—¡Tú no, maldita puta! —se dirigió a mí, que permanecía helada, mirándola. Había aparecido desde un baño y posiblemente se había metido ahí cuando toqué la puerta y me vieron en una de las pantallas. Era de asumir que había estado en el juego con Murakami y las otras mujeres. ¿Sabía Marco de eso? —¿Por qué me hablas así? —la cuestioné, decidida a tomar mis sandalias e irme de ahí, aunque tuviera que esperar a Charles en otro lado. —Porque crees que te puedes quedar con lo que es mío —respondió. —Basta, Berenice, no me arruines la fiesta… —la voz aburrida de Murakami me hizo sentir aún más asqueada de él. No parecía ser el hombre amable y respetuoso que se había mostrado ante mí delante de Charles. —Yo no quiero nada tuyo… —me agaché y tomé mis sandalias—. Ni siquiera tengo idea a qué

