Capítulo 8. En la calma.

4236 Palabras
Tres meses después... —Nancy, date prisa, si no se te hará tarde— me coloco en la puerta de entrada y alzo mi mano que sostiene una bolsa con el almuerzo de mi amiga. —Ya voy, es que estuve toda la noche trabajando— le sonrío y veo como viene a trompicones para llegar hasta donde me encuentro, niego divertida. —Aquí esta— le entrego el almuerzo y ella sonríe agradecida. Hace un mes atrás no hubiera imaginado que estaría cocinando para alguien más, pero Nancy me ha ayudado tanto que es lo mínimo que puedo hacer. —Anda, vete ya— se despide y corre rumbo al ascensor. Cierro la puerta y me dispongo a lavar los utensilios que usé, limpio las encimeras y aspiro un poco la sala.  Aún es temprano para irme al trabajo, así es, conseguí un empleo modesto en el que gano un salario decente, pero sobretodo tengo ese anonimato que necesitaba, para no ser juzgada y poder empezar de nuevo. Desde lo ocurrido en la empresa ITAFF, ya no volví a ver a Mark, ni a Jayson, ni tampoco a Giulia. Y así es mejor, porque ahora me siento más tranquila, aunque claro, aún no he podido irme a rentar un piso, por eso mismo en la tarde tengo otro empleo; en la mañana trabajo en el almacén de una librería que se encuentra en el centro, ahí también ayudo a limpiar y algunas veces reparto algún pedido por parte de los clientes. En la tarde trabajo en una panadería, y por supuesto, sé cocinar, pero no tanto, así que ahí sólo estoy en caja, aunque también ayudo con la limpieza. No me puedo quejar, he estado bien, me llevo de maravilla con los dueños y con mis compañeros. Me dispongo a cambiarme de ropa y estoy lista en tan sólo veinte minutos, algo de lo que tampoco meses atrás hubiera creído posible. Lo que me hace pensar en cuanto una persona puede adaptarse a las circunstancias desfavorables en la vida. Salgo del departamento, entro al ascensor y veo mi imagen a través de las puertas metálicas. Me doy cuenta que ahora visto de una forma más simple, sin tanto maquillaje; mi ropa ya no es de alguna marca conocida, al contrario, como me daba pena pedirle seguido ropa a Nancy, algunas veces me voy a la de segunda mano, ahí he encontrado cosas bonitas y muy útiles, así como mis tenis, que aunque no tienen plantillas, con unas buenas calcetas no se siente la diferencia, o como mi blusa, que tenía un hoyo pequeño cerca del cuello, pero no hay nada que un hilo y aguja puedan resolver. Creo que esas cosas, saber cómo controlar la situación y sacar lo bueno, es algo que me enorgullece. Llego una hora después al trabajo, puesto que ahora no me puedo dar el lujo de tomar un taxi, por las altas tarifas, necesito usar el transporte público, así me ahorro dinero. Entro a la librería por la parte trasera y saludo a mis compañeros, después me voy a mi casillero y guardo mi mochila, saco mi faja y me la coloco. Porque como dije, trabajo en almacén, así que hay que prevenir algún posible daño, y no es que me pongan a cargar cosas pesadas, pero es una regla, ¡así que a ponérmela! Las horas pasan hasta que se llega mi hora de almorzar, pero como todos los días, decido no ir, así los dueños me dejan salir una hora antes y puedo llegar a tiempo a mi otro empleo. Estoy acomodando en un estante algunos libros de historia, esos que salen cada edición una nueva portada e información, creo que son de un programa de televisión también. Se ven interesantes, pero no he tenido la fortuna de leerlos, ya que estos vienen sellados y son un poco caros para darme un lujo así. —Ya será más adelante—. Suspiro el tan sólo pensar en esa posibilidad. —Olivia— dejo el último libro y volteo a ver a mi jefa. Ella es una mujer de mediana edad, junto con su esposo manejan esta librería desde hace un poco más de diez años, son unas personas muy agradables, tienen dos hijos, son mellizos, algunas veces vienen, son agradables, pero ellos tienen sus propios trabajos, así que por esa razón no les ayudan a sus padres con el negocio. —¿Necesita algo, señora Lange? —Sí, necesito que entregues un pedido— saca un papel de su bolsillo y me lo tiende. —Es un poco lejos de aquí, así que toma dinero de la caja para que tomes un taxi. —Por supuesto— tomo la dirección y después me dirijo al mostrador, —¿Son estos los libros?