SAMUEL. Verla hablar sobre mí, sobre lo que hago, con esa fascinación disfrazada de indiferencia, con ese deseo que traiciona su piel, me enciende por dentro de una forma que detesto. El pedazo de tela no significa nada, es un maldito detalle irrelevante, pero, por supuesto, tenía que ser ella quien lo descubriera. Es inteligente… demasiado. Pero también astuta, como un depredador que sabe exactamente cuándo lanzar el ataque. La seguí todo el tiempo, observándola con ese detective gilipollas de la última vez. No sé qué me parece más patético: que él realmente crea que tiene una oportunidad o que ella le siga el juego con esa maldita sonrisa, con esa lujuria descarada que solo debería estar reservada para mí. Una maldita grieta. Una que no fui capaz de cerrar ni alejandola de mi. Me jode

