VLADISLAU Me observé por última vez en el espejo, ajustando el broche de oro antiguo que sujetaba la capa a mi hombro izquierdo. El reflejo me devolvió la imagen de un desconocido, elegante y letal, cubierto por un blanco impoluto que contrastaba con la sangre que corría por mis venas. Una silueta envuelta en blanco, como si me hubiera bañado en la pureza solo para ensuciarla con sangre. Mi cabello, rubio como la miel dorada, caía con rebeldía sobre mi frente, perfectamente desordenado, como si no hubiera tardado una hora en lograr que se viera así. Mis ojos verdes brillaban bajo la luz tenue del tocador, como esmeraldas entre llamas, más filosos que nunca. La piel bronceada por el sol de otras tierras contrastaba con el marfil del traje que me envolvía como una segunda piel. La camisa

