I. ULACA-5

2019 Palabras
—Correr sin saber andar es solo asimilable al s******o. Iremos un poco más despacio de lo que tú propones, de esta manera podrás descubrir la enorme valía de nuestros antepasados así como sus magníficas aportaciones al mundo entero. ¡Ah!, bueno, nos quedamos en las primeras conquistas romanas. Te digo entonces como continuación del relato, que la población fue aumentando, y que, como pasa siempre que hay mezcla de sangre, la sociedad se dividió en patricios y plebeyos. Los primeros, descendientes directos de antiguos romanos, y los segundos, descendientes de extranjeros, esclavos o cautivos. El patriciado vivía bien, eran ciudadanos de primera calidad y, en consecuencia, ocupaban los puestos de mayor relevancia en la administración y el comercio. Tenían cierto reconocimiento público, e incluso ellos mismos, dentro de su estrecha ignorancia, se creían de algún modo superiores al resto. La plebe sufría un trato duro e inhumano que, amén de recordarles a cada momento su parentesco directo con los animales y demás bichos, les reservaba las tareas menos agradecidas y las penalidades más extremas. Los miraban con recelo, desconfiaban de ellos, hacían mofa y burla de sus desarrapados ascendientes y, lo fueran o no, se les consideraba culpables de todos los males conocidos. No eran personas, eran solo plebe, un estado intermedio entre humano y bestia. Sufrían sobre sus carnes la injusticia de una justicia asentada sobre la costumbre y el capricho. Una justicia que consideraba hoy culpable al hombre que ayer hubiese sido declarado inocente, o que condenaba o salvaba al reo dependiendo de si el estómago del juez estaba o no satisfecho. No había leyes, solo costumbre, y te puedes imaginar que costumbre y capricho son términos de parejo significado en asuntos de justicia. Los plebeyos se hicieron más y más numerosos y con el paso del tiempo comenzaron a rebelarse y a reclamar los derechos que ellos creían que les correspondían. Se rebelaron contra los patricios en varias ocasiones, y les hicieron ver el perjuicio que sufrirían si en lugar de tratarles como iguales les trataban como objetos de su propiedad. Se mostraron hostiles contra el orden que les pretendían imponer y, sobre todo, reclamaban con insistencia y sin descanso que se promulgasen leyes escritas que fuesen inmutables y que aplicasen igual a patricios y plebeyos. Su suerte tenía que dejar de depender del azar, su futuro no podía asentarse sobre la voluntad indeterminada de un juez patricio; si no se tomaba una decisión que corrigiera ese perjuicio, la ruptura sería total y podría suceder cualquier cosa. Fue así como un grupo de elegidos se reunió para dotar a Roma del código que con tanta insistencia se reclamaba, y fue de este modo como, después de un meritorio trabajo, se publicaron las leyes que habían elaborado, que por estar grabadas sobre doce planchas de bronce pasaron a llamarse las Doce Tablas; estos grabados fueron la gloriosa base de lo que en nuestros tiempos se conoce como Derecho Romano. Como puedes apreciar, el paso del tiempo trajo beneficios extraordinarios. Un pueblo con leyes escritas es algo más que un pueblo, y como aquellas estaban sabiamente redactadas y elegidas, no era difícil amoldarse a ellas e incluso conocerlas al detalle. No eran ni muchas ni pocas, que tan perjudicial es un extremo como el otro. Si pocas porque el fraude y la trampa siempre irán por delante y encontrarán un hueco por el que huir, y si muchas, porque costará encontrar aquella que necesitamos para resolver nuestro pleito, y aun encontrándola, seguro que aparece otra que dice justo lo contrario. Las leyes han de ser pocas y bien elegidas; sin temor a equivocarme añadiré que nunca desde la publicación de las Doce Tablas se ha legislado tan bien. »Pero no quedó aquí la cosa, sino que los sabios regidores que los tiempos pasados vieron gobernar fueron capaces de adaptarse a los cambios y de arbitrar medidas que permitieran la convivencia, el bienestar y el ensanchamiento de los dominios. Roma fue el primer Estado, y como tal, disponía de su prefecto, de los jueces necesarios para impartir