–Esther, Esther ¿estas bien? –La voz de Isabel, del otro lado de la puerta de la habitación iluminada por la luz del día, me hizo brincar en la cama. –Estaba desnuda y sola. –¿Esther? –S-si, Isabel, dame un momento y me visto. –Miré alrededor y me ubiqué rápido, la hacienda de los Ortuño, el cuarto, la cama matrimonial, la lluvia, el apagón, los besos de Basco, sus sacudidas en la cama. –S-si, Isabel, si estoy bien, dame un momento y me levanto–Había sol afuera, los pájaros trinaban, ya no llovía. –Quería saber si me acompañarías a montar. –S-si, si, en unos minutos estoy con ustedes. –En los cajones hay ropa de monta, ojala te quede. –Gracias Isabel. Escuché sus pasos alejarse. ¿Dónde estaba Basco? –Buenos días. –Saludé ya cambiada, después de una refrescante ducha me vestí con lo

