Caminé y corrí todo lo que pude, mis pies descalzos apenas rozando el suelo, hasta que el oscuro túnel y la bodega quedaron atrás. Mi respiración era agitada, pero no me detuve. Sabía que no podía permitirme un segundo de calma. Cuando finalmente me detuve, agotada, me di cuenta de que me encontraba bastante lejos de ese maldito lugar. El campo se extendía frente a mí, vasto y silencioso, bajo la luna llena que iluminaba mi camino. Fue entonces cuando, en medio de la quietud de la noche, escuché un débil maullido. Giré rápidamente hacia la fuente del sonido y vi una pequeña caja, algo arrugada por el tiempo, en medio de la hierba. Al acercarme, vi al pequeño gatito dentro, su cuerpo temblando de frío. Mis manos se alzaron de inmediato, sin pensarlo dos veces, y lo tomé en mis brazos. Era

