I. ULACA-7

2270 Palabras
»Por último, para no cansarte, te hablaré de Nerón. Quizá el cónsul más conocido de todos por haber cometido el terrible error de incendiar Roma. Nunca dudaba, nunca amenazaba en balde, sus palabras eran tenidas siempre como sentencias pendientes de ejecución; salvo su propia locura, nadie quedaba a salvo de su dureza de pensamiento. Asesinó a su madre y a su primera esposa, lo que ya te da muestra de lo que puede llegar a hacer un hombre con tal decisión, y gritaba a los cuatro vientos que se construiría un gran templo de oro. ¿Da esto respuesta a tu pregunta? —Sí, pero solo en parte, porque al descubrir estos detalles se me vienen a la cabeza otras dudas que todavía no sé ni plantear. Eran crueles, sí, pero me parece que era una magnífica cualidad. —¡Me espantas! —repuso Giovanni con voz quebrada—. Yo creo que la crueldad es una falta de las más principales; si lo aplicamos a los hombres de Iglesia, pecado mortal. —La Iglesia está regida por hombres, sus cabezas funcionan igual que las nuestras. Un cónsul, un papa, ¿qué más da? Lo que cuenta son los resultados. Lo importante es la gloria. Y dejando la conversación en este punto, Pietro se retiró y se sumió en sus libros y pensamientos, apremiado imaginariamente por la urgencia de leer lo necesario para poder hablar con conocimiento delante de su tío. Su abuelo le preguntaba en qué andaba, y él respondía que estaba estudiando los grandes avances militares. El anciano sonreía, y con su mirada le daba ánimos para que no desfalleciera. Las visitas a don Cátulo se sucedían. Debía de ser que el cardenal, acostumbrado a bregar con hombres de carácter recio, veía en el joven un reconfortante alivio para sus cargas diarias y, siendo así, procuraba estar libre durante las visitas de su sobrino. Los soldados que guardaban la puerta por la que Pietro accedía al Vaticano fruncían el ceño cada vez que lo tenían enfrente. Aunque no lo decían, consideraban que el joven era un personaje extraño del que convenía apartarse. Les molestaba su continuo ensimismamiento y se preguntaban con angustia qué sería lo que pasaba por aquella cabeza. Sin embargo, le franqueaban el paso y él se adentraba por los pasillos y salas hasta que llegaba a donde lo esperaban. Pietro, en cuanto podía, sacaba a relucir algún aspecto del pasado que le llamaba la atención, y su tío, gran conocedor también de la historia, se entusiasmaba hasta encenderse. —¡Qué libertad la de entonces! Nada parecido a las estrecheces actuales. Ahí estaban los burdeles, atestados siempre de hombres casados que consumían su tiempo y su dinero sin que nadie los señalase por la calle ni considerase que cometían falta alguna. La libertad lo es todo; da muestra de lo avanzado de un pueblo. —Te pido que vigiles tu lengua mientras estés aquí. Ya sabes que las paredes oyen. Aunque la mayoría de los hombres de religión tienen tratos carnales, hablar sobre ello es tabú. No obstante, te doy la razón en lo que dices, y añado más, porque hubo un tiempo en que las mujeres se casaban jóvenes, pero gozaban de las mismas libertades que los hombres. Tomaban amantes a su gusto y capricho, y hacían vida tan disipada y promiscua que nadie podía saber a ciencia cierta de quién era los hijos que alumbraban. Imagínate a aquellas ardorosas mujeres devorando hombres sobre los triclinios. Pero, como ya te he dicho, será mejor que hablemos de otra cosa, no vaya a ser que luego nos miren mal por los pasillos. ¡Ah!, maravilloso. Aquí nos traen unas viandas. Acércate muchacho —animó el cardenal a chico del servicio—, acércate y deja la bandeja sobre la mesa. Luego te llamaré para que lo recojas. Pietro se aproximó a la mesa y destapó con precaución las pequeñas tapas de plata que cubrían los guisos para caer en la cuenta de que no sabía qué era aquello de tan notable presentación. —Pajaritos de nido y tetas de lechona —aclaró don Cátulo a su sobrino—, es solo un pequeño capricho para engañar al estómago. Come, come y sigue contándome cosas. —¿Sobre mujeres? —insistió el joven. —No, no. Ya te he dicho que hemos de ser discretos. —¿Ni siquiera os interesa saber por qué las romanas llevaban tacones? —Sabes —comenzó diciendo entonces el cardenal para cambiar de tema—, de entre todas las grandes obras del imperio, los miles de kilómetros de vías fueron quizá lo más destacable. Se construyeron por exigencia del ejército, que las precisaba para desplazarse de un punto a otro con rapidez; a través de ellas circulaba la sangre guerrera del Gran Imperio y volaban las noticias de un extremo a otro. Bastaba un simple