Capítulo uno - El inicio del fin
Los nervios que siento en este momento me consumen. No estaba preparada para esto, es más, estoy casi segura de que mi cabello es un desastre. Las entrevistas de trabajo definitivamente no son lo mío, por muchas razones. Mi mejor amiga Vicky me llamó en la mañana; dijo que era de suma urgencia que viniese, pues cuando iba de camino a su trabajo logró ver de reojo un anuncio en el periodico: “Importante empresa: ‘Textiles Leblanc’ busca secretaria de tiempo completo”. Ella sabe sobre mi difícil situación, así que no dudó dos veces en llamarme. Se lo agradezco, aunque sé de antemano que no soy la mejor para ocupar el puesto, siempre estoy dispuesta a mentir un poco. Antes de que toda mi vida se cayera a pedazos, hice un par de semestres de administración, así que, no soy tan novata en el tema… Quizá con un par de contactos logre falsificar un diploma y el resto de papeleo universitario. No me hace sentir muy orgullosa el hecho de mentir para tratar de obtener el trabajo, pero si con esto lograré más estabilidad en mi vida, sin dudarlo haré lo que tenga que hacer.
Hay más mujeres en la sala, todas, en definitiva, se ven mucho mejor que yo. Sus prendas se ven más impecables, sus peinados e incluso sus maquillajes. Creo que fue un grave error venir después de terminar una larga jornada laboral en el club, soy stripper, y el agotamiento físico se refleja en mi rostro. Me veo horrible. Suelto un profundo suspiro y al instante la puerta de la oficina se abre. Un señor de baja estatura, gordo y calvo sale, se acomoda el moño de su corbata y acto seguido se aclara la garganta para hablar:
—Amelia Jones.
Ese es mi nombre. Tomo una gran bocanada de aire. Tengo que estar fresca, tengo que lucir confiada y todo saldrá bien. Tiene que salir bien—Soy yo—Le digo, mientras me pongo de pie.
Mis enormes tacones resuenan sobre el brilloso e impecable suelo, siento varias miradas sobre mí y lo único que mi mente repite una y otra vez es: “¿Ese es mi jefe?”. Por supuesto que no luce como un jefe; más bien parece una persona que limpia sus zapatos con saliva. Una vez estoy frente a él le doy una agradable sonrisa, me indica por dónde debo seguir y eso hago. La oficina es una completa locura, no esperaba menos. Creí que sería más pequeña, eso sí. Tiene ventanales que llegan hasta el suelo y sus vistas me dejan apreciar el hermoso paisaje de Nueva York. Los muebles son en cuero de un color azul oscuro, todo el lugar tiene un aura bastante elegante.
—Puedes tomar asiento—Me pide el sujeto y yo obedezco, veo como sirve un poco de agua en un vaso de cristal y me la tiende—, bebe esto, el jefe Alessandro vendrá en un momento. Se tomó un breve descanso, pues está algo agotado de ver tantas chicas para el puesto.
Asiento lentamente con la cabeza—Creí que usted era el jefe—Confieso.
—Quisiera serlo—Comenta burlón.
Para evitar el silencio incomodo pregunto:
—¿Llevan muchas horas haciendo entrevistas?
El hombre arquea ambas cejas—Llevamos días, querida.
Eso me desanima. El perfil debe ser muy exigente, estoy comenzando a arrepentirme. No digo nada más. Pasan alrededor de ocho minutos, en eso escucho como la puerta se abre, la voz de un hombre retumba por todo el lugar, al parecer está hablando por teléfono:
—Claro, esta noche nos vemos allí. Sé puntual—Acaba la llamada y seguido escucho unas fuertes pisadas avanzando por la habitación. Es el jefe. No lo miro, solo escucho su gruesa voz—¿Es la siguiente? Gracias, Pedro. Puedes retirarte.
Siento los pasos de su ayudante abandonando la habitación y al instante el sujeto aparece en mi campo de visión. Me quedo sin palabras. Es alto; una creciente barba se asoma en su rostro; sus ojos, son verdes; y su traje no destella nada más que elegancia y dinero. Es guapo. Lo sigo con la mirada hasta que se sienta del otro lado del escritorio, es decir, justo frente a mí. Sin pronunciar palabra, toma la carpeta donde está mi curriculum y lo empieza a examinar. No me queda mejor cosa por hacer que seguir viéndolo hipnotizada. Después de unos largos segundos habla:
—Veo que estudiaste en la universidad de Fordham.
