Azzurra Apenas me di la vuelta, sentí el peso de lo que acababa de hacer. Seguí caminando por el pasillo con el corazón acelerado, fingiendo normalidad frente a médicos y enfermeras, pero por dentro todo estaba desordenado. Cada paso se sentía más lento, como si el hospital entero supiera que acababa de cruzar una línea invisible. Le había dado mi número, no era solo un papel, era una rendija a mi lado más vulnerable y una posibilidad. Y eso me asustaba más de lo que quería admitir. Después de que lo bese hace dos días no había tenido oportunidad de verlo, una de mis compañeras se enfermó y tuvimos que tomar sus actividades y delegar algunas que no fueran tan urgentes. Y como Félix estaba por recibir el alta, ya no era necesario que fuera tan seguido a revisar su herida y las pocas

