Capítulo 13

1301 Palabras
Live the crazy life Otra noche de sexo sin sentir nada más que la satisfacción de eliminar ese líquido blanquecino que producía el orgasmo. Me saco el condón y lo anudo, para guardarlo en el bolsillo de mi chaqueta. Iugh, sí, iugh, pero era justo y necesario, ya sabía por mi hermano que más de alguna loca había corrido donde mi padre a decirle que era el futuro abuelo se su engendro. ¡Ja!, era un maldito adicto al sexo, pero no tonto queridas, no me dejaría embaucar nunca más por ninguna mujer. —Levántate, es hora de que dejes la habitación. —Pero cariño, si la noche recién comienza, me dice la rubia que está desnuda intentando provocarme con sus manos en su coño. —No tengo tiempo para tus estupideces o sales o te saco, elige. —Desgraciado, eres un asqueroso hijo de puta, ojalá y ese p**o no se te vuelva a parar nunca más. —Sí, sí y que se me caiga porque me contagiaste la lepra o mejor que me condene al infierno de los maricas, ya esa historia es vieja, cuéntasela a otro que te quiera escuchar. Me dirigí rumbo al baño y desde la puerta le grito—¡Espero que para cuando salga ya no estés! Una almohada voló en mi dirección y la alcancé a esquivar entrando al baño y metiéndome a la ducha. Estos últimos años me he dedicado a vivir la vida loca, disfrutando de los placeres que el mundo me ofrecía. Sexo desenfrenado con mujeres hermosas, alcohol a destajo y ese vacío que no se llenaba con nada. Era un asco de ser humano y me encantaba, este tiempo había hecho todo lo que quería y no me importaba que eso le molestara a mi familia. Mi padre no me hablaba y mi hermano, bueno mi hermano siempre intentaba mediar entre los dos. Había dejado mis estudios y cualquier situación que me hiciera toparme con esos dos que creía que eran mis amigos, por mi hermano supe que Mateo se había ido a España a terminar una maestría y que la tal Chloe se había quedado sola con un par de gemelos. Menuda forma de terminar de esos dos, aunque bien se lo tenían merecido, aunque los pequeños no. Pero así era Mateo, huía de las responsabilidades como el verdadero infeliz que era. Abrí el grifo de la ducha y esperé que el agua estuviera temperada, ni cagando me bañaba con agua fría, eso no era lo mío. Entre cuando el agua estaba lista y escuché el portazo de la puerta cuando otra loca más salía de mi vida. Salí de la ducha y comencé a secar mi cuerpo, estaba un poco más rellenito, o sea la buena vida y la poca vergüenza era mi lema. —Esto es vida— me vestí tranquilamente y salí de aquél lugar —Otro día más que pasaba y continuaba igual, disfrutando de los placeres de la vida y la enorme chequera que me correspondía por ser uno de los herederos del famoso arquitecto James O’Connor ¡Me encanta! Llegué a mi pequeño departamento en Mánchester y me lancé con todo y condón en mi sofá a ver una de mis series favoritas. Amaba las series de investigación policial, pero mi nueva serie favorita era Criminal Minds, me sentía tan identificado con el personaje de Chase que hasta me había hecho un corte de cabello similar. Diablos, era un verdadero idiota. Me dormí viendo el capítulo y al despertar ya eran las seis de la tarde del otro día. —Menuda siestesita que te diste, Chris. Me reí de mi mismo y me volví a dormir por un ratito más. Luego de mi siesta interminable me duché y salí a mi noche de cacería… —Tráigame una copa más de ese exquisito brandy—le grité al bartender que estaba limpiando unas copas en la otra esquina. Cuando una bellísima castaña se sentó a mi lado. —Una copa de champagne, por favor— le guiña un ojo la muy descarada y el idiota le sirve de inmediato y a mí me deja esperando. —¡Oye, te he pedido una copa de brandy, idiota!—el imbécil cambia la cara y de inmediato busca la botella y me sirve. —Esta será la última, señor O’Connor, ya es suficiente. —Yo sabré cuando sea suficiente, tú cumple con tu trabajo. —¿Mal día?— me pregunta la castaña y yo solo asiento, sus ojos me recordaban a alguien, pero con tanto alcohol en la sangre ya ni siquiera sabía de quién se trataba. —Veo que te has quedado pegado en tus pensamientos. —Perdón ¿Qué me decías? —Te preguntaba si había sido un mal día, pero veo que así debe ser, no son ni las diez de la noche y por lo que veo ya te has acabado una botella y vas por la segunda. —Eres muy observadora—hice el ademán para que me dijera su nombre y ella me sonrió. —Mi nombre no viene al caso, no estoy aquí para hacer amistades. —Bueno señorita, desconocida, salud pir usted y por no querer hacer amigos, la felicito porque no valen la pena. Seguí bebiendo, como cada noche y cuando el alcohol ya salía por mis poros me decidí por irme a casa. Al parecer hoy no habría un cuerpo al que follar. —Nada que hacer, O’Connor, al parecer la bruja te hechizó de verdad. Pagué la cuenta y me despedí del bartender, pidiéndole que guardara el resto de mi botella para mañana. Me levanté a penas y comencé a salir de ese lugar. Al encontrarme con el frío de la calle una necesidad de llorar me inmovilizó, odiaba esta soledad y en definitiva todo lo que estaba a mi alrededor. Al fin y al cabo, nada de lo que hacía me satisfacía, era una mierda. Saqué las llaves de mi coche y traté de abrir la puerta, frustrado de todo, incluso de este simple acto. —¡Maldición!— gruñí al ver como las malditas llaves caían al suelo. —¿Estás bien?— esa voz de nuevo que me hacía recordar a alguien, pero ya no sabía a quién. Me di la vuelta y tambaleé casi cayendo de bruces, pero ella me alcanzó —. Te tengo, creo que mejor te pido un taxi, no estás en condiciones de manejar. —Suéltame, no eres nadie para decidir si estoy bien o estoy mal. —Lo lindo se pierde con lo bruto que es, ay mamá ardilla ¿Qué viste en él?— farfulló molesta y de la nada me dio una bofetada—. Entonces, reacciona imbécil, tienes todo en la vida para ser una persona de bien y lo único que haces es autodestruirte, que lástima me das. Anda, ve y súbete a tu maldito auto y de paso cae por un barranco, le harías un bien a la humanidad. Las palabras de la castaña me dejaron descolocado, incluso más que la bofetada que me dio. Me toqué la cara encajando la mandíbula y apoyándome en mi auto, creo que la borrachera se me pasó con ese simple acto. Decidí responderle y abrí mis ojos, que ni cuenta me había dado que los tenía así, pero ella ya no estaba. —¿Qué mierda fue eso? ¿sería un fantasma?—Negué con mi cabeza y le hice caso a esa alma que me había puesto los pies sobre la tierra, algo debía hacer con mi vida, algo que partía por terminar todo aquello que tenía inconcluso. ------------------------------ Copyright © 2024 P. H. Muñoz y Valarch Publishing Todos los derechos reservados. Obra protegida por Safe Creative bajo el número 2411069042692
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