Su voz es profunda y seria, lo que me hace poner la piel de gallina. Trago saliva con algo de dificultad e intento que mi voz no titubee y me deje al descubierto con mis nervios:
—Así es.
Deja la carpeta sobre la mesa y por primera vez en todo el rato me mira directamente a los ojos—Te ves bastante joven. ¿Cuando te graduaste?
—Hace un año.
Su fría mirada sigue sobre mí—¿Por qué quieres tomar este empleo?
Mi mente de inmediato entra en un colapso, sobre todo por el hecho de que no dejo de pensar en lo guapo que es. Busco rapidamente una respuesta y la digo al acto:
—Me resulta interesante experimentar como secretaria.
—¿Tomas este trabajo como un experimento?
Percibo su tono a la defensiva, me acomodo en mi asiento e intento verme fresca y tranquila—Para nada. Solo digo que me resulta interesante, además, por algo se empieza. ¿No cree?
Nos miramos fijamente por cortos tres segundos, pero es suficiente tiempo como para que un vacío se forme en mi vientre. Es extraño. Estoy acostumbrada a tratar con hombres, y en la mayoría de los casos ninguno logra intimidarme de la forma en la que este hombre lo está haciendo.
—Amelia…—Dice, mientras acoge una postura mucho más relajada—Bonito nombre. ¿Sabes su significado?
La pregunta me parece algo extraña, pero al ver que ahora está más relajado decido responder de la misma manera:
—No realmente.
—¿Qué edad tienes?
—Veintiséis.
Frota sus manos suavemente, mientras achica un poco los ojos. Tal gesto me hace entender que está pensativo y no me equivoco, pues vuelve a intervenir con una pregunta:
—¿Soltera, casada, viuda, divorciada?
—Soltera.
Las comisuras de sus labios se elevan un poco—¿Qué haces en tus tiempos libres?
De inmediato la imagen del club llega a mi mente, pero mi lengua va más rápido que mis pensamientos:
—Estoy en casa… Me gusta leer, así que eso es lo que hago.
Suspira agotado—No tienes ninguna experiencia como secretaria… Y tu currículum dice que tu anterior trabajo fue como administradora de una tienda de ropa en el Manhattan Mall.
—Es correcto…—Digo nerviosa.
—¿Por qué viniste aquí?
—Vi un anunció en el periodico.
Su rostro es tan serio que me da la impresión que está extremadamente enojado, y por su tono de voz no me queda la menor duda:
—¿Qué decía el anunció exactamente?
—Que esta empresa estaba en búsqueda de una secretaria a tiempo completo.
—Exacto… Ahora, vuelvo a repetir: ¿Eres secretaria?
Me quedo sin aire, empiezo sentirme un poco mareada, intento controlar mis nervios pero la incomodidad del momento no me ayuda. Por mi mente viajan imágenes de mi trabajo en el club como bailarina, de cada uno de los hombres que me han tratado mal y las cosas malas que tengo que hacer para vivir el día a día… Aquello me hace caer en cuenta que no puedo dejar ir este trabajo. Es mi oportunidad de salir, y de tener una vida digna por fin. Después de unos breves segundos, me armo de valor y le respondo:
—No, no soy secretaria, pero puedo aprender.
—No soy un profesor para enseñarte las cosas desde cero. El anuncio decía muy claramente lo que estamos buscando.
Por alguna extraña razón sus palabras encienden una pequeña chispa de ira en mí. No agrada su tono, está siendo bastante grosero:
—Mi experiencia no me permitirá cometer errores.
De inmediato me doy una bofetada mental. Es lo más estúpido que pude decir. Por supuesto que no sé nada sobre ser secretaria y lo más probable es que si lo intento cometeré uno y mil errores. En un acto sorpresivo veo como una sonrisa se dibuja en su rostro, sus dientes están perfectamente alineados, además de que unos pequeños hoyuelos se forman en sus mejillas. En definitiva es el hombre más apuesto que he visto, sin dejarme admirar demás habla:
—¿Por qué debería contratarte a ti y no a una de las chicas que está allí afuera y que probablemente tienen muchísima más experiencia?