— le pregunto a mi jefa. Veo que son libros de esos que vienen en un estuche especial de cuero, al frente tiene una inscripción, pero no entiendo lo que dice, de hecho ni siquiera puedo ver qué libros son. —Así es— toma los volúmenes, que creo son tres y los mete en una caja blanca y la sella, arriba de esta pone la nota y me la entrega junto con el dinero. Salgo rápidamente y me dirijo a la estación del subterráneo. Llegaré en buen tiempo, puesto que a esta hora no hay tanta gente en la estación. Paso una hora y media para poder llegar hasta aquí, y efectivamente tuve que tomar un taxi, aunque la tarifa no fue demasiada, pues me la ahorre con usar el subterráneo. Cuando bajo del taxi me quedo asombrada. —Wow, es una casa muy grande— me digo a mi misma mientras contemplo las grandes puertas metálicas color bronce. «Creo que ni por la zona en donde vivía con Mark había este tipo de casas» Me acerco al altavoz y oprimo el botón. —¿Hola?— enseguida contesta un hombre, pero se escucha extraño, tiene un acento de...—¿Se le ofrece algo señorita?— dice y me percato de la cámara de vigilancia. —Sí. He venido a traer los libros...— muestro la caja, pero enseguida me interrumpe. —Pase— dice y escucho como se abren las grandes puertas, dando acceso a su interior asombroso. Wow, todo es tan bello, hay un camino empedrado y a sus costados lo adornan altos pinos, parece un bosque a los alrededores, inclusive se escuchan las aves cantar y uno que otro grillo. Pero no visualizo la casa. Me dispongo a caminar, «sólo espero no estar muy lejos...» Pero qué tan grande puede ser esta propiedad, sigo maravillada mientras emprendo camino. Llevo sólo cinco minutos de recorrido cuando veo que un pequeño auto de golf se acerca. —Buen día, señorita— dice un hombre ya mayor  de aspecto elegante y con un traje n***o. Creo que es una especie de mayordomo. —Por favor suba, la llevaré a la casa. Subo, el carrito se pone en marcha y sonrío. Esto es tan divertido, es como un recorrido en la mansión de Playboy, sólo que este lugar es de no se quien, lo que me recuerda, «¿Cómo se llamará la persona que pidió los libros?» pienso y enseguida recuerdo la nota, así que la leo, pero oh sorpresa me llevo. El nombre dice Fernando Caffarelli, él es el amigo de Mark, él que nunca conocí. ¡Rayos! No quiero volver a involucrarme con todo lo que tenga que ver con Mark. «Fernando Caffarelli» El hombre que va a mi lado se percata de mi nerviosismo y me observa atento. —¿Pasa algo siñorita?— pregunta con ese extraño acento. Yo niego. —Bien, ya hemos llegado.— levanto mi rostro y veo la gigantesca casa, podría de decir que es un castillo, se ve tan elegante, tan antigua, es como las casas que vienen en las portadas de revistas donde te muestran los diseños para construir tu casa. Nunca creí que podría estar tan cerca de una así. Wow. Bajamos del carrito y me indica que lo siga, pero yo no sé si hacerlo, ya que sólo venía a entregar los libros, no necesito pasar a la casa, aunque ganas no me faltan. —Por favor, pase— me saca de mis pensamientos el hombre y entro dubitativa. Mientras lo sigo, puedo contemplar los pisos de madera que