Caminé por el pasillo sintiendo que el aire se volvía más pesado a cada paso. Max iba un paso detrás de mí, su presencia era una presión constante en mi nuca. El roce de la seda de la bata contra mis muslos me recordaba que debajo no llevaba nada más que el encaje n***o que Joti había elegido para mi humillación. Llegamos a la puerta de la habitación principal, esa que siempre había evitado porque sabía que era el núcleo de la perversión en esta casa. Max extendió la mano y, sin llamar, empujó la madera pesada. La habitación estaba bañada en una luz mortecina, amarillenta, que salía de un par de lámparas en las esquinas. El olor era una mezcla asfixiante de sándalo y un vino caro que se sentía en el fondo de la garganta. Joti no estaba en la cama. Estaba sentado en un sillón orejero de cu

