Las llamas estaban por todas partes y el calor era tan abrumador que mi piel ardía tanto que apenas podía soportarlo. Me faltaba el aire y sentía que todo el humo que había alrededor me nublaba la vista y me llenaba los pulmones, haciéndome sentir mareado. Pero no iba a rendirme aunque tuviera que arrastrarme entre las llamas. Logré empujar la puerta de la habitación y me eché hacia adentro, desesperado por encontrarla. Y ahí la vi, era ella, desparramada en el suelo, con la cama en llamas y las cortinas ardiendo. Corrí en medio del espeso humo y la agarré en mis brazos. —¡Cecilia! —grité. La desesperación me cerraba la garganta y el dolor rompía mi corazón. Miré su rostro, que ya no era el de ella, y la vi muerta… —¡Rachel! *** —¡Rachel! El grito que resonó en mi habitación me des

