Por tres meses salí del trabajo buscando sus ojos en las personas que desendian de los cruceros y de cada uno que caminaba por las empedradas callejuelas de la antigua ciudad.
Sabía que no regresaría, pero la idea de ese amor platónico e idealizado me mantenía en un sueño de amor imposible pero hermoso.
Era soñadora, sí, siempre lo fuí.
–Jean Pierre se llama y es el hombre más guapo que haya conocido.–le contaba a mis amigas en cada salida y reunión.
–Jean Pierre, Jean Pierre, ya deja de soñar y dile que sí a Claudio, ¿Hace cuánto que te pide salir en una cita? – me cuestionaban y animaban.
–Sí también es lindo, muuuy sexy, pero... tengo miedo de que no funcione y perder nuestra amistad.
–Claro que funcionará, no pienses en eso y sé positiva. Dile que sí, no ves que babea por tí.
–Tienes razón, la próxima vez le diré que sí.
–No mires, pero la próxima vez llegó ahí.
Tragué saliva y me levanté de mi asiento, caminé deprisa entre las personas que estaban en el pub esquivando manos alzadas con cigarrillos encendidos y vasos de bebidas que se tambaleaban al compás de la música, me vió ir a su encuentro y me sonrió feliz, éramos muy buenos amigos desde siempre, en realidad nos conocemos creo que desde el vientre materno, nuestras madres iban al mismo obstetra, y a los cinco años nos reencontrarnos en el kínder, ya de ahí no nos separamos más.
Era el típico chico tonto y gracioso, el que no le gustaba a nadie, hasta que la metamorfosis lo favoreció en el cuarto grado de secundaria dejando filas de chicas babeando por todos lados.
Me arrojé a sus brazos y con los míos alrededor de su cuello lo besé sin anuncio dejándolo atónito.
Sorprendido aún, correspondió mi beso feliz y pasional.
–¿No te vas a arrepentir mañana?– me preguntó apenas separando sus labios unos minimetros de los míos.
–No estoy borracha...–respondí dejando clara mi decisión.