Acerqué el trozo de papel a la luz de la luna. Mis dedos todavía temblaban por el rastro de la palabra que Max había soltado en la oscuridad. La caligrafía era rápida, casi ilegible, como si la hubiera escrito con los dientes apretados. La nota decía: “No te engañes, Xiena. No es solo mi ropa lo que quieres tener cerca. Deja de pelear contra lo que ya pasó”. Arrugué el papel hasta convertirlo en una bola pequeña y lo lancé al rincón más oscuro de la habitación. Max estaba cruzando líneas que no tenían retorno, y lo peor era que lo hacía con la confianza de quien sabe que ha encontrado una grieta en mi voluntad. Pasé el resto de la madrugada sumergida en un estado de alerta que no me permitió volver a cerrar los ojos. Cuando el sol empezó a iluminar los muebles costosos, me sentía suci

