Capitulo 21

2183 Palabras
Moriarty v/s Irene Adler. Comienza mi semana con mis ejercicios de yoga kundalini, estoy de cabeza haciendo mis respiraciones cuando el idiota de mi hermano entra sin tocar. —Podrías hacer tus cosas con ropa, imbécil—Y ya está reclamando, uff. —Pero si estoy en la paz y tranquilidad de mi habitación — digo, haciendo mi última respiración y bajando con cuidado paraa no cagarme la espalda y el cuello. —Pues que tus bolas estén en esa posición es un tanto incómodo. —Tengo lo mismo que tú, hermano, un poquito más delgada, debo reconocer, pero son buenas copias de papá ¿Y si lo averiguamos? —Ya cállate, imbécil. Recuerda que hoy debemos estar temprano en esa oficina y de paso ver cómo trabaja la chica nueva con nosotros. —Que conste y quede en actas que no voy a claudicar con mi intento de tener a Dani con nosotros, el almuerzo de ayer me dejó varias cosas claras y una de esas es que los Scott son cosa seria. —Lo tengo claro, pero no podemos apresurar las cosas, ya viste lo que nos dijo papá. —Está bien, pero solo será hasta que estemos completamente seguros de que no seremos una molestia para ella. —Así me gusta y ahora ¡Vete a bañar! Que ya me estoy mareando por todo lo que se mueven tus bolas. —Ay, me salió quisquilloso mi hermanito. A propósito y ¿cuándo me contarás de lal pelirroja? —Ya cállate, Holmes de pacotilla —dice indicando mi tablero en la muralla y saliendo de mi habitación. —Por lo menos yo hago algo interesante, idiota. Me meto a la ducha u comienzo a planificar mi día, hoy me reuniría con Aaron para ver unas especificaciones y eso me dio una excelente idea. —Esa españolita durará menos que un candy con nosotros. Río con esa risa macabra que me imagino de Moriarty y me pregunto si a lo mejor cu ado Conan Doyle hizo el personaje habría imaginado las ideas locas que me ha ocasionado en mi cabeza. Después de mi merecida ducha me visto con un traje tres piezas azul marino con finas líneas blancas, camisa blanca y corbata a juego, me veo al espejo y le lanzo un beso a la figura que veo en el espejo. —Genio y figura, hasta la sepultura O’Connor. Salgo y me encuentro con papá y mi hermano que me comentan que estarán en la construcción de nuestro edificio, así que les pido que dejen primero en la oficina. Ese edificio era obra de papá y mi hermano lo asistía, yo era ingeniero en construcción de obras mayores, por lo que no me necesitaban y la reunión por video conferencia con Aaron la tendría en una hora. Me dejaron frente al edificio de Scott y asociados y como todas las mañanas desde que llevo aquí saludo a todo el mundo, dejando más de un suspiro. Sobre todo de la chica de la recepción. No soy tonto y ella le hacía ojitos a todos los trajes de sastre, era la típica busca marido ricachón, de seguro anda con el vestido en la cartera. Una vez dentro de la cajita metálica me reí de mis ocurrencias y al salir en el piso donde estaban nuestras oficinas temporales lo primero que me encuentro es a la castaña de ayer, vestida en un traje n***o de infarto que mostraba cada una de esas curvas que diosito le dio. —Buen día señor O’Connor— me dice en su tono profesional y debo decir que cierta parte de mi cuestionada anatomía se hizo presente. «Calenturiento, recuerda que no viniste a eso» —Señorita Arismendi—respondo en un saludo ahogado y le hago el ademán para que me siga a la oficina. Ella toma su iPad y unos documentos y me sigue muy tranquila. —Señor O’Connor, Bernardita me entregó estos documentos para que los revise— es lo primero que hace, dejándolos en mi escritorio, mientras yo me quito la chaqueta y comienzo a arremangar mi camisa y la escucho tragar grueso, que buena acústica que tienen estas paredes, le preguntaré a Adam quién fue el constructor—. Aún me estoy