EVANGELINA Mi cuerpo choca contra la pared del elevador. El golpe es seco, cargado de lujuria. Me aferro a los hombros de Agust con desesperación y con mis piernas lo atraigo más, como si pudiera fundirme con él. Sus embestidas se aceleran, me atraviesan sin piedad, arrancándome todo pensamiento lógico. Siento su polla entrando y saliendo de mi canal, húmeda, voraz, desatada. —¿Esto es lo que deseabas, estrella? —gruñe en mi oído, su voz áspera, cavernosa, rasgándome por dentro. Mechones de su cabello n***o, húmedos por el calor de su cuerpo, se le pegan a la frente. Sus manos me sostienen con una fuerza brutal, marcándome la piel. Me sube y baja por su v***a como si fuera una muñeca sucia, suya, usada. —Responde. Maldita ninfómana de mierda. ¿Cómo mierda quiere que le responda cuando

