Capítulo 36

1364 Palabras
¿Quién se cree? —“Isi qui pidis dijir tis cilis di lidi” idiota, hijo de la gran v***a ¡Ah, no sabes cuánto te odio! — mierda, se me soltó la puerta y terminó azotándose tras de mí, pero es que este maldito gandul me pone de malas con su sola presencia— ¿Quién te crees Christian O’Connor? ¿Celosa yo? ¡En tus sueños, galán de pacotilla! —¿Con quién discutes, cariño? —¡Ave, María purísima, Alma! Un día de estos me vas a matar de un infarto si te sigue apareciendo así sin previo aviso— le grito, tocándome el pecho por el tremendo susto que me ha dado. —Pues gracias, por lo que me queda a mí— me saluda mi amiguita bella dándome dos besotes sonoros. —Dana, perdón. No te vi. —Es broma ¿no? — me inquiere entre molesta y divertida y a mí aún me late el corazón como si fuera un tren desbocado, después del susto que me provocaron estas dos al llegar e interrumpir mi diatriba. —Pues ahora que ya no te moriste, nos puedes explicar ¿Qué mierda te pasa? Amiga, estás verde, pareciera que te hicieron un mal de ojo. —Nada— ambas me miran enarcando sus cejas y con los brazos cruzados—. Está bien, no les puedo mentir, lo que pasa es que estaba discutiendo con el idiota de. —Señorita Arismendi— el tono bajo de su voz quiere decir que me escuchó fuerte y claro, reviro los ojos, mientras mis amigas se ríen para ellas solitas y les hago muecas para que se callen. —Y la puta que lo parió —mascullo entre dientes para voltearme y verlo con esa expresión de cinismo y pendejería que siempre se carga y que me hace sacar lo peor de mi. El gandul ese está apoyado del marco de la puerta, con los brazos cruzados esperando a que le ¿responda? ¿Qué cosa? Pues no tengo la más reprostituta idea y nos quedamos en un duelo de miradas que como obviamente entenderán le he ganado, pues mira hacia otro lado y frunce la bocota que se gasta. Así que vuelvo a mi tono profesional y diligente que aprendí de mis años de bagaje junto a mis amigos en España. «A cínico, cínica y media» —¿Necesita algo más de mí, señor O’Connor? — ¿Qué mierda dije? ¿Cómo mierda lo dije? Pues los comentarios de esas dos y la cara roja como su cabello me dejan más que claro que las había cagado con mi preguntita, pero no alcanzo a decir nada cuando esas dos que considero mis amigas terminan de dejar la cagada en medio del pasillo en el que estamos. —Una limpieza bucal con lechita recién ordeñada—se ríe Alma mientras le cuchichea a Dana. —O mejor, una limpieza de las cañerías, ya ves el poco uso del destapa caños—mira a O’Connor directamente a esa parte noble y a mi me va a dar— a veces hace que se forme sarro y otras impurezas. —Creo que hablaré con mi miele, siento que me falta eso de destapar… en casa, digo. ¡Las mato! —¿Y ustedes que hacen aquí, preciosuras? —eso, O’Connor, sácanos de este entuerto. —¿Se te olvide que trabajamos en el piso de abajo? — lo inquiere Alma y el muy estúpido asiente sopesando la situación. —¿Y que mi maridito trabaja aquí? —dice Dana como para complementar nuestra vergüenza. —Tienen razón, pero necesito que la señorita Arismendi termine su trabajo y ustedes la están interrumpiendo. —¡Oh, perdón su majestad! No queríamos molestar a su sirvienta, en este momento de desazón al no estar su hermano en esta ciudad— Sí, es Alma la que habla, en su pose de actriz profesional dueña de una palma de oro y nominada al Oscar, sí la misma que ahora quiero desaparecer para que no siga con los comentarios insidiosos, pero ella como si nada sigue con su afán —. Aprovechando el comentario laboral ¿Cuándo nos devolverán a nuestra amiga? Digo, ya están ad portas de inaugurar su nueva sede y me imagino que están buscando personal para cubrir los puestos. ¡Dios! Alma tiene el repertorio de hincha bolas profesional y más. Veo la cara de estupor del gandul y la sonrisa maléfica de mi amiga, esta es una lucha de poderes y ya saben quién va a ganar, por eso es mejor que intervenga. —Tranquila mi estrellita del firmamento, ya pronto estaré con ustedes, recuerden que les dije lo que acordé con el señor James y una vez que todo esté listo, seré toda suya. —Aww, te amito, mi Ro. ¿Almorzamos juntas? —Me parece. —¿Podría acompañarlas?— ¿Qué? ¡No! Quiero conversar y comer tranquila con las chicas y la palabra tranquila unida con este idiota presente son como el aceite y el vinagre, no creo que pueda hacer o decir nada. —Por mí, no hay problema — ¡La mato! ¿Quién dijo que Dana era mi mejor amiga?— ¿a ustedes les molesta? Porque yo no veo problema alguno. ¡Di que no, Alma! ¡Di que no! —Pues, los esperamos a las dos en el vestíbulo— ¡Me cago en dios! Prometo que a estas dos las elimino de inmediato de mi testamento y juro por mi virgencita de la Macarena que contrato a algún sicario para eliminarlas, es que las veo y no lo puedo creer. Ambas se dan la vuelta muy campantes entre risitas cómplices y yo quiero que me trague la tierra y me vomite en China o a lo mejor en Timbuktú. —A propósito ¿Para qué venían? — pregunto entre molesta e intrigada. —Oh, para nada del otro mundo, solo para saludar, pero ya nos vamos— diez… nueve… ocho... Sí, escapen como las viles ratas del TItanic les grito internamente viéndolas tomar su camino a las escalas, porque no se merecen que les hable en mi vida, cuando escucho al gandul ese. —Iré a almorzar con mi viborita, iré a almorzar con mi viborita, ñam, ñam, ñam— ¿y a este que le dio? También se da la vuelta y entra a su oficina cantando como si le hubiesen dado un gran premio y a mí me dejan en medio del pasillo preguntándome en qué diablos me he metido. —¡Dios! Se me quitaron las ganas hasta de comer. —¿Qué hizo ahora mi hijo? —¡Jesús, María y José! Hoy es el día de provocarle un infarto a esta pobre secretaria. —¿Estás bien, Rocío? — este caballero es tan amoroso que no puedo cantarle el rosario que le tengo preparado a mi amiga cada vez que me asusta, por suerte reculé a último momento. —Sí, sí, señor O’Connor, es solo que he recibido varias noticias hoy que me tienen un tanto complicada. —¿Segura que no es por mi hijo? — siempre será por él… —Para nada, estamos trabajando muy a gusto, señor O’Connor, se lo aseguro. Todo va de maravilla. —Eso es bueno—me da una palmadita en el hombro y sigue su camino hasta la otra oficina acondicionada para ellos—. Ah, y Rocío, muchísimas gracias por todo lo que haces por nosotros. Después de verlo entrar en su oficina, me siento casi derrotada en la silla de mi escritorio, no entendía lo que pasaba con mi vida y como el maldito destino me había unido a esta familia tan peculiar y lo peor es que en cierta forma sí me molestaba como era Christian con Vannah, muy en el fondo este personaje estaba entrando en mis pensamientos de una forma insospechada y más de lo que me hubiera gustado. Ay diosito, ayúdame por favor... ------------------------------ Copyright © 2024 P. H. Muñoz y Valarch Publishing Todos los derechos reservados. Obra protegida por Safe Creative bajo el número 2411069042692
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