familiarizando con sus agendas, por lo que me gustaría hacerle algunas preguntas para poder hacer mejor mi trabajo. —Dígame ¿Qué necesita saber? Señorita Arismendi — le indico que se siente frente a mí, mientras comienzo a leer los documentos. —Bueno, lo primero es saber si ustedes tres tienen algún sistema para organizar sus agendas, por lo que he notado, su padre ha trabajado con Bernardita y ustedes dos con Daniela, pero no veo una unificación en sus citas y reuniones. —En el caso de papá y James, ellos manejan su agenda conjunta, la mía la manejo por separado, puesto que yo me dedico a otra área de la construcción. Le recomiendo guardar mi correo y mi número telefónico, así será más fácil acceder a mi información. —Suena razonable — me entrega su teléfono desbloqueado para que anote mi teléfono y al tomarlo nuestras manos se rozan y diablos ya subió mi temperatura en diez grados. La miro de reojo mientras anoto mi número y luego hago sonar mi teléfono. —Coloque usted la forma en que me va a identificar, por mi parte usted será la suplente— digo para molestarla, ya saben quiero a mi primita. —Entendido—dice sin un ápice de enfado y yo la miro curioso—Otra cosa, simple pero no menor, señor O’Connor. —¿Qué sería señorita Arismendi? —¿Cómo le gusta el café? Algo en especial respecto de su alimentación que deba saber ¿Alergias? —Buena pregunta, tome nota. El café me gusta recién molido, el agua debe estar a cien grados, con leche de avena o de soya, sin azúcar ni endulzante y si puede hacer artelatte seré su fan número uno. —Y no quiere que se lo de en la boca, pendejo — masculla entre dientes y de verdad que me está gustando el sonido entre estas cuatro paredes, ¿cómo será darle duro contra el muro? —¿Dijo algo, señorita Arismendi?—pregunto para sacarle mentira de verdad y al mirarla fijamente a los ojos noto un sonrojo. «¿De verdad todas las españolas se parecen o me estoy volviendo loco?» —Nada, señor O’Connor, solo es este iPad que es un tanto lento para escribir. ¿Algo más que desee?— muchas cosas en este momento, pienso, pero no lo digo. —Sí, necesito estás estadísticas para mediodía, ahora se puede retirar pues tengo una reunión pactada con mi colega en Dublín — le entrego el archivo del demonio y abro mi computadora, indicándole que se puede retirar, abro la apl de videoconferencia y espero a que se conecte mi amigo, pero antes que salga la señorita Arismendi vuelvo a hablarle— Ah, y señorita Arismendi me gusta el café con alguna galleta de avena y chispas de chocolate. —Si, claro. Señor O’Connor. Sale dando un suave portazo, lo que me indica que me debe estar odiando más que a su propia vida y pensando en qué mierda se ha metido. ¿Me importa? Ni una mierda, puedo seguir hasta que se me dé la regalada gana. Si realmente quiere trabajar con nosotros se las bancará, sino, mañana mismo tendré a mi primita trabajando junto a mí. Suena mi llamada y me conecto con mi amigo. —Homa idiota ¿Cómo te está tratando la gran manzana? —Hola, amor. También te he extrañado y debo decir que nada mal, me la estoy pasando de maravilla. —¿Y mi amor platónico? —James, bien. Aunque debo contsrte algo importante. —¿Qué cosa?— lo veo acercarse a la pantalla como si quisiera escuchar el chisme y no aguanto y me largo a reír. —Si serás idiota, te lo puedo decir así sin más, estoy solo en mi oficina o ¿será que tú estás engañándome?—justo en ese momento la puerta se abre y una señorita Arismendi se queda helada con mi confesión. —Se… Señor, disculpe no era mi intención molestarle. —Pues deje eso ahí y retírese. —Cariño, ¿no dijiste que estabas solo?—pregunta el idiota de mi amigo y juro que esa mujer quería salir corriendo. —Ya va, cielo—digo aguantándome la risa — si no tiene nada más que hacer retírese y haga lo que le ordené. —Sí, sí, señor. Idiota gilipollas, chupa verga.