La trataste de loca, pero ella sabía lo que había visto. Le echaste la culpa a su enfermedad. ¿Cómo pudiste? ¡Se estaba muriendo y tú estabas con esta mujer! — Las lágrimas le nublaban la vista. El pecho le dolía. La culpa se le instaló en el estómago como una piedra. Corrió a su habitación, llenó una mochila con ropa, zapatos, su portátil y el móvil. Al salir, se topó con su padre. —Escúchame, no es como piensas. Tu madre solo sospechaba, no vio nada. Todo empezó después, cuando ya estaba en cama… —¡No hay justificación! Era tu esposa, murió creyendo que estaba loca, que era un lastre. ¿Le guardaste siquiera luto? — Se soltó de su agarre con brusquedad y salió de la casa. Al pasar junto a la mujer que la había cuidado desde los seis años, la miró con desprecio. —Nunca mereciste el cariño que ella te tenía. Ojalá nunca puedas dormir sabiendo que fuiste una pésima mejor amiga. — Salió sin mirar atrás. Su padre no dijo nada.
Odette sacó el móvil y llamó a Clara. Necesitaba contarle lo que acababa de pasar. Iba hacia su casa.