brillan, las paredes en color blanco, beige y otras cubiertas de madera también. Hay pinturas colgadas en paredes inmensamente grandes, algunas se ven antiguas, otras tienen un aspecto más moderno, también hay ventanales que filtran la luz hacia el interior. Llegamos a unas escaleras, estas son dos que se unen en la alto, pero en el piso de abajo las adorna una mesa de madera color vino, y esta tiene un gran ramo de rosas blancas con rosas anaranjadas. Otra cosa que también me llama la atención es el exceso de cuadros con fotografías de viñedos, otras tienen uvas y otras sólo hojas de uvas esparcidas en un suelo. Pero con justa razón, ya que el señor Caffarelli es propietario de viñedos. Por fin llegamos a unas puertas, el hombre que aún no sé su nombre se dispone a abrirlas y me indica que entre, pero yo creo que ya he visto suficiente, así que es mejor que me retire. —Disculpe, no es necesario que me quede más del tiempo debido, yo sólo he traído estos volúmenes que han pedido— le digo entregándole la caja. —¡¿Volúmenes?!— pregunta sorprendido. —Sí, además yo tengo que volver a la librería pronto— parece sorprendido el hombre y después sonríe. —Creí que venía de la empresa con los libros de estados— me quedo confundida, —Es que usted ha dicho que traía libros... no importa—. Los toma y agradece. —Yo puedo irme sola— le digo retirándome pero él se apresura a negar. —De ninguna manera, es un camino largo. Permítame llevarla a la salida, sólo dejaré estos libros en el despacho del señor y enseguida la llevo—. Sonrío. —Gracias. —Puede esperarme en la estancia, por donde entramos— asiento y camino hacia allá. Después de unos minutos llega, me dice que ha llamado a un taxi, después se dispone a llevarme a la entrada y se despide. —Disculpe, señor— le digo y me presta atención, el taxi ya ha llegado, pero puede esperar, —¿Cuál es su nombre?— le pregunto, pues he sido un poco irrespetuosa en no preguntárselo, además él ha sido muy amable. Sonríe. —Mi nombre es Angelo. —Ha sido un gusto, señor Angelo. Yo me llamo Olivia,— asiente y nos despedimos. Llego más pronto de regreso al trabajo de lo que pensé, ya tan sólo falta media hora para irme a mi próximo trabajo. —Olivia— me llama la señora Lange. —¿Si? —Fíjate que faltó un libro en el pedido que te envíe, no me había dado cuenta, que pena, más tarde le enviaré un correo al señor Caffarelli. —Señora Lange, el señor Caffarelli es cliente de la librería— pregunto indagando un poco más. —En realidad no es cliente frecuente, pero un día tuvimos la fortuna de recibirlo, le gusto tanto nuestros servicios que ahora cada mes pide un volumen sobre esos documentales que trasmiten en la televisión. —Ya veo. La media hora transcurrió y me dispuse a irme a mi siguiente trabajo, cuando llegué aún era temprano, entonces me puse a limpiar la acera. La panadería se llama la "Montaña roja", queda cerca  del parque central, no es tan lejos de mi otro empleo, así que me ahorro bastante en trasporte. El ambiente de trabajo es tan tranquilo, me gusta esta armonía; creo que estas ocasiones de calma es cuando conoces el significado de felicidad, porque yo estoy en paz, por consecuente estoy feliz. Las horas pasan, clientes entran y van, hoy es un día bastante productivo, algunas personas son clientes frecuentes, sobretodo las personas de mayor edad. Se puede decir que ya hasta me sé muchos de los nombres de estos y ellos el mío, aunque claro, yo tengo mi gafette con mi apellido, pero no es Reed, ese ya traté de ocultarlo por el momento, ahora me hago llamar con el apellido de mi madre, Carter. —Olivia, ve a comer— me dice mi compañera y yo asiento. Ella me releva en mi media hora, aunque su puesto es en cocina