Cuando llegamos a nuestra mesa, Marco y Alessandra estaban encimados cariñosamente, pero cuando ella me miró, tomó su bolso y se levantó. —Vamos al baño, cariño —me dijo. Me fui con ella, a pesar de que me sentía un poco recelosa de que nos quedáramos a solas. ¡Ella me había besado en la boca! Pero cuando llegamos frente a los lavados, abrió su bolso y sacó maquillaje. —¿Por qué lloraste, linda? —me preguntó con una voz dulce. Ella era alta, elegante y con una belleza increíble, pero con solo hablarme supe que tenía una personalidad suave. No sabía nada de eso, pero caí en la cuenta de que era una sumisa. La sumisa de Marco—. Una chica tan linda como tú no debería llorar. Me vi en el espejo y sentí vergüenza al ver que tenía la nariz roja y la máscara de las pestañas se había corri

