No pude dormir. Me quedé sentada en la cama, mirando la puerta como si Joti fuera a derribarla en cualquier momento para continuar con su retorcido experimento. El calor de las manos de Max todavía se sentía como una marca sobre mi piel, una mancha que ni la seda de mi pijama podía borrar. El hambre, sin embargo, terminó siendo más fuerte que mi miedo. Bajé a la cocina pasada la medianoche, esperando encontrar el lugar desierto, pero el destino tenía otros planes. La luz de la campana extractora estaba encendida, bañando la encimera en un tono amarillento. Max estaba allí, de pie frente a la isla de mármol, con una botella de agua a medio terminar y la camisa de la cena desabrochada hasta la mitad del pecho. Se veía cansado, con las facciones endurecidas por una tensión que no lograba dis

