—No puedo creerlo... —susurró Karen casi sin aire mientras sostenía mi mano en el aire. Yo me encogí de hombros nerviosa. —Te quiere... —concluyó. Me alarmé ante sus dichos. —Estas loca... Él solo está marcando territorio —le quité mi mano y volví a acomodarme en la reposadera. Karen seguía sentada mirándome fijamente con la boca abierta. —Kingstone se enamoró... —chilló. —Ya, cállate. Estas alucinando —me quejé aunque sus palabras hicieron que las mariposas de mi estómago se pusieran a revolotear. Ah, pero ustedes no saben. Bueno, les cuento... Cuando salimos de la casa nos subimos al Lamborghini de Kingstone, le pregunté varias veces donde íbamos pero no me respondió. Me pasé mil películas pensando a donde nos dirigíamos, hasta que él estacionó en el Mall de Miami Beach. Para mi