justicia, del recaudador de impuestos y, como un sol que lo ilumina todo, de la Ley; esa Ley que abolía los privilegios y que enrasaba las cabezas. »Los plebeyos cejaron en su hostilidad y durante generaciones se emplearon en el ejército. Era una forma de vida. Arrastraban sus cuerpos de aquí para allá, sufrían las inclemencias de las estaciones, se alimentaban de forma frugal a base de legumbres, padecían enfermedades y morían sin que a nadie le importase, pero como contrapartida, el Estado aumentaba los dominios y llenaba sus arcas. El ejército carecía por completo de escrúpulos, si alguien flaqueaba, se le azotaba hasta que cambiase de parecer. No paraba nunca, no retrocedía, no se amilanaba. Mataban o morían, eso daba igual, lo importante era que al final de la batalla Roma hubiese ensanchado sus fronteras un palmo. Luego, ese nuevo terreno, esas tierras gloriosamente conquistadas, eran declaradas territorio agro público, y el Estado, ávido de ingresos, se lo vendía al mejor postor. —Seguid, seguid, no os paréis ahora —apremió Pietro—. ¿Hasta dónde llegaron? —No, espera. Lo que he tratado de explicarte hasta ahora de manera breve ha sido solo el modo en el que todo se gestó. Las fronteras, los dominios, carecen hasta ahora de importancia, pues son nada en comparación con lo que llegaron a ser. Pero, bueno, dejemos eso para otro día, y no porque no pueda yo seguir contándote cosas, sino porque de hacerlo los enjuagues que se asentarían en tu cabeza te impedirían juntar este relato con los que han de venir. Con estas palabras dio Giovanni por finalizada la jornada; se despidió y tomó el camino de su casa tan pronto como se hubo despedido de la señora y de don Giorgio, que por puro capricho había decidido regresar a casa un rato antes. Pietro, por el contrario, no se movió de la silla en la que había estado sentado durante toda la tarde, y sin que pudiera evitarlo, un aluvión de ensoñaciones invadió su cabeza y lo dejó ausente. Pensaba en la sabiduría de sus antepasados, se le hinchaba el pecho de orgullo imaginando a esos soldados plebeyos pasando a cuchillo a todo hombre que opusiera resistencia a su avance. Oía en su cabeza trompetas victoriosas, imaginaba a los generales romanos ofreciendo clemencia a sus aterrorizadas víctimas, y su sentimiento de grandeza llegó a ser tal que durante unos segundos se mostró indignado con el mundo por no haber sabido agradecer aquellos incontestables triunfos. «República, Ejército, Estado… República, Ejército, Estado…», repetía una y otra vez como si quisiera grabarlo para siempre en algún lugar recóndito de su cerebro. «Conquistas, poder, grandeza. Conquistas, poder, grandeza…», siguió relatando después para sí con el mismo objetivo, llegando a obsesionare tanto por estos términos que cuando fueron a llamarlo para cenar sus ojos apuntaban al techo, y su distracción era tanta que tuvieron que tocarle hasta tres veces para que descendiera de su idílico mundo. Cenó deprisa, tan deprisa que no pudo evitar un airado reproche por sus formas vulgares y desacostumbradas, aunque él, sumido de nuevo en sus pensamientos, ignoró la retahíla de su padre y, con cierta impaciencia, esperó a que se levantasen los manteles para salir corriendo hacia su cuarto. Buscó un libro que le había regalado su abuelo solo un par de días atrás y que versaba sobre la historia de Roma pero, cegado como estaba por su delirio bélico y de poder, no pudo sino tumbarse sobre la cama y sumirse de nuevo en su ensimismamiento. Giovanni se dio cuenta al día siguiente del anormal estado de agitación de Pietro, pero evitó hacer comentario alguno que pudiera desviar la atención de ambos hacia otros asuntos. El joven se aplicó con esmero para resolver los últimos problemas de trigonometría, y luego prestó irregular atención a las explicaciones que sobre la historia natural de Plinio le ofreció el maestro. Se mantuvo en todo momento suficientemente alerta como para no tener que ser reprendido, pero se notaba que su mente se evadía y que a ratos pensaba también en otros asuntos. Curiosamente, ni aquel día ni los venideros requirió Pietro noticia alguna sobre