I. ULACA-4

2009 Palabras
—Lo que me ofrecéis es lo mismo que tenía antes —dijo Pietro con el aire de suficiencia que gastan los jóvenes—. Si antes había perdido el interés por la geometría, ¿por qué creéis que habría de recuperarlo ahora? Considero que ya sé cuanto me hará falta en el futuro. Es evidente que habiendo cosas de más enjundia no voy a perder tiempo entre letras, números y filósofos que poco me importan. —Hablas con la ignorancia propia de tu juventud. Piensas que los hombres de edad somos unos necios que no sabemos nada de la vida, y por el contrario supones que los jóvenes estáis en posesión de la verdad y que seréis capaces de crear un mundo diferente. El tiempo te hará ver lo equivocado que estás y te demostrará también que la verdad absoluta no existe, pero entretanto yo te ofrezco la posibilidad de convivir y, al mismo tiempo, de fomentar tus aficiones. Soy generoso, lo único que te pido es que muestres un interés razonable en lo tocante a las materias que son de obligado aprendizaje. —Os invito a que me deis un anticipo —espetó Pietro orgulloso—. Yo también sé ser generoso, si me convencéis seguiré el camino que marquéis. Dadme una muestra y me pondré a vuestros pies. No soy tan arrogante como imagináis. Giovanni permaneció en silencio unos segundos. Pensaba deprisa y no sabía muy bien cómo valorar ese arranque de presunción. No estaba acostumbrado a tener que demostrar nada a un pupilo, es más, debatía a toda velocidad sobre la conveniencia de hacerlo, pero al final, queriendo tender una mano amistosa al chico, decidió darle un pequeño avance de sus conocimientos. —Escúchame bien, Pietro —adelantó Giovanni—, no sé si hago bien o mal atendiendo a tus peticiones, pero ya que he sido yo quien ha propuesto el entendimiento mutuo me veo obligado a no decepcionarte, anticipándote que mi regalo no será gratis sino que te comprometerá; habrás de cumplir como un hombre. Empecemos, pues, por el principio, por el origen de Roma. —Eso no es nuevo para mí, ya lo conozco —intervino Pietro interrumpiendo al maestro. —¿Qué no es nuevo? ¿Qué sabes exactamente? —Todo, lo sé todo. Desde Eneas a Rómulo y Remo. —¡Ah! ¿Y por eso dices saberlo todo? La mitología, mi buen pupilo, es un arma esencial cuando se trata de asentar ideas en un pueblo. Es una forma fabulosa de dar cuerpo a las personas y de contar los hechos, pero lo cierto es que Marte o Venus tuvieron muy poco que ver con la fundación de Roma. La mitología es solo eso, mitología. Se narran hechos que tal vez nunca sucedieron, o que si tuvieron lugar no fue en modo alguno como los cuentan, pero su capacidad didáctica es tremenda, porque a través de la épica, de las hazañas gloriosas y de los sentimientos, son capaces de llegar al mismo corazón de los hombres. Introducir una idea nueva en la cabeza de alguien puede ser más o menos difícil, pero cambiar una que te han inculcado desde niño y que todas las generaciones anteriores daban por cierta es casi imposible. »En cualquier caso, te tengo que decir que estás equivocado con respecto a Roma. Rómulo y Remo no son sino instrumentos de la mitología. Si lo piensas bien, es una estrategia magnífica, es muy fácil hacer entender a la gente menos ilustrada que una ciudad ha sido creada por una persona, eso lo puede comprender cualquiera por muy mermado de razón que esté; lo verdaderamente complicado es contar la verdad y que esta sea creída. Imagínate lo que pensaría la gente si se les dijese que los primeros pobladores de la ciudad fueron latinos, sabinos y etruscos. ¿Crees que alguien lo comprendería? Hay veces en que la verdad no interesa. Menos si esta es difícil de comprender. Necesitamos verdades sencillas, y Rómulo es asimilable a una de ellas. »Luego pasó el tiempo —continuó diciendo Giovanni ante la mirada desconcertada de Pietro—, quizá mucho tiempo; esos antiguos pobladores que debieron de vivir de forma muy simple buscaron una organización que les facilitase bienestar temporal y consuelo para su vida futura, y así se establecieron en torno a la