Estaba acomodada en el asiento trasero, con el pequeño león dormido en mi regazo, disfrutando de la aparente tranquilidad del viaje. Sin embargo, el motor del auto tosió un par de veces antes de detenerse por completo. —¿Qué demonios pasa ahora? —gruñó D’Angelo desde el asiento delantero. Bastian revisó el tablero y suspiró. —Nos quedamos sin gasolina. —Inútiles… —murmuró D’Angelo con fastidio. Aproveché la pausa para bajar del auto, estirando mis piernas adormecidas. Apenas di un par de pasos cuando sentí la presencia de D’Angelo detrás de mí, su tono bajo y amenazante. —Si intentas escapar, no dudaré en disparar. Rodé los ojos y me giré hacia él con una sonrisa despreocupada. —No voy a escapar… Solo quiero pedirte algo. —¿Qué? —preguntó con desconfianza. —Préstame dinero. Sus

