Odio el cómo me siento justo ahora. Nada de esto me puede estar pasando. La vida, en definitiva, se está burlando de mí. Bajo del segundo piso a toda velocidad, siento como mis tacones se resbalan en el suelo, pero no me importa. Lo único que quiero es huir de aquí. Entro a mi vestidor dando un fuerte portazo, las de más chicas que están aquí se ponen alertas.
Nick nota mi entrada, sabe que algo está mal así que decide tomar cartas en el asunto, da la orden en tono frío:
—Afuera, todas.
Sin cuestionar nada al respecto, las cinco chicas que se encuentran allí salen. Me deshago de un tirón del antifaz y lo tiro al suelo con rabia y desespero. Tomo mi cabeza con ambas manos, siento un fuerte vacío en mi vientre y unas enormes ganas de llorar me invaden. Camino hacia el escritorio lleno de maquillaje, me miro al espejo y puedo ver la desolación en mi rostro. La vida no me trata justamente, quizá ser feliz no sea lo mio.
—¿Qué sucede? ¿Por qué estás aquí?—Cuestiona Nick, mientras me mira con seriedad.
Limpio mi nariz goteante, pero me aseguro de no derramar ninguna lágrima:
—Escucha, no puedo hacer esto.
Suelta una pequeña risa—¿A qué te refieres?
—No puedo.
—¿Ese tipo te hizo daño?—Susurra en un tono algo enojado, mientras me mira a través del espejo.
No respondo al instante, porque sé que debo ser cuidadosa con cualquier cosa que le diga. No se puede enterar de que me quiero ir. Estoy atrapada, pero tengo ser más rápida que él:
—Me parece que lo conozco...
—¿De dónde? Es imposible.
—Lo juro, Nick.
—¿Sigue allí?
—Eso creo.
Se acerca a mí, toma mi brazo fuertemente y me obliga a verlo—No puedes arruinar esto, Amelia.
—Ese tipo no me da buena espina—Susurro y mi voz se corta—. Por favor, por favor... Envía a otra chica.
Siento como su mandíbula se tensa—Tú eres lo mejor que hay en este lugar.
Por primera vez en mucho tiempo, lo miro suplicante. Sus ojos azules no demuestran nada de empatía hacia mi, pero tengo que hacer todo lo que esté a mi alcance—Nick... Realmente no quiero.
Sus ojos siguen sobre los míos—Esto no se trata de si quieres o no, Amelia. Lo sabes.
El temor se apodera de mí. Cada una de las cosas malas que me pueden pasar, están pasando. Ese hombre allá arriba es mi puerta de salida de este lugar, si él se llegase a enterar de quién realmente soy, me despedirá de un empleo que ni siquiera he empezado. Mis ansias de poder ser feliz se desvanecen. Justo cuando por fin estaba viendo una luz al final del túnel, todo se torna oscuro nuevamente.
—¿Sabes la cantidad de dinero que ganarás?—Susurra, después de mi largo silencio.
Trago duro, mientras me pierdo en sus ojos azules:
—No quiero ese dinero. No hoy.
Entonces pasa: La mirada de Nick se suaviza. Ahora me mira de aquella manera que tanto me encanta, y la que de vez en cuando me hace sentir cosas extrañas por él—¿Así de grave es? Amelia, ese tipo te dará un buen dineral. Piénsalo mejor.
Niego con la cabeza—Juro que te lo recompensaré después.
—Ese tipo me hará millonario, Amelia—Murmura.
—Nunca te pido nada, Nick. Por favor.
Luego de un largo y tortuoso silencio, por fin decide hablar:
—Sabes que no puedo decirte que no.
Sus palabras liberan el enorme peso que sentía en mis hombros, pero mi mente sigue siendo un lío. Me acerco tímidamente a él y lo abrazo a modo de agradecimiento—Gracias...
Él acaricia suavemente mi cabello—Haría cualquier cosa por ti, Amelia.
Sus palabras me llenan, pero sé que son solo palabras vacías que se quedan en el viento. Él no haría cualquier cosa por mí, porque lo más esencial es dejarme ir de este lugar y no lo ha hecho. Me separo de él y lo miro con una sonrisa:
—Gracias... Por esto.
