En definitiva, me siento como una verdadera mierda. Ha pasado un mes desde que logré obtener el empleo de secretaria con Alessandro, y lo único que he logrado es sentirme mal conmigo misma. Sé que él no es una mala persona, no merece nada de lo que le va a suceder. Lo que sí tengo claro es que, la capacidad de Nick para envolver a la gente es única. En tan solo este mes, ha logrado colarse en la vida de Alessandro como si fueran amigos de toda la vida, y, peor aún, lo está hundiendo en el bajo mundo de drogas y mujeres.
Estoy inmersa en mis pensamientos, hasta que la voz gruesa de Nick me hace volver a la realidad:
—¿Por qué esa cara? ¿En qué tanto piensas?
Veo como camina y se sienta frente a mí en el viejo sillón de mi sala—Nada, ya sabes, solo estoy algo agotada.
—La noche fue legendaria, Amelia.
Un escalofrío recorre toda mi espalda en cuanto recuerdo todo lo que pasó. Antes de que note mi descontento, me pongo de pie y tomo mi chaqueta:
—Me voy. Cierra la puerta cuando te vayas.
—¿Tan pronto? Amelia, ese sujeto ni siquiera podrá salir de su cama en todo el día, no te preocupes tanto.
—Tengo que ir para no levantar sospechas.
Él me sonríe maliciosamente, mientras que se pone de pie, camina hacía mí y toma mi rostro entre sus manos. Tengo que admitir que desde aquella última vez que me golpeó, estoy nerviosa ante su tacto, aunque lo disimulo bastante bien. Acaricia suavemente mi mejilla:
—¿Tienes lo que te pedí?
Lo miro fijamente—Los papeles estarán listos para esta noche.
—¡Estupendo! ¿Estamos listos para empezar?
Algo dudosa respondo:
—Hay que tomarlo con calma... Pero sí.
En un acto sorpresivo me toma entre sus brazos, me eleva en el aire con entusiasmo, mientras su hermosa sonrisa se asoma en sus labios, hace que mi corazón palpite con rapidez. De cierta forma; me gusta hacerlo feliz. Sé que esto me puede joder, pero si él está feliz, puede que yo también lo sea.
—¡Amelia, corazón! Eres una genia.
Sonrío—Lo hice por ti.
—¡Lo hiciste por ambos! ¡Por nosotros!
Sin pensarlo mucho más, ambos nos unimos en un largo y profundo beso. Hace que millones de sensaciones viajen por todo mi cuerpo. La calidez que él emana se siente como mi lugar seguro; como mi hogar.
—Me tengo que ir...—Le digo, mientras me aparto.
—Tenemos que ir a celebrar... Ven conmigo.
—Sabes que no será buena idea si falto... Tengo que seguir siendo una secretaria ejemplar. Recuerdalo.
Sus ojos azules se ruedan con algo de fastidio—Ten paciencia, dentro de poco no tendrás que trabajar nunca más.
Una enorme sonrisa se dibuja en mi rostro—¿Ni siquiera en el club?
—Eso ya lo veremos...—Me dice, mientras sonríe alegremente—, por ahora me enfocaré en llamar a los muchachos. Les diré que todo está listo para empezar hoy en la noche.
Asiento con la cabeza, mientras que los nervios de mi vientre se hacen cada vez más insoportables:
—Recuerda ir con cuidado.
—Lo haré—Me dice, despreocupado.
Nos despedimos con un corto beso en los labios. Mientras espero el metro, no puedo dejar de pensar en cómo la vida de todos va a cambiar. Si alguien se llegase a enterar de lo que va a ocurrir en la fábrica, sería mi boleto gratis para ir a la cárcel. Lo único que me relaja es que solo serán tres hombres manejando todas las máquinas de lavado de dinero, por ahora, claro está; pues en un par de semanas, todo estará lleno de hombres pandilleros camuflados como trabajadores cualquiera.
Las cosas que hago por amor no tiene límites. Las cosas que hago por mi libertad... Me llevan a todo esto.
[...]
Como era de esperarse: Alessandro no llega. Camina con algo de nerviosismo por todo el lugar. ¿Y si tuvo una sobredosis? ¿Y si algún matón de Nick lo hirió de gravedad? No lo pienso mucho, saco mi teléfono y le empiezo a llamar a su número, pero no recibo respuesta alguna. Eso me preocupa aún más.
Levanto la bocina de mi telefono y llamo a la recepción:
—Pedro, ven pronto. Te necesito.
Sin poner objeción, Pedro aparece segundos después en la oficina. Su calva, como siempre está brillante y pulida:
—¿Todo anda bien, señorita Amelia?
—Algo así...—Respondo.
—¿En qué le puedo ayudar?
Lo miro fijamente unos momentos, me aterra ver su reacción a mis palabras por alguna extraña razón:
—¿Sabe cómo puedo llegar al departamento de Alessandro?
Se queda pasmado unos momentos—Algo así... ¿Para qué quiere saber usted eso?
Intento controlar mis nervios, mientras me peino desesperadamente:
—Estoy algo... Preocupada. No contesta las llamadas, ni en su celular, ni en el teléfono de su casa. ¿Y si le pasó algo malo?