adornando postres. —Gracias, no tardo— ella asiente y tomo mi bolso de abajo del mostrador. Camino hasta el parque, me gusta comer ahí, sentada en el césped mientras veo a las personas caminar. Llego y me acerco a un puesto de comida rápida, compro una hamburguesa con papas y un juego de naranja. Después me dirijo al césped y tomo asiento. Empiezo a abrir el envoltorio de mi hamburguesa y enseguida siento la presencia de mi amigo. —Hola, calcetas. Justo a tiempo— le digo y este se lame el hocico en señal de que quiere comer, —Espera, apenas llegué. Corto la mitad de la gran hamburguesa y le doy un poco, calcetas empieza a comer apresuradamente y no puedo evitar sonreír. Calcetas es un perro de la calle que cada tarde sin falta me hace compañía para comer, al principio me daba miedo, pero ahora ya lo considero mi amigo, así que siempre que vengo le doy la mitad de mi comida,  quisiera llevármelo, pero no tengo un lugar donde pueda tenerlo.                                                              _____Giulia_____ Llego a la casa y me dirijo a la recámara de Fernando. —¿Puedo pasar?— le digo abriendo la puerta, pero me sorprendo de verlo de pie. —Ey, deberías estar descansando—. Lo reprendo y me dirige una mirada molesta. —Por favor, Giulia— dice con fastidio, —no empieces.  Sabes que ya no resisto más estar en esa cama, quiero salir.— veo que abre una caja y me llama la atención. —¿Y eso? —Es lo que pido cada mes, además creo que hubiera sido mejor que yo hubiera ido personalmente por él.— ruedo los ojos, pero él me mira con los ojos enterrados. —Deberías descansar, ¿quieres que te traiga algo?— le digo pero veo que él empieza a buscar ropa y se adentra al guardarropa a cambiarse. —¡Ey, Ey!— lo quiero detener, pero me ignora. Cuando sale ya esta cambiado, pero lo observo con una risa contenida. —¿Qué?— dice con indiferencia. —Jajajaja, te ves tan...— y lo vuelvo a observar, —Nunca te había visto esa ropa, ¿acaso la compraste en las tiendas de salvación?— le digo con burla. —No, sólo he rediseñado la que ya tenía. —¿Por qué? — le pregunto confundida, pues él no suele hacer ese tipo de cosas. Además, qué pretende vistiendo vaqueros desgastados y con las rodillas desgarradas, con una playera negra que no suele usar y esas botas que si no me equivoco, sólo llegó a usar en una festividad de disfraces. —Saldré— dice y me quedo boquiabierta. —¡No!— exclamo con determinación, pero parece que a él no le importa lo que tenga que decirle, —Recuerda que aún estas mal, no te has recuperado por completo. —Giu-lia, no empieces. —Recuerda que aún te estamos cuidando de esa estúpida. —Llevaré a mi escolta personal. —Pero se supone que queremos que ella crea que estas muerto, entiende por favor. —¿Acaso no entiendes por qué me vestí así?— dice señalando su ropa, —No me reconocerán. —Fernando, no saldrás— le advierto, pero él se dispone a colocarse su chaqueta. —Nos vemos más tarde, el taxi me espera— y sale de la recámara, yo lo sigo. —¿Cómo que en taxi?— casi corro detrás de él, pero aún así no se detiene. Veo el taxi llegar, y enseguida sube. —¡Nos vemos más tarde!— se despide agitando su mano y yo bufo molesta. Ese Fernando, un día de estos me matará con tantas preocupaciones.   Me dispongo a marcar a Simmon para asegurarme que lo están siguiente. —¿Simmon? —Vamos detrás del taxi, no se preocupe señorita— suspiro aliviada y cuelgo.                                                                   _____Fernando_____ Creo que agradezco que Giulia se preocupe tanto por mí, pero hay veces que me dan ganas de correr lejos de su sobreprotección. Me sofoca. Veo a través del retrovisor del taxi a mis escoltas que tratan de seguirme disimuladamente, aunque necesitarán un auto más discreto. Le pedí al taxista que me lleve al parque central, creo que necesito ver otras personas que no sean Giulia y Angelo. Al llegar, le pago al taxista y me dispongo a caminar al interior del gran parque. Me siento como un preso al que le han permitido por fin ser libre, no sé a donde ir, pero me siento animado, creo que en verdad necesitaba salir de esa casa. Me acerco al lago artificial que adorna al parque, camino por la orilla mientras veo como algunos niños les arrojan pan a los patos. Me alejo un poco de ahí y camino más al centro del parque, ahí donde las personas se sientan y acuestan en el césped a platicar. Creo que haré lo mismo, sólo que no tengo con quién platicar. Al llegar me arrojo al fresco césped, veo las parejas de novios que se acarician como si fuera la última vez que se verán, otros platican, algunas chicas cotillean y una joven rubia en especial esta hablando con un... ¿Perro? Me río internamente, pero decido observarla mejor. Parece que le contara algo muy interesante, pues el peludo perro esta observándola, aunque creo ver la causa de su atención, es una hamburguesa. —Jajaja— esta vez no puedo contener la risa y me gano unas miradas raras de las personas a mi alrededor. Me levanto decidido a ir a conversar con esa joven. Me acerco y ya puedo escuchar lo que le dice. —Te he dicho que comas más despacio, no siempre podré traerte tu agua, necesitas calmarte— ¿en verdad cree que el perro le contestará? Qué chica más rara, pero eso me esta llamando la atención. Al llegar me siento junto a ella, lo que hace que voltee extrañada y me observe un momento. —Hola— le digo y sonrío. Genial, se siente bien hablarle a otra persona, ¿hace cuanto tiempo que no intentaba entablar una conversación con una chica desconocida? —¿Te conozco?— pregunta mientras me sigue observando detenidamente. Pareciera que su pregunta en una invitación a largarme, pero no lo es, ya que hay algo que me dice que en verdad piensa que me conoce. —No lo creo— le sonrío y ella me devuelve el gesto. Parece alguien agradable. —¿Es tu mascota? —No, es un amigo— dice sin una pizca de sarcasmo, lo que me hace descolocar.  —¿Es tu amigo?— pregunto aún confundido y ella ríe. —Sí, cada día que vengo al parque, él y yo nos encontramos aquí para comer y platicar un poco, ¿pero te digo la verdad?— dice a modo de susurro, —Es un poco tímido, no suele hablar demasiado.— y me suelto a reír. —¿Y cómo se llama tu amigo? —Se llama Calcetas, pero yo le digo Cal. —¿Calcetas?— y observo al perro, después veo que tiene en sus cuatro patas pelo de color blanco, esto da un efecto de traer calcetas. —Ya veo, que interesante nombre. — Ahora ella sonríe  e inconscientemente sonrío al verla reír. Creo que me esta haciendo bien esta salida. —¿Y cuál es tu nombre? Aunque...— y me vuelve a observar, —Siento que te conozco—. Levanto mis hombros y ella parece descartar la idea. Y aunque tal vez sí me haya visto en alguna revista de negocios, sólo espero que no sepa mucho de mí, me fastidia que las mujeres empiecen a cambiar intentando ligarme, y todo para que las lleve a pasear en mis autos deportivos. Interesadas. —Me llamo...— no se sí sea buena idea decirle mi nombre real, aunque debería, ya que yo fui el que se acercó a hablar con ella. —¿No lo recuerdas?— pregunta alzando una ceja. —Sí, disculpa. Me llamo Leandro— digo finalmente, aunque mentí, tuve que usar el nombre de mi primo. —¿Y cuál es tu nombre? —Olivia  Carter— dice y me quedo asombrado de la coincidencia, pues la ex prometida de Mark se llama así, sólo que me parece que aquella mujer se apellida Rizzo, Richards, Reed, R… No recuerdo bien. —Oh— logro decir un poco asombrado. —¿Qué pasa? —Nada— sonrío, —¿Y seguido vienes aquí? —Sí— y se levanta. El perro parece despedirse de ella y se retira, no sin antes restregarsele en las piernas, ella acaricia la cabeza de este y se va. —Sólo vengo a comer mi almuerzo en la hora de descanso. —Ya veo, ¿trabajas por aquí? —Sí, en una panadería a unas calles de aquí.