–¿Qué quieres, Basco? –La escuché, después de varios segundos, largos segundos, pegada a la puerta. Tomé aire para calmarme, no quería que Armando, a pocos metros de esta puerta, me escuchara, por suerte la lluvia hacia suficiente ruido. –Hablar contigo. –Susurré. Yo estaba a oscuras, parado en aquella puerta, hablándole a la muchacha que cierra por primera vez hace una semana y ahora resultaba que estaba volviendo loco por ella. –¿De qué? ¿Para qué? ¿De qué me acusarás? –Parecía molesta, tal vez por mí insinuación de porque se había entregado a mí. Ella no era la única culpable, en mis brazos confesó no saber lo que le pasaba y yo podía decir lo mismo si era juzgado, el solo tenerla cerca me hacía desearla, apretarla, y ahora que la había hecho mía, y mía totalmente, de una manera en qu