Lo miro fijo e intento forzosamente sonar convincente:
—La experiencia no hace al maestro, señor.
—Me temo que se ha equivocado de refrán, Amelia.
—No, no lo hice.
—Entonces su refrán es una completa falacia.
—Yo no miento al decir el refrán de esa manera, ni tampoco miento cuando le digo que seré la mejor secretaria que ha tenido en su vida y que cometerá un grave error si no me contrata.
Mis palabras parecen dejarlo mudo, pues solo me mira con una sonrisa socarrona en sus labios. ¿Qué le causa tanta gracia? Los nervios y la incertidumbre me están matando. No puedo negar que cada que sus ojos me miran tan penetrantemente un vacío se forma en mi vientre, y eso es justo lo que está haciendo ahora.
—Amelia, no sólo necesito a una secretaria. Necesito más que eso.
Los latidos de mi corazón se empiezan a acelerar—¿A qué se refiere?
Recarga sus codos en la mesa—Necesito a alguien de confianza; alguien leal. Verás, soy el nuevo dueño de la empresa, y desde ya quiero crear mi círculo cercano. Necesito a una persona en quién confiar, y esa tendrá que ser mi secretaria, por supuesto. ¿Crees que podrás hacerlo?
Este hombre me va a volver loca. No es posible que su belleza sea tan exorbitante. Me pierdo en sus rojos y carnosos labios y le respondo casi sin pensar:
—Puedo ser todo eso y más.
Al acto caigo en cuenta de lo que acabo de decir y me quiero morir. Veo como arquea ambas cejas, claramente mis palabras lo tomaron por sorpresa. Hasta aquí llegó todo, lo arruiné.
—Bueno, Amelia, eso fue todo. Si no encuentro a nadie mejor que tú… Te estaré llamando.
Esas últimas palabras provocan un escalofrío en mi espalda. Me pongo de pie, acomodo mi falda, le tiendo mi mano y en cuanto él la toma, siento un corrientazo recorrer todo mi cuerpo—Muchas gracias por la oportunidad, señor…—Digo, intentando recordar su nombre.
—Alessandro—Agrega, sin quitarme su mirada de encima.
—Alessandro… Espero que tome la decisión correcta.
Su mano aprieta levemente la mía—Yo también espero eso.
Me suelto rápidamente de su agarre y me alejo nerviosa—Tenga buen día. Hasta luego.
Sin más salgo de la oficina siendo un manojo de nervios. No sé qué acaba de pasar, lo que sí me queda muy claro es que ese es el tipo más guapo que he visto en mi vida, y el primero que me hace sentir tan nerviosa. Llamo al ascensor y en cuanto las puertas se cierran y empiezo a descender desde el décimo piso. Me siento estúpida, dejé ir una gran oportunidad de trabajo por coquetear discretamente con el jefe. Realmente no pude evitarlo, todo se dio de manera muy natural. Estoy agotada; tanto física, como mentalmente. Justo ahora lo único que quiero es ir a casa y dormir, pues me espera una noche muy larga en el club.
[...]
Son casi las once treinta de la noche, ya estoy en el club. Le estoy dando unos últimos retoques a mi maquillaje, pues ya casi es momento de salir a dar mi show. Esta es mi rutina de cada noche: bailo alrededor de treinta minutos en el tubo y luego, me voy con el hombre que me ofrezca más dinero. Por derecho de antigüedad, me es un privilegio irme con los más millonarios, pero de nada sirve, pues la mitad del dinero que gano por estar con esos hombres se lo queda el club, más específicamente: Nick. Mi jefe. Era bueno cuando todo esto empezó, él y yo estábamos muy unidos, dispuestos a hacer dinero. Lo aprecio, pero esta no es la vida que yo quiero. Estoy cansada.
—¡Hey, Amelia! Te vi en la mañana—Me habla Roxy, una de las bailarinas, mientras peina su peluca azul.
