Max me hacia él sobre el colchón. Me obligó a ponerme en cuatro patas, de cara a la cabecera y de espaldas a Joti. Hizo a un lado el encaje y dio el primer empuje sin quitarme la ropa intima. Esa primera embestida de Max fue brusca, una entrada que me obligó a clavar las uñas en las sábanas de seda gris. No hubo la falsa suavidad de la noche anterior. En este cuarto, bajo la mirada de Joti, Max se movía como un animal que necesitaba demostrar su valía. Sentí su peso sobre mi espalda, su pecho chocando contra mis costillas con un ritmo que me robaba el aliento. Joti, desde su sillón, no apartaba los ojos de nosotros. Bebió un sorbo de vino y dejó la copa en el suelo, inclinándose hacia delante para no perderse ni un movimiento. —Más despacio, Max —ordenó Joti. Su voz era un látigo de sed