— Quisiera seguir conversando con ella, pero ¿qué haré? Me dispongo a levantarme también y sacudo mi pantalón. —¿Puedo acompañarte?— ella me mira con su ceño fruncido, —Lo que pasa es que quisiera comprar algo de pan— me apresuro a decir y ella sonríe. —Me parece perfecto.— Sonrío ante su respuesta y ella me devuelve la sonrisa, pero eso sólo hace que sonría más. Debo admitir que es una chica muy bonita, lástima que no me puedo confiar de mis instintos, pues haber estado encerrado más de tres meses, creo que me afectó un poco. Caminamos por la acera, platicamos de mascotas, ella me preguntó si yo tenía algunas, pero le dije que no, y es que en realidad no son esa clase de mascotas que las personas normales tienen, no, yo tengo perros guardianes, Halcones que protegen los viñedos y caballos. Pero no son como tal una mascota a la cual pueda tener sentada a mi lado, darle la mitad de mi comida y conversar con él. Cuando llegamos a la panadería entramos, ella me abrió la puerta y eso me hizo gracia, pero a ella pareció no importarle. —Toma— me entrega una gran charola y un par de tenazas, —Creo que acaba de salir algún pan del horno, adelante, aquí estaré— y se coloca detrás del mostrador mientras se pone en su cabello una clase gorro. —¿Es tu novio?— escucho que la otra chica que ya estaba ahí le pregunta. Enseguida volteo a ver la reacción de Olivia, pero ella se sonroja y niega. Extrañamente siento una punzada de decepción, pero enseguida me recupero al verla sonrojarse aún más cuando me ve discretamente. Trato de escoger algo de pan, pero en realidad yo nuca he hecho este tipo de compras, así que sólo tomo cuanto pan se me cruza en el camino. Al terminar llego al mostrador, Olivia se encuentra sola, la otra chica se ha retirado. Suspiro agradecido, había querido estar un poco más con ella a solas. —¡Vaya!— dice asombrada. —Ese pan te durará todo un mes— abro demasiado mis ojos asombrado, yo no quiero estar un mes sin una excusa para venir a conversar con ella. —Estoy bromeando— dice y me hace aliviar. —El pan si a caso te durará con buen sabor dos semanas. —Olivia, ¿a qué hora sales de aquí?— me atrevo a preguntarle y ella muestra un leve rubor. —Bueno…— empieza a meter el pan en bolsas grandes de papel, —Aún faltan tres horas, salgo a las nueve. —Eso es un poco tarde para que camines por las calles sola, ¿no crees? —Ya me acostumbré, además a esa hora aún hay mucha gente en la estación. —Y no te...— pero empieza a sonar mi celular, —Disculpa— digo y me retiro un poco para contestar, —¿Si? —Fernando, ya debes volver— suspiro cansado. Es Giulia la intensa. —No te preocupes, sólo pasé a comprar algo de pan— y volteo a ver la cantidad enorme que acabo de comprar. Creo que me excedí. —Debes volver ahora mismo,— insiste. Me paso mis dedos por mi cabello, pienso en que a causa de mi prima estoy perdiendo una oportunidad grande de seguir a lado de Olivia, —Además tengo información importante sobre tu atentado, ven ya—, me quedo callado, eso sí me interesa. Rayos. Tengo que irme. —Esta bien Giulia, no tardo— y cuelgo. Cuando dirijo mi mirada al rostro de Olivia, esta me observa de una manera que... —Leandro, ¿de casualidad era Giulia Taffini?— pregunta y yo me quedo sin habla. ¿Cómo sabe que era ella? _________________________________ Gracias por leer.
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