Cuando llegué a la casa, me encontré con la imponente figura de Veronika, parada en medio del vestíbulo con los brazos cruzados y una expresión de furia contenida. Su mirada helada se posó en mí primero, fulminándome con desprecio, antes de dirigirse a su hijo. —¿Qué es esto, D'Angelo? —espetó, su tono afilado como una navaja—. La esclava se escapa y tú la traes de vuelta… ilesa y con una maldita mascota. D’Angelo permaneció impasible, sosteniendo al pequeño león entre sus brazos como si no le importara en lo absoluto la indignación de su madre. —Ese león es mío, madre —respondió con calma, pero con una firmeza que hizo que el ambiente se tensara aún más—. Y te recuerdo que, aunque seas mi madre, eso no cambia el hecho de que yo soy tu Boss. Los ojos de Veronika destellaron con rabia a

