POV Amanda
Meses después. Acaricio mi vientre abultado, mientras camino de un lado a otro y respiro pausadamente, giro mi rostro, mirando a Emma, quien está terminando de empacar el bolso del hospital.
―Deberíamos de irnos ya ―dice preocupada.
―Tiene que estar todo, tiene que salir todo bien ―digo con el nudo en mi garganta.
―Va a salir todo bien ―Su entrecejo se aprieta―. ¿Por qué pasaría lo contrario?
Paso saliva.
―Estoy sola, tendré a este bebé, sola y cuando pidan que, entre el padre a cortar el cordón, no habrá nadie ni siquiera besando mi frente ni sosteniendo mi mano. Así que, yo tengo que hacer que todo salga bien o nunca me lo perdonaré… ―Las palabras se me cortan con otra contracción. Emma se acerca a mí ayudándome a tomar asiento mientras cuento los segundos para que pase.
―No estás sola y no hace falta un jodido hombre para que corte el cordón. Lo haré yo y más le vale a ese bebé amarme ―dice haciéndome sonreír.
Acaricia mi cabello.
―Todo saldrá bien.
Las lágrimas se deslizan por mis mejillas.
―Vamos, debes de dar a luz ―menciona tomando mi mano y el bolso colgándolo en su hombro.
Caminamos hacia la salida y aparecen los autos de mi padre, mi madre y el de Leone. Todos se bajan preocupados por mí.
―Lo siento, estaba terminando de dejar todo bien en el restaurante ―dice Leone, quien se convirtió recientemente en jefe de cocina de un lujoso hotel en Manhattan.
―Había mucho tráfico, hija ¿Te sientes bien? ¿Cada cuánto las contracciones? ―Pregunta mi padre preocupado.
―Traje tu manta favorita, querrás tenerla cuando salgas y todo esté bien ―comenta mi madre y suelto un sollozo.
―¿Ves? No estás sola, Amanda ―murmura Emma, confirmando lo que pensaba.
Me ayudan entre todos a subir al auto, las contracciones fueron más frecuentes en el trayecto al hospital. Luego de un parto natural que duró aproximadamente una hora y quince minutos, llegó Kenzo Clark, un hermoso bebé de casi cuatro kilogramos, grande, sano y hermoso con su cabello rubio… igual al de su padre, quien jamás sabrá de él.
**
Seattle.
Seis años después…
Termino de darle las medicinas a Kenzo y beso su frente arropándolo. Le admiro, cada día más similar a su padre en cuanto a su aspecto, con esos ojos azules recordándome sin cesar cómo nos abandonó. Paso saliva saliendo de su alcoba y entrecerrando la puerta.
Camino a la cocina sirviéndome un poco de vodka.
―¿Día difícil? ―Pregunta mi padre, sobresaltándome. Coloco una mano en mi pecho y le miro, lleva una sonrisa.
Él sostiene un vaso y lo coloca al costado del mío para que también le sirva.
No sé qué sería de mí si él no hubiera aceptado sin pensarlo, el mudarse con nosotros fuera de la ciudad o por lo menos, lejos de todo lo que sea relacionado con los “Maxwell” que dominan gran parte de Manhattan como un monopolio cruel. Por suerte he conseguido trabajos muy buenos de mi área en la arquitectura de interiores.
Sirvo el vodka en ambos vasos y los chocamos entre sí, para darles un sorbo. Intercambiamos sonrisas.
―Día muy difícil, Kenzo se desmayó y las maestras se asustaron mucho ante su condición.
Él toma la botella y me sirve un poco más.
―¿Y si visitas a Emma y a Leone? Los debes de extrañar mucho, no los ves desde la navidad pasada ―pregunta.
Niego con la cabeza.
―Kenzo no puede viajar aún en avión ni en largos tramos de carretera, no quiero exponerlo y que se enferme o empeore.
―Visítalos tú, yo me encargo de cuidarlo. Se la pasa en la primaria, clases particulares que él eligió por su cuenta y adora estar con su abuelo y yo cuidándolo.
Le doy otro sorbo al vodka.
―Recibí una propuesta laboral muy importante, quizás uno de mis sueños ―confieso, eso ha estado en mi cabeza desde que me lo ofrecieron.
―Acéptala, hija, todas las oportunidades…
―En Manhattan ―intervengo.
Él vuelve a servirme un poco más. Me rio.
Paso mis manos por mi cabello.