figura de un rey que actuaba también como sacerdote. ¡Imagínate el poder que una sola persona atesoraba! Un hombre dios o un dios hombre, que para el caso es lo mismo. Unos seres superiores que fueron capaces de hacer prosperar a su sociedad y que la llevaron a través del tiempo a lomos de la opulencia y de la plenitud. La ciudad creció auspiciada por el buen gobierno y por la riqueza de una tierra que daba generosas cosechas. Refieren los sabios que hacia el siglo V antes del nacimiento del redentor, Roma era una ciudad de proporciones descomunales cuya población era superior a los cien mil habitantes. Imagínate las calles y plazas. ¡Qué grandeza! ¡Qué esplendor! Vida, mucha vida. El próspero comercio hacía que el tránsito de personas fuese incesante y que los mentideros estuviesen siempre a rebosar de gente ociosa y pícara que vivía de la trampa y de la oportunidad. La prosperidad de la ciudad atraía cada vez a más campesinos de los alrededores, así como a pobladores de otras tierras que, sabedores de las oportunidades que les podrían esperar, dejaban sus chozas en los lejanos parajes que los vieron nacer y se aventuraban a emprender una nueva vida. La opulencia y el bienestar presidían la vida cotidiana, pero también la miseria y las penalidades. El exagerado tamaño de la ciudad provocaba continuas epidemias que azotaban por igual a los acomodados y a los miserables, y el agua estaba a menudo tan corrompida que era veneno. —¡Asombroso! —balbuceó Pietro—, ¡magnífico relato! Lástima que a mí me resulte más creíble la otra versión. —La otra versión, como tú la llamas, no da explicación a cómo se desarrolló la sociedad y a qué es lo que ha ocurrido durante todos estos siglos. Piensa, solo piensa, ¿de qué manera podrían haber levantado dos hermanos una muralla y cómo podrían defenderla? No tiene sentido, es un cuento que no soporta la embestida de la crítica. Por el contrario, si nos adentramos un poco más en la historia verdadera comprenderás lo lejos que está la mitología de dar una respuesta coherente a la industria que nos ocupa. Te contaba que Tarquino Prisco saneó la ciudad de manera notable, pero también fue un hombre ambicioso y sediento de poder que utilizó a la plebe para mantenerse en el poder. Ves, la condición humana siempre ha sido igual. Los reyes actuales buscan el aval de los menos favorecidos para mantenerse en el trono; les dicen lo que quieren oír y a cambio obtienen su apoyo incondicional. A menudo les mienten, pero eso da igual, ¿qué importancia tiene una pequeña traición?… Pero, bueno, como no conviene que perdamos el hilo de la narración, si me lo permites seguiré avanzando un poco más en el tiempo. No te daré demasiados detalles de algo que nos podría llevar semanas estudiar en profundidad, pero para que te hagas una idea de lo que sucedió después, te diré que la República, la gloriosa República que tan rico legado ha dejado al mundo, nació hacia el año quinientos antes de Cristo, cuando, finalizada la guerra contra Etruria, los resentidos romanos decidieron que nunca más se verían dominados por ellos, y que para evitarlo sería conveniente establecer un sistema de poder sólido alejado de los convencionalismos que acababan por someter al pueblo. Habría que diseñar un nuevo modelo, y lo que se les ocurrió fue elegir todos los años a un cónsul que a su vez estuviese sometido al criterio de un consejo de ancianos. En teoría era un sistema magnífico, ideal diría yo. Un procedimiento limpio en el que la ciudadanía podía confiar, pues, al menos en un primer momento, no se dejaron corromper. ¿Ves ya cual fue el primer pilar de la antigua grandeza? —Sí, claro, la República. Lo que no acierto a ver es si hubo alguno más. —Lo hubo, lo hubo; como casi todas las cosas que marcan el devenir de los tiempos, partió de una idea nueva. Si se quería crecer, y es evidente que un territorio cualquiera para vivir necesita anexionarse los territorios colindantes, habría que disponer de un buen ejército. Pero no un ejército que se limitase a defender de mala