—dice en su lengua natal y mi cara se expande, cree que no le entiendo ¡Ja! Si supiera. Sigo con mi reunión con Aaron o bueno el resumen de lo que hemos pasado en esta ciudad y los pormenores de la situación de mi prima. —Mierda, Chris. Todo lo que me dices es como uno de tus casos de esas series que ves. —Así es hermano, la cosa es que todavía no me fio de toda esta gente y menos de la asistente que nos han colocado, creo que ella tiene algo que no me gusta para nada, pero no puedo ser tan explícito, debo jugar bien mis cartas. —Crees que es algo así como una espía de los Scott. —No lo sé, pero juro que la conozco de algún lado. En eso unos golpecitos a mi puerta me hacen revirar los ojos y Aaron se ríe. —Adelante. —Señor O’Connor, lo que me pidió— me entrega una carpeta que yo tomo y abro sin mirar y le hablo para que entienda que conmigo no será tan fácil. —Vuélvalos a hacer, están mal. —¿Cómo dijo?— me mira y su rostro está rojo de la ira. —¿Es sorda o se hace? Le dije que los haga de nuevo, están errados. —Sí, señor— me los quita de la mano y sale furiosa de la oficina. —En tres, dos, uno y comenzamos. —Eres un demonio, Christian O’Connor. —Sus gritos son mi mayor placer, solo déjame escuchar. —¡Es un incordio, gilipollas, hijo de la gran v***a, desgraciado animal de pacotilla!—Escuchamos como despotrica en mi contra y las risas no paran, hasta que escucho a Daniela. —Sarita, no escuches a Rocío, entendido. —Shi. —Hermano te tengo que dejar, al parecer está mi prima y quiero ver que se trae esa mujer. —¿Y me dejarás con la duda? Eres muy malo Chris. —Te llamo a la noche. —Chris— corto la llamada y me levanto de mi escritorio para escuchar mejor… —Ro ¿Qué te pasa mujer? —Es que esa bestia que tienen por socio es un verdadero incordio, no le gusta absolutamente nada de lo que hago ¿Qué se cree el bárbaro ese, salido del cazo de un druida para hacerme enojar de esta manera?—me está comparando con Obelix ¿Qué se cree? Si soy alto y esbelto, no sabe cuánto me cuido este cuerpecito. —Ya va, ya va, siéntate que te traeré un té para pasar el mal rato. —Necesito más que un té, mi querida amiga, con un whisky sin hielo quedo feliz— abro la puerta y le hablo directamente mirándola a los ojos. —Es demasiado temprano para un whisky, señorita Arismendi y creo este bárbaro no ha sido para nada un incordio. Lo único que hice fue pedirle que me hiciera unas estadísticas y me las presentara lo más pronto posible. —Y eso hice, mald… Argh, señor O’Connor, pero usted ni los miró y dijo que estaban mal hechos. —Será porque sí lo estaban— le retrucl. —¡Pero si ni siquiera los vio, joder! —Eso es lo que cree usted, mejor ven acá mujer, para que veas que tengo razón. —Chico dindo, abacho— ¿eh? Esa pequeñita se me acerca para que la abrace y em corazón me late a mil por hora. —Sa…Sarita… ¿quieres upa? —¡Shi! —Pues upa te daré —tomo a la pequeña en brazos y comienzo a dar pequeños saltitos con ella, mientras se ríe feliz —. Señorita Arismendi, sígame. Me adentro en la oficina con mi sobrinita y mientras me siento con ella la tal Rocío habla pestes de mí. —¡Argh, ya voy! Dani, deja que yo vea a Sarita, capaz y este loco la intente seducir con sus palabras. —Mejor los acompaño y veo si te puedo apoyar. Esto será interesante, veré si mi primita logra saber dónde está el error de todo lo que le pedí a la señorita Arismendi, porque de que la planilla está mal, está mal. Veamos que dice Irene Adler y como defiende lo indefendible. ------------------------------ Copyright © 2024 P. H. Muñoz y Valarch Publishing Todos los derechos reservados. Obra protegida por Safe Creative bajo el número 2411069042692
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