La puerta de la cocina terminó de abrirse, pero no era Joti. Era el viento colándose por una de las ventanas del servicio que alguien había dejado mal cerrada, moviendo la hoja de madera con un chirrido que nos devolvió la consciencia. Max se separó apenas unos centímetros, pero su mano seguía anclada a mi vientre, quemándome a través de la piel desnuda. Sus ojos buscaban los míos en la penumbra, y la mezcla de alivio y deseo que vi en ellos me dio ganas de llorar y de abofetearlo al mismo tiempo. —Deberías subir —susurró él, aunque no hizo el más mínimo esfuerzo por soltarme—. Si Joti baja y nos ve así, no habrá forma de explicarlo. —¿Y qué vas a explicar, Max? ¿Que estabas comprobando que tu inversión tiene pulso? —Le solté la camiseta de pijama, que cayó cubriendo de nuevo mi piel, pe

