El asco era tal que lo único que me dejaba seguir fingiendo era la idea de verlo morir lentamente y salir de esa vida miserable de una vez.
Lo veía en mi imaginación, débil, sin fuerzas y consumido hasta los huesos, con la piel pegada al cuerpo como la Lycra.
Los ojos saltones queriendo abandonar sus cuencos y la boca reseca pidiendo por ayuda.
«¡Muérete idiota, muérete de una puta vez!».
Ya había perdido la cuenta de las infinitas veces que lo ví morir en mi mente, y como deseaba que fuera cierto, sólo Dios sabía cómo lo deseaba, si es que realmente existe un Dios pues después de todo éste tiempo dudo que exista.
Sí él realmente existiera no hubiera permitido todo mi dolor.
La mañana llegó anunciando se por la ventana, los rayos de luz golpeaban en el vidrio insistientes y tuve que despertar.
Su mano aún estaba sobre mí entre mi ropa interior, levanté su mano suavemente y la quité de mí para poder levantarme de la cama tratando de no despertarlo.
Me vestí en silencio y salí de la habitación sin hacer ruido, bajé las escaleras y fuí al baño de abajo a lavarme el rostro y acomodar mi cabello.
Preparé el desayuno y lo puse sobre la mesa esperando que el despertase sorbiendo mi café sin ganas ni esperanzas al igual que cada mañana.
–¡Pauli!–una voz quejumbrosa y adolorida se escuchó escaleras arriba.
–Leo, buen día– saludé li más amablemente posible cuando llegue casi corriendo a la habitación.
Él se encontraba sentado en la cama con los pies en el piso, tenía sus manos sobre su estómago apretando y masajeando con una mueca de dolor en su rostro.
–Me siento muy mal. ¡Tráeme unas sales estomacales rápido!. Se me parte la cabeza.–se quejaba y ordenaba.
–Claro, ya traigo enseguida–respondí y en cuanto me voltee una gran sonrisa se dibujo en mi rostro, lo que tanto esperaba parecía haber llegado.
Baje y subí las escaleras lo más rápido que pude con las sales estomacales y un vaso con agua y también un poco de veneno para hormigas mezclado en las sales, apenas una pizca para que no se notara; ya no había vuelta atrás, lo mataba o lo mataba, estaba decidido.
El idiota se tomó todo de un trago; eructó imaginando que en breve se sentiría mejor, él suponía que solo eran los efectos de la resaca, pero yo sabía que no.
–Ven aquí cariño–me llamó con un palmeteo sobre la cama señalando el lugar a su lado.
Su rostro reflejaba deseo y eso me asqueo.
Intentando sonreír me acerque a él y me senté a su lado. Con su mano sobre su ropa interior masajeaba su pene y luego lo sacó corriendo apenas un poco el boxer.
–Vamos ¿que esperas?...–dijo tomando mi mano para que yo lo tomara y empujando mi cabeza hacia abajo tomándome por detrás de la nuca.
–No Leo, ahora no–le suplique y su mano sobre mí hizo más fuerza empujando hacia abajo.
–Chupa...–ordeno.
Mi boca se abrió abruptamente con el golpe de su erecto pene sobre mis labios y me atragante sintiéndolo tocar mi garganta casi haciéndome vomitar.
–Ni se te ocurra vomitar–su voz fué tajante.
Sabía que ya no podía dejar de complacerlo y debía hacer mi mayor esfuerzo. Imaginé que era él hacia años atrás, cuando aún me importaba, cuando estaba enamorada de él pero era difícil encontrar a ese hombre, su rostro en mi mente y memoria se desdibujada, cada vez que su rostro sonreía en mis recuerdos mi corazón se apretaba y mi ahogo era mayor pues sentía unas inmensas ganas de llorar.
Ese hombre frente a mí no era Leo, no mí Leo y está mujer no era yo.
No tardó mucho en cambiar sus gemidos de placer por sonidos de dolor y molestia. Me quitó de un empujón hacia atrás tirándome en el suelo, sus labios se apretaron al igual que sus ojos y los quejidos fueron más fuertes, se retorcía tumbado en la cama con las piernas arroyadas.
–Me duele el estómago, ¡me duele!–repetia.
Me levanté del suelo y le ofrecí ayuda.
–¿Necesiras algo? ¿Te traigo un té para el malestar?
–Si por favor, tráeme uno con boldo, limón y epamida también si hay–me pidió.
–Claro, veré qué hay en la alacena.
Calenté agua en la caldera mientras buscaba los yuyos en la alacena, piqué apenas unas hojas de Adelfa y las puse en la taza primero para que reposarán unos minutos en el agua hirviendo para largar su veneno, las quité y las tiré por la cañería de la cocina así no quedaban rastros en la casa, ya con el agua macerada de Adelfa coloque los yuyos de boldo y epamida y una rodaja fina de limón. Esperé apenas un minuto y lo colé para llevárselo.
–Sirvete amor–le extendí la taza.
Lo observé cómo sorbia cada trago lentamente con mucho dolor, y mi corazón se aceleraba de felicidad.
Era extraño, nunca había sentido esa sensación de felicidad al ver a alguien sufrir; pero, se sentía bien, muy bien de hecho.
–Te traje unas compresas frías–le dije poniendo las sobre su abdomen.
La idea era parecer preocupada y asegurarme de tener una exelente cohartada.
–¿Te sientes mejor?–pregunte con preocupación.
–Si, gracias...–respondio con amabilidad, hacia tiempo que su tono no era amable y por un segundo sentí pena.