De esta manera y con estas aficiones se fue formando el carácter de Pietro, pues si bien no había día que no mudase su físico y se asemejase más al de un hombre adulto, tampoco pasaba noche sin que su personalidad se definiera una porción más. Así, con el paso del tiempo, se fue convirtiendo en un joven tímido y retraído. Pero no era una timidez que indicase que podría estar mermado de razón, sino que esta era discreta y medida. Se diría que estaba perfectamente capacitado para relacionarse con los demás con libertad y gracia, pero que sus pensamientos, valiosísimos para él, ocupaban demasiado espacio.
También dejó de hablar, o mejor, redujo sus temas de conversación a los dos o tres que realmente le llamaban la atención, y evitaba intervenir en charlas en las que no se ventilaban negocios de su interés. Se mostraba moderadamente distante incluso con su madre, y forzado a tener que dar su opinión sobre este o aquel extremo, se mostraba incapaz de hablar durante más de dos minutos seguidos; en ocasiones, en este breve periodo de tiempo hacía largas pausas para buscar palabras. Le resultaba imprescindible porque su cerebro solo pensaba habitualmente en sus lecciones y en Roma; en todo lo demás era prácticamente lego por su voluntaria falta de interés. Escribía notas continuamente, y aun en situaciones en las que la multitud le rodeaba, apuntaba en su cabeza infinidad de detalles que pasaba a papel en cuanto tenía oportunidad. Le molestaban los charlatanes y los personajes comunes y de discurso único. Se enervaba cuando, reunidos en este o aquel foro, las personas y las conversaciones se repetían, cuando el encuentro de hoy era copia del de ayer, y el de mañana copia exacta del de hoy. Renegaba de las personas de disertación aprendida y cultura de vitrina. Eran esos que, con media docena de lindezas y frases copiadas de otros, caminaban por la vida como hombres de conocimientos, pero que él, cansado de verlos, procuraba abstraerse en cuanto el primero mostraba su engreída sonrisa. A veces lo reprendían por su falta de interés en unas reuniones que, además de amistosas, eran un lugar de encuentro para gentes de negocios, a lo que Pietro, medio ausente, respondía que prefería su algarabía interior a las estúpidas palabras de algunos principales señores. Eso sí, si por casualidad salía a relucir su tema favorito, el imperio, comenzaba a hablar sin que hubiese hombre, mujer o niño que lo pudiera parar. Era tanto su entusiasmo que a veces las palabras se le perdían en la lengua, pues su cerebro pensaba a una velocidad a la que sus cuerdas vocales no podrían adaptarse nunca.
«¡Qué rarezas tiene este muchacho!», comentaban de vez en cuando sus padres, «habrá que ver si el tiempo lo moldea». Luego se sumían en sus ocupaciones y dejaban que todo siguiera igual. Confiar en que todo cambie con el tiempo es una estrategia arriesgada. Nada permanece inmutable, nada detiene su evolución. Decir que algo cambiará con el correr del reloj es algo obvio; que cambie de acuerdo a nuestros intereses es solo azar. Y así, en estas circunstancias, el único que prestaba una atención especial a Pietro seguía siendo su abuelo, quien un poco por soledad y un poco por afición, continuaba requiriendo la presencia de su crecido nieto para que le ilustrase con su saber. Le entretenía y agradaba ver su rostro al narrar episodios de otros tiempos, y le divertía mucho escuchar ese tono de voz cambiante que aplicaba cuando era menester, aunque, por encima de todo, las palabras de Pietro le provocaban una excitación interna que era difícilmente superable por cualquier otra cosa conocida.
—Dime, dime, Pietro, ¿qué es lo último que has leído en el libro que te regalé? Cuéntamelo o léeme algo que te llame la atención.
—Igual tarea es una cosa que la otra —le respondió Pietro veloz—, como algunas de las historias me las sé de coro, pondré a prueba mi memoria y contaré lo que se me venga a la cabeza. ¿Qué os apetece? ¿Ingeniería, armas, leyes, fiestas tal vez?
—Como en otras ocasiones hemos departido sobre guerras y héroes, creo que hoy resulta más conveniente hacerlo sobre cuestiones lúdicas. No sé, creo que me levantará el ánimo.
