CARTA CXXXII LA PRESIDENTA DE TOURVEL A LA SEÑORA DE ROSEMONDE Penetrada, señora, de las bondades de usted para conmigo, a ellas me entregaría en absoluto, si no fuera por temor de profanarlas aceptándolas. ¿Por qué, conceptuándolas tan preciosas, me acontece no sentirme digna de ella? Yo debería, al menos, testimoniarle mi agradecimiento; admiraría, sobre todo, esa indulgencia de la virtud, que no conoce nuestras debilidades más que para compadecerlas, y cuyo poderoso encanto conserva tan dulce imperio sobre los corazones, aun cerca del encanto del amor. Pero, ¿puedo yo conservar una amistad que no hará ya mi dicha? Digo lo mismo de los consejos de usted; conozco su valor, y no puedo seguirlos. ¿Y cómo no creeré en una dicha perfecta, cuando en este momento la experimento? Sí; si los h

