El no invitado

1714 Palabras
–Hola. –Nos saludamos con un beso en la mejilla. –Hueles bien. –Gracias. –No podía decirle lo mismo a él. Yo usaba Shalimar, él olía al jabón del baño después de una fiesta. –Sube, anda. –Me abrió la puerta del carro blanco y esperó que subiera para cerrar. Sé que mamá, Rosi y la tía me veían por la ventana. Ocultas tras la cortinas largas y con mariposas lila estampadas. Sé que las hacía feliz y guardaban esperanzas, tal vez ahora yo viendo como este joven de unos 25 años rodeaba el carro entusiasmado, porque yo era su acompañante, pensaba igual a ellas yo podía conquistarlos, les gustaba en serio. Vestía casual, u jean y una camisa con botones color n***o, llevaba cadena de oro y un anillo con algún tipo de inscripción que vi cuando tomó el volante. –¿Hay un sitio en especial al que quieras ir? –No, escoge tú, yo no soy mucho de salir y menos después de la muerte de papá. –Vamos entonces a que recuperes la vida. –Dijo y encendió el carro para que nos invadiera el sonido potente el radio con una canción de rock en inglés. –Perdón. –Le bajó el volumen. –Venía solo. –Arrancó con gran destreza por la vereda limpia y despejada de mi casa. –¿Te gusta esa música? A mí me gusta mucho, a pesar de que en España es raro escucharlas, el rock español también es muy bueno, pero los ambientes de las discos no se comparan con las de los Ángeles o Nueva York. –¿Te gustan las fiestas? –le pregunté y me miró, después a la carretera. –Sí ¿a ti no? –S-sí, claro que sí. –Yo te vi en unas cuantas, no era fácil llegar a ti e invitarte a bailar. –Creo que bailamos un par de veces. –¿De cuantas fiestas? –Sí, bueno. Era un poco solicitada. –Reímos un poco. –Un amigo dará una fiesta el sábado, desde ya te invito y trataré de acapararte. –¿Este sábado? –Sí, ¿te nías algo que hacer? –N-no, no ceo. Te apuntaré. –Le dije divertida. –Claro Esther. –Voló su mano desocupada a mi pierna–Somos jóvenes, no habrá otro tiempo para divertirnos. –Quitó la mano y me quedó la pierna como tiesa por su contacto. –Tienes razón, somos jóvenes. –¿Y qué haces? ¿Trabajas, estudias? –Acabo de terminar de estudiar, bueno hace tres meses, ya llevo tiempo trabajando, estoy tratando de ser ubicada en una escuela como maestra integral, aunque mi especialidad es… –¿Maestra? ¿En serio? Pensé no sé, serías abogada, diseñadora, no sé. –¿Sí? ¿Por qué? –Me acomodé en el asiento. –Porque, no sé, te ves muy bien Esther, ¿si sabes que eres muy atractiva? –Me alagas, pero no sé qué tiene que ver eso con la profesión que escogí. –Llegamos. –Se estacionó y no se preocupó por responder. Apareció un valet, se bajó, le entregó la llave y vino por mí. Sonreía, era guapo, no muy alto. Me ofreció su mano y de ella entramos al restaurante. –Este es un sitio muy exclusivo ¿habias venido? –Comentó al entrar. –No había venido. –Fui sincera–El lugar era muy chic y con gran atención. Me llevó a una mesa para dos y tomamos asiento, había música actual sin vocalista en el hilo del lugar, mucha luz, excelente olor y decoración naranja y ocre. –Espero sea de tu agrado. –Dijo extendiendo la mano y tomando la mía apenas, luego la soltó. –Está muy bonito y me hace cambiar de ambiente confieso que hace ya mucho tiempo que no salía a charlar o a ver las calles siquiera. –Lo sé y me alegra ser el primero en invitarte. Un mesonero se paró justo al lado y le entregó la carta. –¿Algo de entrada? Se ocupó de responder como un experto, yo quería una cerveza pero acepté el vino burbujeante que pidió y después pasamos a un pollo a la canasta con papas que estaba delicioso. –¿Y tú de que te ocupas, Germán? Ya sé que acabas de regresar peo que trabajaras aquí, ¿seguirás el negocio de tu padre? –Quiere que me encargue de un sector de su empresa que recién comienza, peo no sé, no me siento a gusto, prefiero esperar a ver que surge, algo donde yo sea mi propio jefe. –Me parece bien, nada como ser independiente . –Escuché que los negocios que tu padre temía no andan muy bien. –Nos ha costado un poco mantenerlo a flote. –Lo miré a los ojos café y pensé que lo mejor era ser sincera. –Tenemos compromisos bancarios que saldar. –Sí, de eso me enteré. –Acababa de llegar