VLADISLAU Me paso las manos por el cabello por enésima vez, como si el movimiento pudiera arrancarme de encima esta ansiedad corrosiva y la impotencia de estar atrapado en esta maldita sala de espera, condenado a no hacer nada. El aire huele a antiséptico y metal, una mezcla que me araña la garganta y me recuerda que aquí se decide la línea entre la vida y la muerte. Hace varias horas llegamos a una clínica especializada que pertenece a Agust Darrend. Llamada "el panal". De todas las clínicas que llevan su nombre, esta es distinta. Los pasillos, interminables y blancos, parecen túneles asépticos donde las luces incandescentes caen como cuchillas frías sobre el suelo pulido. No hay pacientes. Solo cubículos donde figuras enfundadas en batas manipulan instrumental médico o revisan pantalla

