VLADISLAU Nunca he sido amante de las multitudes. Las luces, los rostros artificiales, las risas fingidas... todo me resulta excesivo, ruidoso, prescindible. Y sin embargo, esta noche, con su mano en la mía, todo ese ruido se silencia. Ella camina a mi lado como si siempre hubiera pertenecido aquí, aunque sé que no lo siente así. Artemisa no pertenece a ningún lugar... y, sin embargo, hace que todos los lugares le pertenezcan. La música ambiental se desvanece. —Baila conmigo —le digo con voz baja, cerca del oído. No lo pido. Lo decreto, pero dejo que decida si se rinde o me desafía. Ella me mira. Esa mirada felina, entre desconfiada y tentadora, como si en cualquier momento pudiera desaparecer. Pero esta vez no huye. Esta vez asiente con un leve gesto, y mi mano se acomoda en la curva