—¿Enserio?
—Sí, salías del edificio Leblanc. ¿Qué hacías allí? ¿Te contrató algún cliente?
—Fui a preguntar algunas cosas… Nada importante.
Me niego a contarle la verdadera razón por la cual estaba allí. No es nada bueno para mí que el jefe -es decir, Nick- sepa que planeo irme. Se pondría furioso si se llegase a enterar, y Roxy no es la mejor guardando secretos. Tiene cierta fama de ser soplona.
—Esta noche será muy buena—Comenta.
—¿Por qué lo dices?—Pregunto, mientras me aplico rímel.
—En la mañana escuché al jefe hablando por teléfono y por lo que entendí, vendrán algunos CEOS a cerrar tratos.
La verdad es una muy buena noticia, pero solo por el dinero que recibiremos de esos hombres. Dejo el tema de conversación ahí, llega la hora de dar mi show. Me pongo de pie del tocador y recojo todas mis cosas para ponerlas en un sitio alejado. Las chicas nuevas suelen robar algunas veces, así que prefiero evitar un altercado. Acomodo mi maleta en su escondite; en eso, siento como mi teléfono empieza a vibrar. Maldigo en voz baja, pues ya tengo que salir al escenario. Es un número desconocido, contesto rápidamente:
—¿Hola? ¿Quién habla?
—¿Amelia?
Esa voz es completamente reconocible para mis oídos. Es el hombre en el que he estado pensando toda la tarde—Sí, con ella.
—Lamento llamarte a esta hora. Sé que probablemente ya estabas durmiendo.
«Si tan solo supieras dónde estoy…» pienso. —No es ningún problema, de hecho estaba… Despierta.
—Bueno, eso me hace sentir mejor—Comenta con humor—. Te llamo para decirte que… El trabajo es tuyo.
De inmediato siento como un vacío se forma en mi pecho. Esto no puede estar pasando, tiene que ser un sueño. Mis ojos se llenan de lágrimas, por fin tengo una escapatoria, la vida me está dando una nueva oportunidad y no la desperdiciaré.
—¿Amelia? ¿Sigues ahí?
La voz de mi nuevo jefe me hace salir de mi transe—¡Claro! Aquí estoy. Muchas gracias por darme el empleo, señor.
—Te quiero el lunes a primera hora en la oficina.
—Allí estaré.
—Sé puntual. Odio que me hagan esperar.
Y sin dejarme decir algo más, termina la llamada. Siento como esa pequeña chispa de esperanza que se había apagado hace mucho, está volviendo a renacer de las cenizas.
—¡Hey, Amelia! ¿Estás bien? Ya tienes que salir, el jefe se pondrá loco—Habla Roxy, mientras entra a la habitación—. ¿Estás llorando?
Me limpio rápidamente los ojos, ocultando las lágrimas de felicidad—No, solo que compré maquillaje barato y me cayó en los ojos.
—Apresúrate. No hagas enojar al jefe.
Y aquí es donde empieza mi tortura. La pista de la canción retumba por todo el lugar, debo iniciar el show. En cuanto salgo al escenario escucho los chiflidos y los gritos de los presentes. Soy ese show por el que muchos pagan. La práctica me hace realizar la coreografía casi que por inercia. En cuanto el show acaba, tengo cientos de billetes sobre la tarima. Casi siempre tengo una actitud sensual y coqueta con el público, lo cual me genera más ganancias.
Después de recoger todo mi dinero y meterlo en un costal, voy a los camerinos a hidratarme y descansar, pues la rutina siempre es algo densa. Algunas bailarinas me felicitan por el gran show que di y por dejar al público encendido, pues eso les facilitará el trabajo a ellas. En mi mente solo puedo pensar en la necesidad de dejar este lugar.
—¡Bravo, bravo! Estupendo, como siempre—Entra diciendo el jefe. Claramente se refiere a mí y a mi show. Está usando su característica camisa negra, acompañado de unos jeans del mismo color, y, extrañamente, la cicatriz que cruza por su ojo izquierdo hoy se ve más roja y notoria. Es guapo, lo admito, pero si tan solo no fuera mi jefe, de seguro lo podría ver de otra manera.
