Los días pasaron lentos pero rápido a la vez, estaba muy ansiosa por el desenlace que estaba pronto a suceder pero tardaba en llegar.
El seguía saliendo por las noches a beber en algún bar, aún sintiéndose mal lo hacía.
Llegaba a la casa hecho un asco, peor de lo de costumbre, ebrio arrastrando los pies, balbuceando y maldiciendo, vomitaba apoyado en el marco de la puerta antes de entrar y hubo veces que hasta se orinó o incluso más.
Me daba asco realmente pero lo limpiaba todo callada la boca.
Tenía que acompañarlo hasta el dormitorio limpiarlo y acostarlo.
Ya se había acostumbrado a sentir dolor y decía que beber lo hacía sentir bien.
Yo le pedía ir al médico si aún estaba mal pero él se negaba rotundamente, nunca le gustaron los hospitales; y yo lo sabía, por eso insistía.
Pasaron semanas y cada vez estaba peor, pero aún así no quería ver al médico, me seguía pidiendo té de yuyos y compresas frías.
Ya no salía a la noche ni en el día tampoco, la despensa se estaba acabando y no quería que yo saliera de casa.
Casi no podía caminar y había adelgazado bastante en tan sólo un mes.
Nada le caía bien, comía y vomitaba o salía casi corriendo al baño con terribles diarreas.
–Es cáncer, estoy seguro que es cáncer en el estómago, de eso murió mi abuelo supuestamente.–estaba convencido de ello pero aún así no quería saber nada de hospitales.
Se había vuelto dócil y amable, cariñoso en cada palabra así como lo era al principio.
–Si tan sólo hubieras sido así siempre ...ahora no estarías muriendo... Tú me obligaste– confesé ante su atenta mirada.
Murió en mi cama, con los ojos hundidos en el pálido y delgado rostro tomando mi mano y pidiendo perdón, al menos al final entendió su error.