—Sigo siendo tu jefe, Amelia. No lo olvides, mañana tendrás que recompensármelo. Vendrán otros CEOS.
Asiento tristemente—Lo haré.
—Ve a casa—Estoy a punto de irme, pero él me detiene de nuevo—. Mañana quiero que vayamos a almorzar juntos.
Tomo mis cosas, me cubro con mi enorme gabán n***o y le respondo:
—No podré ir, lo siento.
—¿Por qué?
—Quedé de verme con una amiga para ir a ver unas prendas que necesita—Miento.
Me mira con extrañeza—¿Qué amiga?
—Vicky.
Rueda los ojos al acto, ella no le agrada—Como sea, entonces te veo por la noche.
—Aquí estaré.
Sin previo aviso, toma mi rostro entre sus manos y me besa apasionadamente. No me disgusta que lo haga, pero tampoco es mi cosa favorita. Una vez nos separamos, le doy una tierna sonrisa y luego salgo a toda velocidad del club, percatándome, por supuesto, de que Alessandro no estuivera a la vista.
El fuerte y frío viento de la madrugada golpea mi rostro con rudeza. No me da miedo caminar a estas horas de la madrugada por las vacías calles de Brooklyn, ya estoy acostumbrada. Paro el primer taxi que pasa por la avenida, le doy la dirección de mi departamento y en cuestión de minutos estamos allí. Le pago con uno de veinte y le digo que conserve el cambio. No estoy de humor para esperar, lo único que quiero es sentir el refugio de mi hogar.
Me adentro en el viejo y polvoriento edificio. Vivo aquí desde hace cinco años, realmente no ha cambiado mucho. Mi departamento está en el sexto piso, no hay ascensor, así que, por obvias razones, debo subir por las escaleras, lo cual es una tortura para mis cansadas pantorrillas. Una vez llego, abro la puerta y me encierro en mi caluroso hogar. Descargo todas mis cosas en la pequeña mesa de madera, me deshago de los enormes tacones y del traje extravagante; ahora me pongo mi cómoda y enorme pijama.
Prendo solo una luz, la de mi habitación. Los servicios eléctricos son extremadamente caros, prefiero no consumir demasiado. Camino en completa oscuridad a la cocina. Mientras preparo un plato de cereal escucho pequeños ruidos en un cristal. Me vuelvo hacia la ventana de la sala para ver de quién se trata y una enorme sonrisa se dibuja en mi rostro cuando lo veo. Es Benito: El gato de la vecina de arriba. Es de un color gris con manchas negras, bastante tierno. Viene todas las madrugadas a verme. Es mi única compañía a estas horas… Y en mi vida en general.
Me acerco con gran entusiasmo y abro la ventana para que entre:
—Hace frío ahí afuera. Deberías quedarte aquí para siempre.
Se sienta en la mesa de madera y me mira fijamente, mientras maúlla. Me causa gracia, pues parece que estuviera charlando conmigo. Le doy breves cariñitos en su cabeza y él comienza a emitir ese ronroneo que tanto me relaja.
—Hoy pasaron muchas cosas...—Susurro—Y la mayoría de ellas no son para nada buenas—Le hablo, mientras camino a la alacena para sacar su comida y servirla en un pequeño plato que compré para él—, lo único bueno de hoy es que viniste a visitarme... A veces quisiera ser tú.
Benito solo se encarga de comer, sonrío tristemente y me encamino a mi cama; con el único pensamiento de que en unas horas tengo mi primer día de trabajo y no estoy muy segura si Alessandro sabe que soy la chica del club. Pero ¿Qué es lo peor que podría pasar si se llegase a enterar?
[...]
Estoy corriendo. No puedo creer que voy tarde en mi primer día de trabajo. Bueno, no voy tan tarde, solo sobre el tiempo. Alessandro especificó el hecho de la puntualidad, no quiero hacerlo enojar desde tan temprano. Entro al ascensor y presiono insistentemente el botón para el décimo piso. Me miro de reojo en el espejo. Hoy me veo peor que ayer. Mis ojeras son mucho más notorias, mi maquillaje no es el mejor y mi cabello sigue siendo un desastre, intento arreglarlo, pero es demasiado tarde; llegué.