gana las fronteras, sino uno que estuviese dispuesto a rebasar las propias y adentrarse en tierras hostiles; si se pretendía todo esto, habría que pagar a los soldados por lo que era su ocupación. La vida es un bien muy preciado, solo el dinero puede hacer que nos la juguemos como si no tuviera valor. Fue así como Marco Funio instauró el estipendio; a partir de ese momento los dominios de Roma se multiplicaron por cuatro, por cinco, o quién sabe si por diez. Así pues, con lo que te he dicho ya puedes dar por aprendidas las bases del Gran Imperio: república y estipendio. No te digo que te olvides de la mitología, brillante y entretenida, pero no la tomes como realidad ni como historia sucedida, porque no lo es. Pietro quedó mudo después de este primer relato, y sin ser capaz de sacar sonido alguno de su garganta pensaba en los enormes conocimientos de su nuevo maestro. Le acababa de ofrecer una nueva visión del mundo, o mejor, le había iniciado en la verdad. Rómulo y Remo representaban el comienzo literario, pero solo eran dos nombres; en cambio la república, la magnífica república alumbrada por los romanos, había pasado de generación en generación mejorando la organización social y sin que nadie la denostara ni la calificase como invento inútil. Definitivamente, Giovanni no parecía uno de esos advenedizos que hablan sin saber, sino que sus palabras estaban fundamentadas en el conocimiento y el estudio. Parecía un hombre práctico y con gran capacidad de análisis y, a primera vista, reunía todos los requisitos necesarios para cumplir con su tarea. Apretó los dientes y tragó saliva. Le molestaba dar su brazo a torcer, porque a ciertas edades el verse superado por el saber ajeno es una afrenta de difícil asimilación, pero al final, una ligera mueca de asentimiento selló entre ellos la paz cordial que necesitaban para beneficiarse mutuamente. Giovanni comenzó sus clases al día siguiente, justo después de haber almorzado con doña Julia para intercambiar impresiones sobre lo que sería la futura instrucción del joven. El maestro se mostró optimista y correcto, y la madre insistió con energía para que no se dejasen de lado las cuestiones de principal importancia en perjuicio de otras de menor calidad. Con este aviso comenzó Giovanni sus lecciones abordando con entrega el teorema de Pitágoras, agobiando a Pietro con no menos de una docena de ejemplos que lo mantuvieron entretenido casi todo el día. No protestó. Ni siquiera hizo un mal gesto. Solo pintaba triángulos sobre una pizarra y desarrollaba los problemas con metódica disciplina hasta tenerlos completamente resueltos. Entonces, y solo entonces, levantaba la cabeza y buscaba los ojos de su maestro quien, sorprendido por la agilidad mental de su alumno, asentía satisfecho y prometía que el siguiente ejercicio no sería tan sencillo. Pietro estaba cumpliendo su parte del trato y se empleaba a fondo. Asistía a las clases de buena gana, y después, en sus ratos libres, leía y releía relatos que tenían mucho más que ver con el pasado que con el presente. República, esa palabra le había calado hasta los huesos. Sin tener grandes conocimientos sobre cuestiones políticas adivinaba que tras ella se escondía un mundo idílico de igualdad y progreso. —Llevamos semanas estudiando sin que hayamos tenido un solo momento de respiro —protestó Pietro sin que su tono rebasase en ningún momento lo estrictamente decoroso—, yo estoy cumpliendo, bien lo sabéis, pero nuestro pequeño pacto incluía también algunas lecciones sobre Roma. —¡Oh! ¿No me digas que te sientes molesto por ello? Estoy bien avisado por tu madre de las cosas que debo y no debo hacer. No pienses que me he olvidado de nada, es simplemente que hasta ahora no me ha parecido conveniente enviar una señal equivocada a la señora. Pero, dime, dime —agregó ahora en voz baja Giovanni—, ¿dónde nos quedamos? ¿Qué quieres saber? —Habladme sobre la república. Sobre la grandeza de la república, sobre la enormidad de la república.
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