Alessandra vino a mi encuentro rebosante de emoción. Me abrazó y estampó dos sonoros besos en mis mejillas. —¡Me encanta tener una amiga aquí! —exclamó—. ¡Pero qué hermosa te ves! —¡Y tú! —sonreí. Ella estaba vestida a juego con la otra sumisa, que se había quedado al lado de Marco con actitud de sumisión y no nos había saludado ni a Charles ni a mí. Pensé que tal vez no tenía permiso de hablar. Ambas llevaban atuendo de cuero que tampoco cubrían sus partes íntimas, igual que la mayoría de las mujeres del lugar. —Pero tú pareces una hermosa y sensual princesa —dijo, y luego miró a Charles—. Elegiste bien. —¡Basta de charla de mujeres! —dijo Marco y cogió a Alessandra de la cintura, atrayéndola hacia él—. Tengo hambre y quiero follar. Alessandra se deshizo en sus brazos, con una sonr