—Está bien, me parece una elección muy apropiada. Os diré que los antiguos romanos, amén de otras virtudes que los adornaban, fueron grandes inventores de fiestas y celebraciones, y se daba la maravillosa circunstancia de que la dedicada al dios Jano era de las más principales y una de las que se seguía con mayor devoción. Representaba la iconografía a este dios con dos caras para demostrar que en él confluía el final de un año y el comienzo de otro; era el señor del tiempo. Disponía la deidad de un magnífico y suntuoso templo en Roma, y allí, los ciudadanos de toda condición ofrecían sacrificios para guardarse de sus enemigos. El templo de la paz lo llamaban, y era tenido en tanto que no había general romano que no lo visitase antes o después de una campaña. Hasta el propio emperador acudía allí antes de emprender un viaje. Nadie trabajaba en Roma el día dedicado a honrar al dios Jano. No había tarea tan importante como para perderse la celebración ni dolencia tan grave como para sufrirla en el retiro del hogar. Ese día no había penas ni pesares. La algarabía se iniciaba por la mañana y no cesaba hasta que se acababan las fuerzas. Los romanos se vestían con sus ropas de estreno. Las mujeres presumían y se pavoneaban ante los machos encelados. Los juglares recorrían la ciudad haciendo malabares y juegos divertidos, los pantomimos representaban farsas que encendían las risas o los llantos, y no faltaban los charlatanes que, puestos aquí o allá, entretenían a la concurrencia con sus relatos. No era necesario tener casa para comer, las viandas abundaban y eran ofrecidas a la puerta de las principales casas. No había descanso ni tranquilidad aquel día. Cuando la noche llegaba y la oscuridad se hacía con la urbe, infinidad de antorchas y luminarias dispuestas en los tejados y en los quicios de las puertas iluminaban de forma esplendorosa el pavimento. Roma era feliz, los romanos eran felices.
—Sí, pero ¿estás seguro de no confundir la fiesta de Jano con cualquier otra?
—¿Dudáis? Lo leí anoche. La diversión era común en todas las celebraciones, y las de Marte, Júpiter o Venus también encendían la ciudad y provocaban el delirio, pero nunca llegaba a ser tan esplendoroso como cuando se echaban a la calle para honrar a Jano. ¡Ya no hay fiestas como aquellas! ¡Ni siquiera eso nos queda!
Pietro pasaba la vida entre sus lecciones y sus aficiones. Como su carácter e intereses fueron aislándole poco a poco del resto de la gente de su edad, de manera inconsciente se acostumbró a visitar a don Cátulo en el Vaticano. Al principio sus apariciones se reducían a un breve encuentro los viernes por la mañana. El cardenal invitaba a Pietro a desayunar leche de cabra con pan blanco, departían un rato sobre la familia, y después este salía corriendo para no llegar tarde a sus clases. Más adelante, decidió el hombrecito que, siendo como era el Vaticano lugar de mucho interés, sería conveniente no distanciar tanto las visitas y hacerse presente al menos tres días por semana. Don Cátulo agradecía las visitas y se mostraba generoso con él. Un día le paseaba por los jardines, otro le enseñaba las magníficas pinturas que colgaban de las paredes de los interminables corredores, de vez en cuando hablaban de religión sentados en unos enormes butacones del aposento del cardenal, y ocasionalmente aparecían en la conversación alusiones y asechanzas de antiguos papas. Sobre todo, le impresionó saber que Pío II fue guerrero y que perdió la vida luchando en una cruzada. «Un papa con poder terrenal y conocimientos de armas, ¡un guerrero de Dios!», se le ocurrió pensar a Pietro, y con esa cantinela pasó dos noches en vela.
Después de unas semanas, Pietro decidió plantearle a su tío algunos temas que precisaban una urgente aclaración. Temía no saber expresarse correctamente ante un hombre tan sabio, y tampoco sabía cómo afrontar las cuestiones de cierta enjundia, lo que le obligó a hacer un enorme esfuerzo para juntar las fuerzas necesarias y exponer sus dudas.
—Tío —le dijo con moderada confianza—, durante los últimos meses he podido comprobar la grandeza y el lujo de la casa de Dios. Sin embargo, hay otra cosa que me llama la atención. ¿Cómo ha conseguido la Iglesia tanto poder?