el antiguo imperio, sino que cuando finalizaban las clases se despedía cordialmente y se retiraba a leer. Luego, por la noche, se sentaba cerca de su abuelo y le contaba con bastante soltura decenas de cosillas y detalles que, provenientes del libro que él le había regalado, les distraían del tedio de la oscuridad. Pietro disfrutaba mucho esos momentos porque contar con un oyente era como propagar sus pensamientos. Su abuelo sonreía orgulloso y alentaba su afición. Preguntaba sin parar; si algo no entendía se reiteraba en la duda hasta que, explicado el asunto al derecho o al revés, encontraba acomodo en su cabeza. Se buscaban y se disfrutaban. Intercambiaban palabras y en ocasiones monólogos; aunque el abuelo contaba muchos años, poseía también una enorme cultura adquirida tras muchos años de impenitente lectura. —Últimamente te veo ausente —le espetó un día Giovanni a su pupilo—, no tanto como para decir que no cumples, pero sí lo bastante como para que me llame la atención. ¿Te ocurre algo? Tu madre me ha preguntado un par de veces y no sé qué decirle. Se queja de que cada vez le prestas menos atención, y también de que sales poco de casa. Yo procuro tranquilizarla diciéndole que todo va bien, que lo que te ocurre es propio de la edad, pero creo que ella no está de acuerdo. No la culpo, ni siquiera yo lo creo. Has de distraerte con cosas que te gusten, abrir la mente y el cuerpo; disfrutar de la vida, en definitiva. —Pues eso es justo lo que hago. Me gusta leer, me entusiasma Roma. No puedo sustraerme a su influjo ni dejar de pensar en ello. Además, ya he visto que sois un gran erudito y estoy dispuesto a aprovechar esa condición vuestra. Ahora, sin ir más lejos, estoy completamente sumido en el estudio de las Guerras Púnicas. Me entusiasman; me fascina el simple pensamiento de que Roma consiguiera el control de Sicilia, Cerdeña y Córcega. ¡Qué r**a de guerreros! —¿Y dices que estás estudiando las guerras contra Cartago? Lo que tú haces es escoger de entre toda la historia aquellas cosas que te interesan o se amoldan a tu idea perfecta de Roma. Tienes razón al decir que se ganaron las islas, aunque reparas poco en el precio. Durante los cuarenta y tres años que duraron las tres guerras perecieron más de trescientos mil hombres, la mayoría jóvenes. Cuando ellos desaparecieron de la costra de la tierra sus ciudades y pueblos quedaron condenados a morir también, pero estos no por heridas sangrientas, sino por agónica asfixia. Algunos generales, en tono burlón, consolaban a los cartagineses que lograron sobrevivir diciéndoles que cultivasen los campos de batalla, que la sangre y la podredumbre humana eran buen abono, y que las cosechas serían fabulosas durante muchos años. Roma acabó con la población, pero también con los bienes y riquezas de Cartago, ya que fueron expoliados en beneficio del Tesoro y grabados con tributos que dificultaron su resurgimiento. —Yo no juzgo esos acontecimientos como perjudiciales y mucho menos los paso por alto. Lo que ocurre es que mi modo de verlo es diferente. Yo creo que las Guerras Púnicas constituyeron el necesario aprendizaje para el ensanchamiento de las fronteras. A partir de ellas Roma adoptó la guerra como forma de vida, considerando lícito el expolio del vencido y su s**********o económico. Mantener un ejército, un buen ejército, es industria de mucho gasto. —No sé qué decir. Parece que muestras poca sensibilidad hacia el sufrimiento. —¡Así es la vida! —soltó Pietro sin pensarlo. —Creo que los lujos que disfrutas te alejan de la realidad. En fin, sigamos con nuestras lecciones de hoy. Ya nos hemos distraído demasiado. —Esto último no cambiará nada, ¿verdad? Prometisteis contarme cosas de Roma si me esforzaba. —No —respondió Giovanni un poco desilusionado—, yo soy hombre de palabra. Mientras mi empleo no peligre por tu actitud, yo pagaré mi parte con honrosa puntualidad. —¡Estupendo! —añadió el pupilo, y tras echar mano al libro de Séneca que les mantenía ocupados, tomó asiento con la espalda muy erguida y comenzó a leer sin que fuera necesaria indicación alguna.
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