―¿Qué te detiene? ―Pregunta y le miro como si le hubiera crecido un tercer ojo.
―Sabes que…
―No, ¿los Maxwell? ¿Ellos qué? Te sacaron de sus vidas y lo más probable es que ni te los cruces, caminan tan alto que no miran a la gente de su alrededor.
Muerdo mi labio, pensativa. Mi padre toma mi mano.
―Hazlo, Amanda, estarás en el lugar que amas y cerca de tus amigos, tienes que vivir. Estos últimos años te has desvivido por Kenzo y es un gran niño, gracias a ti, tiene una buena vida a pesar de su Leucemia controlada. Es un niño feliz y amará que su madre siga con sus sueños. Nosotros iremos cuando él esté estable, debes de regresar a Manhattan ―manifiesta y mi corazón se acelera.
Bajo la mirada al vaso en mi mano y luego a la puerta entreabierta de la habitación donde duerme mi razón de vivir.
―Tienes razón ―digo casi en un impulso―. Los Maxwell tampoco van a quitarme esta oportunidad.
―Esa es mi hija ―Celebra.
―Regresaré a Manhattan ―chillo dando pequeños saltitos.
Abrazo a mi papá y le doy un beso en la mejilla.
―Tendrás que buscar dónde vivir, recuerda que vendí la casa… o te puedes quedar con Emma y Leone, ellos amarán tenerte mientras consigues algún alquiler bueno ―menciona y ansío decirles de esta nueva aventura en mi vida.
Arrastro mi maleta hacia la salida y la detengo para agacharme cuando Kenzo me abraza las piernas. Acuno su rostro mirando sus ojos azules que ponen a mi corazón a palpitar fuerte.
―¿Te vas a ir por mucho tiempo? ―Murmura.
Niego con la cabeza.
―Pronto vendrás conmigo y nos quedaremos a vivir en el lugar en donde tu madre conoció a los tíos Emma y Leone ―respondo―. ¿Me vas a extrañar? ―Pego mi nariz de la de él.
―Sí, más que todo, tu arroz con leche ―Me responde en español. Mi pecho se hincha de orgullo, porque me esmeré en que aprendiera mi idioma materno, también son sus raíces. A su edad yo solo sabía español.
―Le diré a tu abuelo cómo prepararlo.
―Oh no, eso sería terrible. El abuelo no sabe cocinar ni los macarrones con queso y… la caja tiene instrucciones ―susurra lo último haciéndome reír.
―¿Qué estás hablando de mí, pequeñuelo? ―Pregunta mi padre empujando la otra maleta.
Ken y yo nos carcajeamos.
―Lo resolveremos ¿Sí, Ken? ―La voz se me rompe acariciando su cabello rubio.
Él asiente con su cabeza.
―Te amo del tamaño del sol ―dice enterneciéndome entera.
―¿No era de Jupiter? ―Entorno los ojos.
―Leí que el sol es más grande y yo te amo mucho ―responde y las lágrimas salen sin poder evitarlo. Le abrazo fuerte aspirando su aroma.
―Te amo, Ken, con todo el sistema solar junto ―digo.
Ni tengo que decirle que haga sus tareas de la primaria, él es un niño prodigio y muy aplicado, le encanta leer y las matemáticas. Podría jurar que es igual a Estefano.
―Ken, comeremos pizza esta noche, yo mismo las haré ¿Qué te parece? ―Pregunta mi padre.
Le miro a mi pequeño. Quien fuerza una sonrisa.
―¡Genial, abuelo! ―Le dice Kenzo dañar la emoción de su abuelo―. Voy a bloquear todos los canales de cocina que ahora ve en la televisión ―añade y me rio a más no poder llenándole de besos. Hasta que llega el momento de despegarme de él.
Horas después, luego de que el avión aterriza, busco con mi mirada entre las personas a Emma y a Leone. Cuando veo de repente un gran globo de un zorrillo y los veo a ambos. Es como si el tiempo no hubiera pasado, corro y ellos también mientras gritan como yo. Me reciben envolviéndome en sus brazos.
―Bienvenida a casa, Ama ―dice Emma besando mi frente.
―Dormirás en el sillón de nuestro apartamento, es el mejor sillón de todos ―menciona Leone.
―Gracias por prestarme tu lujoso sillón, Leo. Lo aprecio mucho.
―Sí y no comerás tu grasosa comida china sobre él ―replica.
―No comiences, Leone ―Le regaña Emma.
―Me provocó comida china de ese restaurante… ¿Sigue abierto?