—¡Cómo! —espetó el cardenal sorprendido—. No sé si catalogar esa pregunta como fácil o como difícil. ¡Pues cómo va a haber sido! Como se consigue siempre el poder. ¿Es que Giovanni, ese instructor tuyo, no te ha explicado nada? Anda, pregúntaselo a él, cuando tengas las primeras nociones volveremos a hablar sobre esto.
Quedó Pietro desorientado ante tal respuesta, pero no queriendo dejar pasar más tiempo para buscar una aclaración, al día siguiente le planteó la cuestión a Giovanni y esperó pacientemente una respuesta.
—Cuando dices que cómo se consigue el poder te refieres una vez más al imperio, ¿verdad?
—Sí, claro, naturalmente. Me imagino que el sistema será aplicable también a la Iglesia.
—¿Desde cuándo te interesa la Iglesia? Creía que solo te interesaba Roma.
—Lo de la Iglesia es solo curiosidad. Roma es mi vida.
—En cualquier caso, el método es sencillo pero arriesgado. Se basa simplemente en no tener escrúpulos, en ser el más fuerte, el más inteligente y, casi siempre, el peor amigo de los amigos. El hombre bueno es cómodo y a menudo cobarde. Se conforma y aspira a pasar por la vida con el menor sufrimiento posible. Se queja de las injusticias y de los atropellos, pero cuando se trata de luchar se amedrenta y prefiere quedarse en casa acurrucado y deseando que nadie vaya a buscarlo. El hombre sin escrúpulos es todo lo contrario. Es ambicioso y ladino. Su crueldad no tiene límites conocidos y usa la mentira con soltura y desvergüenza. Enreda y maquina, hace y deshace, dispone voluntades, compra votos y siega vidas. Se diría que todo está dispuesto para que él lo tome, lo disfrute o lo destruya. ¿Cómo crees que fueron los grandes cónsules romanos, esos que tanta fama tienen? Todos ellos, hombres de mucho arrastre y poco freno. Mataban y se arriesgaban a morir, nunca se detenían. Fíjate si no en los principales. De Cicerón se decía que era un gran orador. ¡Oh, qué verdad era esa! Nadie manejaba la retórica como él. Era un maestro y, por supuesto, un gran manipulador. Pasaba días componiendo sus discursos, mimaba las palabras, ajustaba su significado hasta hacer sus composiciones perfectamente comprensibles; luego los recitaba de memoria simulando que hablaba de corrido. Aplicando una buena técnica y unas excelentes cualidades naturales conseguía llegar al corazón de los hombres y hacerlos de su condición. Parecía un hombre de talante y conocimiento. Daba la impresión de ser moderado en sus planteamientos y posturas, pero luego se ha sabido que era un hombre duro, qué digo duro, era una roca. Detrás de su lengua embaucadora se escondía un monstruo que regía y mandaba con mano de hierro, un hombre que se enriqueció heredando ilegalmente cantidades ingentes de dinero. Él mandaba, y así, se empleó con denuedo en hacer las leyes que, amén de conseguir algún beneficio para el imperio, también llenaban sus bolsillos.
»Después fue César, el gran César, ese que tanta gloria nos proporcionó. Era mujeriego y vividor y no había cosa que se le pusiera por delante. Fue el inventor del “divide y vencerás”, tan empleado después en todas las guerras conocidas. Conquistó las Galias en penosísima inferioridad, y más tarde, siendo considerado una amenaza para el imperio, el Senado propuso su procesamiento. Con todo, imagínate qué clase de hombre era que acabó consiguiendo de Roma el título de dictador. Primero se lo concedieron por cinco años; poco más tarde, vitalicio.
»César murió asesinado y fue sustituido por Tiberio, y este por su hijo Calígula, cuya genialidad y locura iban de la mano. Le daban miedo las tormentas, pasaba horas haciendo muecas y momos ante el espejo. Era tal su falta de escrúpulos que una mañana envió a los leones a todos los calvos. ¿Te das cuenta, Pietro, del poder que se puede conseguir a través del miedo? Claudio sustituyó a Calígula. Lo pusieron en el poder por creerlo manejable y voluble, pero una vez allí era inflexible y cruel. Militarmente se mostró atrevido y constante. Para que veas el poco aprecio que tenía por las vidas ajenas, te diré que antes de abrir el canal construido para desecar el lago Fucino, organizó una batalla naval con veinte mil condenados a muerte. Todos ellos perecieron, fue la primera vez que se escuchó el “Ave, César”.