aviso para que una legión se pusiera en marcha y acudiera allá donde fuera preciso. Facilitaron la conquista de nuevas tierras y, por supuesto, el mantenimiento de las que ya pertenecían a Roma. Por ellas cabalgaban raudos los caballos que portaban la valija diplomática y, también, los trotones que llevaban a lomos el correo particular. Las ciudades, por muy lejanas que estuvieran, permanecían comunicadas, y el comercio encontró una forma de expansión inmejorable. La gente se mezclaba, las ciudades crecían, y la creencia de que aquella forma de vida era la mejor fue convirtiendo en romanos a todos los habitantes de los territorios conquistados. Roma había invadido y convencido con sus avances. No en balde, una vez que el imperio estuvo consolidado, se sucedió un periodo de paz de dos siglos que nunca después ha tenido igual. Se derramó mucha sangre, pero valió la pena. —¡Eso pienso yo! —improvisó Pietro fugazmente. —Sí, desde luego. Se creó una red de señales luminosas a través de faros instalados en las alturas y se organizó un sistema de postas que ni siquiera hoy en día se podría comparar. Cada pocos kilómetros había una estación con comida y comodidades para los viajeros, a distancias más largas mansiones en las que, amén de saciar el hambre física, también podían apagar la carnal. Se vigilaban las rutas y se ajusticiaba a los malhechores que asaltaban los convoyes. En fin, pusieron en marcha todo lo que hoy seguimos disfrutando. —Todo lo que merece la pena tiene un precio elevado —razonó el joven aprovechando un breve inciso del cardenal—. La vida y la muerte son aspectos pasajeros y carentes de valor. Un ser humano se crea de la conjunción de un hombre y una mujer. Si un hombre muere, al punto es sustituido por otro que irá creciendo con el paso del tiempo. Las personas, vistas en su conjunto, no representan nada, solo somos material. Solo los grandes hombres pervivirán para el resto de los tiempos, y solo ellos han tenido o tendrán en su mano la capacidad de moldear el mundo y convertirlo en algo mejor. La creación del imperio segó vidas, pero sobre esa inmensa montaña de huesos asentó finalmente su nombre: Roma. Hoy ya nadie se acuerda de la filiación de aquellos que perecieron, ya fueran conquistadores o conquistados, pero lo que es evidente es que los logros del imperio serán recordados siempre. Para los grandes hombres de política y armas, una vida es solo un medio para conseguir algo. Yo os digo que ese es un planteamiento muy acertado. —Estamos de acuerdo —añadió el hombre de Iglesia—, siempre hay que considerar más valioso el engrandecimiento de un sistema perdurable y altanero, que no la insignificante y penosa vida de un puñado de hombres. ¡Ah, por cierto! —dijo ahora bajando mucho la voz—, claro que sé por qué las romanas llevaban tacones. Todo el mundo lo sabe. Elevaban sus calzados porque eran de culo bajo y piernas cortas. Soy cardenal, pero también hombre, no lo olvides. Don Cátulo se excusó entonces un instante y salió de la estancia. Previno a su sobrino para que tomase alguna distracción durante los siguientes minutos, pues él tenía que finar un insignificante asunto que no permitía más aplazamientos. Pietro se apoyó sobre un vetusto escritorio que había en el cuarto y se dispuso a mirar por la ventana. Se pasaba la lengua por los labios animado por el recuerdo salado de los pajaritos, y de manera inconsciente volvió la cabeza para ver si todavía quedaba alguno en la bandeja. Se habían acabado, de sobra lo sabía. Sin pararse más a pensar en ello, volvió de nuevo la cabeza hacia la ventana y dejó que el cerebro trabajase libre. Así, se imaginó a él mismo vestido de general y sonriendo orgulloso por saberse victorioso. Volvía a Roma cabalgando por la Vía Apia y animaba a sus impávidos guerreros a que no desfalleciesen, pues llegando a la urbe recogerían las mieles de sus sufrimientos pasados. Los osados soldados apretaban los dientes y avivaban la marcha, e incluso los tullidos hacían un último esfuerzo para alcanzar la gloria. Imaginó que se bajaba del caballo y cedía su montura a un muchachillo ciego que tropezaba cada dos por tres, y que, a la vista de este gesto tan honroso, la gran masa de milicianos se encendía y coreaba orgullosa su nombre. Por un momento se vio entrando en el Foro con sus hombres en perfecta formación. Sintió los aplausos del gentío y los vítores lanzados desde las casas y edificios públicos. Era un ser superior, un hombre victoriosos que había contribuido al buen nombre de su patria. Los gritos y saludos le curaban de los sinsabores pasados