Esa noche dormimos juntos por primera vez y fué realmente especial para ambos, teníamos ganas, miedos e inseguridades.
Nos besamos tímidamente pero con deseo, me trató como si fuera mi primera vez.
Me beso abrazando mi cuerpo pegado al de él, acarició cada cabello y cada centímetro de mi piel que quedaba al descubierto de la ropa que aún llevaba puesta.
Yo me dejé amar como si realmente fuera muy primera vez, se sentía tan bien ser amada, venerada y deseada.
Sus dedos apenas rozaban dibujando líneas y círculos erizando todos y cada uno de mis bellos. No me apresuré y me dejé llevar, ese momento lo había esperado por años aunque quisiera negarlo y no estaba dispuesta a dejarlo pasar como una estrella fugaz, quería que perdurara en mi piel tanto como en mi memoria.
Había tenido relaciones sexuales con varios hombres desde mis 17 años hasta la fecha pero ni siquiera en mi primera vez había hecho el amor, aquel idiota con quién perdí mi virginidad no me amaba, yo estaba cegada por su belleza y sensualidad y pensé estar enamorada, pero él, sólo me veía como la chica virgen deseada por varios, fuí algo así como una apuesta que ganar.
Con Claudio fué diferente, tuve mi segunda oportunidad de tener mi primera vez, pero está sí era con alguien que me amaba.
Sus besos recorrieron mi cuello mientras sus manos suaves iban buscando espacio entre mi remera y por debajo de mi sostén.
Quitó la remera despacio por encima de mi cabeza mientras yo alzaba los brazos en el aire, apenas quitó la ropa deje caer suavemente mis brazos en sus hombros y luego mis dedos comenzaron a desabrochar los pequeños botones de su camisa color azul. Acaricié su torso marcado perfectamente por los diarios ejercicios y besé su cuello hasta llegar al hombro y de regreso.
Metió su mano entre la cintura de mi pantalón y con un movimiento desabrochó el único botón y bajó el cierre sin prisa.
Sus dedos se deslizaron haciéndose lugar a través de mi ropa interior hasta mi pelvis, se movió suave pero impulsivo robándome un gemido hasta hacerme estremecer.
Los besos no cesaron y las caricias no se detuvieron, las respiraciones se acoplaron en un solo sonido y esos diez minutos se hicieron eternos.
Acabamos empapados de sudor enredados en los brazos del otro con las piernas entrelazadas y las sábanas arrugadas sobre nuestros cuerpos aún temblorosos.
–Prométeme que no te arrepientes...–dijo susurrando a mi oído.
–Nunca... aunque...
–¿Aunque?–repitío en pregunta.
–Tengo miedo–respondí en voz baja.
–¿Miedo? ¿A qué?
–Si ésto no llega a funcionar...–hice una pausa tomando aire– si no funciona perderé a mi mejor amigo...
–Te juro que no, nunca me perderás porque yo siempre estaré para tí– sus palabras fueron tan dulces como sus besos.
Al escuchar su respuesta solo pude besarlo, tome su rostro con la palma de mi mano puesta en su mejilla delicadamente y besé sus labios carnosos y sensuales, esos mismos que besaban mi frente cada vez que me encontraba dormida sobre mi cama al pasar por mi para ir a la escuela, esos que fueron mi primer beso en el kínder cuando aún no sabíamos lo que significaban las relaciones y los mismos que me besaron cuando hicimos el juego de la botella en el segundo año de la secundaria cuando aún nadie se fijaba en él; esos labios que ahora me pertenecían.