Le doy una sonrisa falsa—Gracias, Nick.
—La mejor de todas, esa eres tú—Me dice en forma de halago. Un “halago” que yo detesto recibir—. Esta noche te ganaste el premio gordo, linda.
—¿Ah sí?
—Un CEO que llegó nuevo en la ciudad, acaba de cerrar un negocio conmigo y le prometí darle a mi mejor chica: Esa eres tú.
—¿Cuánto pagará?
—Mil quinientos dólares, solo por esta noche.
Mi quijada por poco cae al suelo. Es más dinero del que he podido hacer en semanas. En definitiva es un premio gordo—¿Ya está aquí?
—Sí, irás con él en unos momentos… Ya cerró su trato conmigo. El negocio más grande de mi vida se está materializando.
—¿Y de qué va su trato?
Sonríe maliciosamente y acuna mis mejillas en sus manos, tal acto me obliga a verlo directamente a sus azules ojos—Solo te diré que… Seremos millonarios.
Sonrío—Dime qué cosa harás.
Se lo piensa unos breves momentos, pero al final accede, me lleva a un lugar apartado donde nadie extraño pueda escucharlo:
—Un tonto dejará en mis manos su empresa. Fue muy fácil convencerlo… Todo con la excusa de que seré su mayor inversor y, al mismo tiempo, su dealer de confianza—Suelta una carcajada—, pero cuando menos se lo piense, tendrá en su empresa la fábrica de lavado de dinero más grande de Nueva York.
Me sorprende de sobremanera su plan. Soy consciente de que Nick hace muchas cosas ilegales, pero jamás había llegado a este extremo. Me limito a sonreír y a intentar llevarle la idea en su plan, pues prefiero llevar las cosas con calma para poder huir de sus garras lo más antes posible.
—Él te está esperando. Creo que es hora de que vayas—Me manda—Está en la suite presidencial.
Asiento con la cabeza, mientras busco mi antifaz de plumas color n***o. Esto me permite ocultar mi identidad por unos breves momentos antes de realizar mi trabajo. Es una marca característica, y me ha resultado a la maravilla. —Volveré luego…
—Volverás cuando él te pida que te vayas. ¿De acuerdo?
Por su tono amenazante, sé que le tengo que obedecer. En un movimiento rápido, deposita un corto beso en mis labios. Decido ignorar eso y salgo en busca del tipo. El club es demasiado grande y las habitaciones están en el segundo piso, así que es allí donde me dirijo. Las luces del lugar alumbran mi camino hacia la habitación. Me doy ánimos mentalmente, solo de pensar en la cantidad de dinero que me pagarán, hace que este sufrimiento sea más digerible.
Cuando estoy a punto de abrir la puerta de la suite, escucho una voz adentro. Mi corazón se detiene al instante. Esto no me puede estar pasando, todo menos él. Es su voz, estoy casi segura. Analizo la situación brevemente:
—¿Qué haría una persona como él en un lugar como este?
Para liberarme de la duda, y en un acto de desesperación; abro la puerta. Le doy una mirada rápida a la habitación y me quedo sin aire cuando sus verdosos ojos se encuentran con los míos. Mi nuevo jefe: Alessandro. Está sentado en uno de los sofás, mientras sostiene una copa de vino en su mano derecha.
Sus ojos me ven con sorpresa—¿Tú? Bueno, creí que no llegarías nunca. No me gusta que me hagan esperar.
Antes de que pueda reconocerme más claramente, cierro la puerta de un fuerte golpe y corro escaleras abajo. Tengo que escapar de aquí ahora. No solo estoy huyendo de mi nuevo jefe, sino que, además, estoy buscando que uno de los matones de Nick venga a buscarme por no cumplir con lo pactado con el cliente. Y por último, el único hombre del cual me he enamorado a primera vista, posiblemente sabe que soy una prostituta - todo en menos de veinticuatro horas -, y aparte, estaré ligada a todas las cosas malas que le ocurrirán a él y a su en su empresa. Cuando creía que nada me podía salir peor: Mi nuevo jefe es mi dueño por esta noche… Y probablemente por mucho tiempo más.