y ya lo pusieron al tanto, esto no daría resultado. –pero tómalo con calma. –Puso su mano sobre la mía. –Para eso estamos los amigos. Solo sonreía y bajé la mirada. –¿Germán? Ambos levantamos la vista. –¡Basco! –Se levantó rápido y le ofreció la mano. –Anoche te fuiste y no hablamos, me disculpo. –No te preocupes, era un mal momento, estaba ocupado. –Dijo y me miró, que pena. –Te presento a Esther Cedeño. –Tuve que mirarlo, otra vez altivo, o no sé qué decía su mirada. –Mucho gusto. –Me extendió la mano y la tomé. –Basco Reyes, a sus órdenes. –Encantada. –Me faltó voz. Solté la mano y tomé de mi copa de vino espumoso. –¿Estás solo? –No, no. Acabo de llegar con una amiga. –Señaló una mesa y ahí una rubia chupaba de un pitillo–Solo te vi y me acerqué a saludar, sigan pasándola bien. Hizo un gesto hacia los dos. –Gracias y pronto te llamo para otro encuentro, sé que papá te contacto y la hacienda cuenta con una gran producción. –Cuando gustes. –Hizo un gesto con los dedos que yo apenas correspondí y se alejó. –¿Gustas un postre? –Preguntó Germán en cuanto se sentó. –Estoy bien así, gracias. –Tomé un poco de agua. –¿Él fue por ti anoche? –Si y no pude hablar con él. –Se acomodó en la silla y me miró con picardía. –Estaba...yo quería pasar tiempo contigo, no hablar de negocios. Le sonreí. Me caía bien, era guapo, trataba de ser simpático y de impresionarme así que estaba bien para mí. Miré sus ojos y busqué eso que la tía dijo, eso que no me permitía dejar de verlo y haciéndolo, apenas a un giro sentí una mirada y cuando la busqué me evitó. A eso de las tres me llevó a casa y le prometí que iría a esa fiesta del sábado. De pié junto al carro aun encendido me sonreía en la entrada de la casa. –¿Te agradó el almuerzo? –Me preguntó acercándose. –La pasé bien, gracias. – ¿Nos veremos el sábado? –Uju, sí. –Ok, hasta entonces. –Y así se inclinó y me besó en la boca, quedé sorprendida y moví la cabeza atrás pero no dije nada. Lo vi alejarse en una triunfante sonrisa y entré a la casa. Antes de que se alejara desaparecí yo también adentro y me recosté de la puerta. –¿Y, que tal? –¿Tan mal fue? –Vi que te besó en la boca, niña. –Sí. –Entré y me lancé en el mueble grande. –Yo también sé que me besó en la boca. –¿Ya tienes novio, Esther? –Llegó Daniela saltando por las escaleras. – ¿Te besó? ¿Cómo fue? –Ummm, fue normal –¿Ya son novios? –Sebastián salió de la cocina. –Si no ¿por qué te beso? –Fue un beso de despedida, nada más. –Seguía ahí sentada viéndolos a todos. –Pero dinos ¿cómo fue? ¿qué sabes de él? –La tía se sentó a mi lado muy curiosa y entusiasmada. –Que prefiere la música en inglés a las de español, le gustan las fiestas y desea ser independiente pero sin mucho trabajo. Los miré y después a cualquier punto. –Bueno, eso está bien ¿no? –Dijo Rosi. –Ser independiente es bueno. –Sí, es bueno. –Dijo mamá dubitativa. –Su familia es muy rica, se puede dar el lujo de ser independiente con el apoyo de su padre. –Nosotros también éramos personas con mucho dinero, mamá. –La miré furiosa. –¿Ya no tenemos dinero, mamá? –Po supuesto que si Dani, no escuches a la amargada de tu hermana. –No estoy amargada mamá, soy realistas. Estando allá me preguntaba qué había pasado con toda nuestra producción, nuestro ganado. –¡Se fue! ¡Todo se fue! –Gritó mamá. –No voy a decir que hice bien pero ya está hecho. –No le grites a Esther, Ángela, deja que se desahogue. –No creo que haya estado tan mal. –Mamá giró los ojos como si se cansara de mis quejas. –¿Tenemos o no tenemos dinero? Ya este año tengo que ir a otro colegio y las mensualidades son muy caras. –¿Tú qué sabes de pagos Sebas? –Ya había hablado con papá sobre eso. –Claro que irás a ese colegio, Sebastián. –¿Por qué le afirmas algo que no sabes? –Me enderecé y miré a mi hermanito. –Sebas, no sabemos si podemos seguir viviendo en la ciudad, de hecho lo más seguro es que nos mudemos a Altagracia. –¿Qué? No puede ser Esther. –Sebastián se alarmó mucho los ojos y la boca. –¿Por eso tienes que encontrar novio rápido, Esther? –Sí. –Me levanté resignada. –Lo que me recuerda que debo prepararme para mi cena de esta noche.
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