y de las miserias padecidas. Ya no había enfermos entre sus soldados, ni amputados ni tampoco tiñosos; la medicina que suponía aquel recibimiento lo curaba todo, lo podía todo. Era la felicidad absoluta. —Perdona, sobrino, por la tardanza —se escuchó junto a la puerta—. ¿De qué estábamos hablando? He tenido que atender un despacho urgente. ¡Ah, sí!, del crecido valor de un poder político fuerte sobre la individualidad del ser. ¡Eh! ¿Qué piensas? Parece que estás como ido. —Sí, tío, perdonadme. No sé, no sé. Se me ha vaciado la cabeza de repente. Será mejor que vuelva otro día. —Bueno, como quieras. Me ha resultado muy agradable esta charla. Veo que compartimos sangre e ideas, lo cual es muy gratificante. Pietro salió del Vaticano por la misma puerta por la que había entrado. Los guardias ya no eran los mismos que cuando llegó, pero al verlo meditabundo y con los ojos perdidos le lanzaron una mirada de desprecio y lo dejaron salir. La idea de que era un joven perturbado era común en todo el cuerpo de guardia, y con esos comportamientos no contribuía a que su imagen mejorase. El joven seguía su vida entre las obligaciones diarias y su afición permanente. Don Giovanni se esforzaba mucho por convertirle en un hombre de amplia formación, y Pietro, encandilado por los titulillos e historias que de vez en cuando le regalaba sobre la época gloriosa del imperio, no presentaba oposición y se mostraba receptivo. Euclides, Copérnico, Kepler o los más modernos tratados sobre geografía ya no guardaban ningún secreto para él. Su formación era tan amplia que poco había ya que le pudieran enseñar sin salir de casa y, siendo así, cada vez empleaban más tiempo en cuestiones secundarias o en temas propuestos por Pietro. —¡Oh, don Giovanni! Fijaos en lo grande que llegó a ser Roma que incluso conquistamos Grecia. Ni sus ejércitos ni su experiencia consiguieron aguantar el empuje de nuestra ambición. Ellos cayeron en nuestros brazos; quizá la noticia de que Grecia se desmoronaba sirvió para que nuestras huestes fueran más temidas en el resto del mundo. ¿Quién podría pensar que Grecia caería? ¿Quién que perecerían asfixiados y que acabarían echándose en nuestros brazos? Grecia parecía inmortal. —Eres listo e inteligente —intervino el maestro—, lo que me lleva necesariamente a pensar que tu cabeza solo tiene acomodo para lo que quieres. No te importa la historia ni tampoco la verdad; no eres objetivo en tus planteamientos. Me dices que Roma conquistó Grecia y añades que acabaron en nuestros brazos. ¡Craso error el tuyo! Roma nunca conquistó Grecia; todo lo más, la ocupó. La intervención romana significó el fin del predominio económico y militar de los griegos, cansados de ostentar un poder omnímodo durante siglos, pero lo que había detrás del oro y las espadas, lo que en realidad es la esencia de un pueblo, eso no desapareció, es más, sin temor a equivocarme diré que fue Grecia quien nos conquistó a nosotros. Las ideas de sus filósofos calaron en nuestros políticos e incluso en la población, lo que propició un cambio profundo de mentalidad. Las teorías de los hombres de ciencias se extendieron y encontraron acomodo en los rudimentarios cerebros romanos, y la literatura, tan desarrollada en Grecia, se convirtió en entretenimiento y fantasía para un pueblo ávido de nuevos horizontes. La unificación permitió el tránsito de personas. Muchos hombres de crecido conocimiento vinieron desde otras tierras y nos impusieron su cultura. Eran claramente superiores y no encontraron oposición. Trazaron nuestras ciudades y luego nos las llenaron de gimnasios, palacios y edificios religiosos. Nos mostraron su arte y se lo reconocimos como de primerísima calidad y digno de imitación, y ya por último, y lo que es quizá más importante, nos dejaron sus dioses. Afrodita, Venus, Mercurio o Júpiter no son sino copias perfectas de Artemisa, la diosa griega de la caza; Afrodita, la de la belleza; Hermes, de la guerra, y del gran dios supremo Zeus. Pero, claro, tú esto ya lo sabes. Tú eres consciente de que, aun hoy, cada estatua, cada columna, cada adorno que ves por la calle, cada rincón del Vaticano está influido por la cultura helénica; igual que sabes que las matemáticas de Euclides, esas que tan bien se te dan, o que el principio de Arquímedes, no fueron desarrollos nuestros, sino cosas aprendidas de los sabios griegos. ¡Conocían incluso la circulación de la sangre! Nosotros disponíamos de armas, ellos de cultura, y sabes que en una lucha tan desigual siempre vence el conocimiento.
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