—Las malas noticias son las que primero llegan.
—Eso lo sé, Pedro. Pero algo no me cuadra.
Se sube de hombros—Quizá solo sea que se quedó dormido... O quizá se fue de viaje, yo que sé.
—¿Dormido? ¿De viaje? Sabes perfectamente que él jamás se iría sin avisar. Además, en su agenda no estaba irse de viaje.
—Escuche que su novia vendrá de visita, quizá esté con ella. }
¿Novia? ¿Alessandro tiene novia? Me deshago rápidamente de esos pensamientos, pues no es lo más importante ahora:
—No... Él me hubiera avisado. Pedro, créeme, algo malo está sucediendo.
Me mira dudoso durante varios segundos, hasta que al final suspira:
—Escucha, si me metes en un problema por esto, te juro que haré todo lo posible para que te echen de aquí.
Le sonrío, confío en que todo saldrá bien. En cuestión de minutos estamos en auto rumbo al departamento de Alessandro. Hubiera podido venir sola, pero hubiera levantado muchas sospechas. Claramente si me hubiera cuestionado el por qué sé su dirección tan exacta. Además, anoche, venía con mi rostro cubierto por el antifaz, no es como que recuerde cada detalle del camino.
Anoche intenté estar lo más alejada posible de él. Habían más chicas que podían atenderlo, y eso fue bueno. Además, Nick jamás permitiría que me enrrollase con alguien en sus narices. Solo estuve viendo como se metía linea, tras linea de coca e ingería alcohol como un desquiciado. Nick también le dejó a su merced un poco de hierba que desapareció a los minutos. Toda fue fumada por él. Me siento como una tonta por reaccionar tan tarde. Si algo malo le sucede... Sencillamente no podré vivir con la culpa.
En cuanto llegamos al edificio, Pedro me explica que él vive en el penthouse, que intente pedirle ayuda a la recepcionista, pues él tiene miedo de que todo esto sea un grave error y que termine despedido. Sin darle más largas al asunto, me bajo del auto y corro dentro del edificio hacía el lobby:
—Buenos días, señorita.
La mujer se ve bastante anciana, su cabello ya está completamente blanco y sus labios son de un rojo encendido. Me da una mirada de pocos amigos:
—¿En qué la puedo ayudar?
—Necesito... Encontrar al señor Alessandro Leblanc.
—¿Él la está esperando?
Dudo un momento en responder, pero al final lo hago:
—Sí.
—¿Cómo es su nombre?
Me quedo pasmada unos momentos, así que decido improvisar la opción más segura en estos momentos:
—No creo que sea necesario. Soy su novia.
La mujer me mira con los ojos llenos de sorpresa—¿Su novia?
—Sí. ¿Ocurre algo malo?
—Estaba enterada de su llegada... Pero creí que sería en la noche. Lo lamento mucho. Llamaré al señor Leblanc justo ahora.
Rápidamente intercedo:
—¿Llamarlo? ¿Por qué tendría que hacerlo? Digo, soy su novia, no una completa desconocida.
—Comprendo, señorita... Pero son protocolos del edificio.
Hago mi mejor cara de enojada—¿Protocolos? Ok, esto es suficiente para mí. ¿Cómo es su nombre? Quiero hablar con el jefe a cargo.
La mujer de inmediato se pone nerviosa, mientras intenta calmarme:
—No es necesario. Sólo déjeme hacer una llamada para notificar que usted va en camino.
Encuentro sus palabras como una oportunidad. Decido encaminarme al ascensor mientras le digo petulante:
—¡Sí, sí! Como sea...
Una vez estoy dentro del ascensor, suelto una gran bocanada de aire. Oprimo el botón que me llevará al penthouse. Los nervios van al tope. Hay muchas cosas que podrían salir mal, si él está muerto tendrán que llamar a la policía... Ahora me hice pasar como su novia y si la policía me atrapada de seguro me iré a la cárcel.
Llego hasta la puerta, está abierta. Nadie se preocupó por cerrarla. Sin pensarlo mucho, entro y la cierro de vuelta, asegurándome que tenga el seguro puesto. Me encamino por el enorme lugar:
—Alessandro... Señor, soy yo, Amelia.
No recibo respuesta alguna. Me asusta. Subo rápidamente hasta el segundo piso, miro con desesperación en su habitación, no lo veo por ningún lado. Es en el momento en el que entro al baño, cuando siento como mi corazón se detiene, quedo pasmada en mi lugar.
Es él, está tendido en el suelo del baño, sus labios se ven muy secos y su piel se ve más pálida de lo normal. Me acerco a pasos pausados y cortos, mis ojos se llenan de lágrimas:
—Alessandro...— Murmuro.
Veo como su pecho sube y baja. Sigue vivo. Después de unos breves momentos, noto como abre sus ojos lentamente, los posa en mí y habla en un hilo de voz:
—¿Amelia?
Al instante sus ojos se vuelven a cerrar. Todavía hay algo qué hacer, todavía puedo salvarlo. Corro hacía él, me arrodillo y tomo su cabeza en mis manos e intento ayudarlo. No dejaré que muera, no en estas condiciones, no estando yo como directa involucrada.