Salgo del ascensor, intentando verme segura y confiada. Al igual que ayer, el hombre calvo y de baja altura está esperando por mi en la entrada de la oficina de Alessandro. Le doy una sonrisa:
—Buenos días.
—Nada tienen de buenos, niña. Mira la hora.
Aprieto mis ojos ante sus duras palabras—Lo sé, lo lamento. Sabe que el tráfico es un problema. No volverá a pasar.
—Pues realmente espero que no pase de nuevo...—Me reprende—, aunque estás de suerte, el jefe aún no llega—Un fuerte alivio se posa en mí, pero lo oculto para que no me siga regañando, detesto eso—. Te explicaré todo lo que tienes que hacer.
Acepto. Camino junto a él, mientras anoto al pie de la letra cada una de sus indicaciones. Va de un lado a otro, explicando cada cosa con detalles y realmente lo agradezco:
—Por último: Nada de confianzas, él odia las preguntas personales. Intenta siempre tener un café caliente en su escritorio para cuando llegue; tiene que ser latte. No hables si él no lo pide... Tienes que venir bien presentada, pues las reuniones importantes siempre llegan de manera inesperada.
Doy una ojeada a mis prendas: Mi falda negra de tubo y mis tacones de punta negros—¿Me veo muy mal?—Pregunto asustada.
El tipo me mira con una ceja elevada—¿Enserio lo preguntas?
Sé que la respuesta es que me veo terriblemente mal. Nota mental: Tengo que comprar ropa decente. Después de un incómodo silencio decido hablar nuevamente:
—¿Algo más que deba saber?
—Por el momento eso es todo. Hoy hice todo el trabajo por ti, pero mañana será tu responsabilidad.
—De acuerdo, gracias.
El tipo le da una mirada rápida a su teléfono—Ya está aquí.
De inmediato un vacío se forma en el vientre—¿Qué debo hacer?
Algo fastidiado responde:
—Párate junto a su escritorio, dile que los papeles para la junta de las tres están en la carpeta roja y que su café está listo.
—Muchas gracias—Le digo inútilmente, pues sale de la habitación dejando un polvero.
Hago exactamente lo que me dice. Me pongo de pie, arreglo mi cabello lo mejor que puedo y sostengo la carpeta entre mis manos. Escucho unos pasos acercarse y siento como mi corazón late rápidamente. Un flashback de hace un par de años llega a mi cabeza: Somos mamá y yo. Estamos comiendo un rico postre maracuyá en la sala de nuestra casa. Era su postre favorito, y también es el mío. Agito mi cabeza rápidamente para alejar esos recuerdos dolorosos que llegan en el momento menos oportuno. Al instante veo como la puerta se abre: Es Alessandro, luce un traje n***o; su camisa es blanca; no trae corbata y el primer botón de su camisa está abierto. Este hombre es demasiado sensual. La imagen de él anoche; con su copa de vino y su mirada penetrante me llega a la cabeza como un trueno. Me aclaro la garganta:
—Buenos días, señor. Aquí está su carpeta con el informe para la reunión de esta tarde, y su café latte.
Camina hacía mí con una sonrisa burlona dibujada en su rostro—Buenos días, Amelia. Veo que ya ha hecho bastantes cosas.
Sonrío tímidamente, mientras le entrego la carpeta en sus manos y me hago a un lado—Solamente hago mi trabajo, señor.
Me da una mirada juguetona, toma asiento y le da un largo sorbo a su café. Siento como mis piernas tiemblan del miedo. Antes de que me interceda con alguna pregunta, prefiero atacar primero. Me siento frente a él, abro mi agenda dispuesta a tomar nota:
—¿Cuál es la agenda de hoy?
Mis palabras hacen que una sonrisa se forme en su rostro, dejándome ver por segunda vez su perfecta dentadura, pero, casi sin previo aviso, habla:
—Antes de iniciar con todo esto... ¿Podrías decirme que estabas haciendo anoche?
De inmediato mi sonrisa se borra y un temor inexplicable se apodera de mí. Estoy acabada. Lo sabe, él sabe todo. Mis sueños se han esfumado con esas simples palabras. Adiós a una vida normal.