El sabor del vino y el tabaco de Joti se mezcló con el sudor de Max en aquel beso compartido que me quitó el poco juicio que me quedaba. Sentí cómo la mano de Joti, firme en mi nuca, me obligaba a abrir la boca para recibirlo a él también. Fue un instante en el que las identidades se borraron. Max seguía dentro de mí, recuperando el ritmo de sus embestidas, pero el centro de gravedad de la habitación se había desplazado. Joti ya no era un espectador. De repente, Joti rompió el beso y puso una mano en el hombro de Max, empujándolo con una firmeza que no admitía réplicas. —Quítate, Max —exigió Joti. Su voz no era un ruego, sino una sentencia—. Ya has tenido tu turno para marcar el territorio. Ahora quiero que veas cómo se hace de verdad. Max se detuvo en seco. Lo sentí salir de mi cuerpo,

