Eso era lo que ella sentía. Dolor. Un dolor que no quería ver y al que no podía decir adiós. Mike no la dejaba. ¿O quizá no se dejaba ella misma? Bailó. Se subió a la cama como una chiquilla y bailó descontrolada hasta que, cansada, abrió su petate, sacó ropa interior limpia y se la puso. Después miró la bolsita de maría que un amigo le había facilitado y, sin dudarlo, se lió un cigarrillo. Con los ojos velados por los recuerdos, se lo fumó. Sabía que no estaba bien que fumara aquello, pero en ese momento le daba igual. Estaba sola. En ese instante era dueña de su vida y hacía lo que quería. Tras ese cigarrillo llegó otro y después otro y cuando miró el reloj no se sorprendió al ver que eran las 20.21. El comandante no tardaría en llegar y así fue. Escasos minutos después, la pu