Leone abre los ojos.
―Sí, claro, vamos ―dice Emma.
Ambas nos reímos de la cara de Leone y le ignoramos cuando comienza a hablar de la sanidad y las calorías, esas cosas que no nos interesan.
Luego de una larga noche de comida grasosa, ponernos al corriente entre dolores de estómago por las risas y la comida, mostrarles todas las fotos nuevas de Kenzo junto a una videollamada con él y mi padre, culmina con éxito la primera noche en el sillón de Emma y Leone en Manhattan. Con ansías de conocer la empresa que me ha contratado para un proyecto importante.
Al siguiente día, veo correr a Emma sobre sus tacones, ella es vendedora de arte y trabaja en una gran empresa. Mientras que Leone, hace el desayuno para nosotras antes de irse al restaurante.
Instantes después, alzo la mirada al gran edificio al frente de mí con las palabras de “Apex Towers” en dorado. Es imponente y me deja sin aliento. Aprieto el asa de mi cartera en mi costado y camino sobre mis tacones al interior.
―Un placer conocerte finalmente, Amanda. Eres por quien muchas corporaciones han querido que trabajes con ellas ―menciona Celine, la asistente del accionista mayoritario, sosteniendo mi mano.
―El placer es mío. Apex Towers tomó mi atención, entre nos, por su ubicación ―digo y ambas aprobamos eso con una risa.
Me da un recorrido e intento disimular mi asombro por lo hermoso que resulta todo.
―Te tengo que presentar a todos ―comenta―. Oh, allí está el nuevo socio de Apex Towers, debes de conocerlo, estará a cargo del proyecto por el que te han solicitado ―añade.
Mi mirada se va al frente, veo a varios ejecutivos caminando hacia nosotras, pero mi corazón se paraliza al ver esos luceros azules entre todos los pares de ojos. La mente se me nubla, todo mi cuerpo se tensa y mi respiración se desnivela. ¿Estoy soñando?
―Señor Maxwell, ella es… ―Las palabras de Celine se cortan cuando me cruzo al frente de ella para alzar mi brazo y estrellar mi palma con fuerza en la mejilla de Estefano.
Su rostro se gira por la potencia de mi bofetada y su mejilla se torna rojiza.
―Hijo de perra, maldigo el día en que naciste ―exclamo sin precedente alguno. Palabras que llevaba guardadas en mi interior con mucho dolor y rabia.
Trago con dificultad, recibiendo la mirada más gélida y dura que he visto en mi vida. También me mira como si no me reconociera en lo absoluto y mi corazón a este punto, ya es una locomotora averiada. Ante mi falta de juicio, no había notado que, en el lado derecho de su rostro, tiene unas cicatrices, que pasan desapercibidas ante sus ojos y su rostro tan atractivo. ¿Cómo las habrá obtenido? Me estremezco.
Pestañeo, un poco confundida.
―Oh Dios, señorita Clark ―dice Celine alarmada―. ¿Por qué le hizo eso al señor Maxwell?
―Tengo mis motivos y que agradezca que no le doy otra ―gruño.
Estefano aclara su garganta y acomoda metódicamente su corbata moviendo su cuello.
―Señor Maxwell ¿Conoce a esta mujer? ―Le pregunta uno de los ejecutivos a él.
―Por supuesto que no, jamás en mi vida he visto a una mujer tan indecente y ruidosa ―responde en un gruñido.
Mi boca se abre, con indignación.
―Sáquenla de mi vista ―ordena fríamente apartando su mirada de mí, con desprecio.
Mi entrecejo se aprieta.
―No puedo, señor Maxwell, ella es la arquitecta de interiores que contrataron con urgencia ―menciona Celine con miedo. Podría jurar que está temblando.
―¿Es la señorita que trabajará para el señor Maxwell? ―Pregunta uno de los ejecutivos.
Mis ojos se abren más.
―¿Qué? ¿Él… él será mi jefe? ―Pregunto atónita.
Estefano me clava su mirada y da un paso hacia mí, con su imponente presencia.
―Me encargaré de que así no sea y que más nunca te cruces de nuevo en mi camino. Además, de destruir toda tu escasa carrera, porque nadie te va a contratar de nuevo… ni de mesera vas a servir. Tenlo por seguro, señorita Clark ―manifiesta con impotencia y amenaza pasando por un costado de mí.
No lo reconozco, no sé quién es este hombre frío y cruel. No es el Estefano del que me enamoré.