Hace un mes, maté a esa miserable y no me arrepiento. Mi corazón no siente remordimientos, pero mi mente no puede dejar de pensar en las represalias que se avecinan. Cada noche, la oscuridad parece más densa, más real. Puedo oír los ecos de los pasos de aquellos que buscarán vengar la muerte de Sonya. No sé si sobreviviré a esto, pero sé que no tengo más opción que seguir adelante.
He estado investigando a Giovanni Russo, el padre de Cassio, y todo lo que descubro me hace ver la magnitud de la guerra en la que estamos involucrados. Giovanni fue una sombra peligrosa para los Rostov cuando Cassio tenía solo once años. Fue en esa época que Giovanni, impulsado por su ambición y su sed de poder, atacó a los rusos. Secuestró al hijo mayor de la familia Rostov, un niño de apenas diez años. Giovanni no mostró piedad; lo torturó de manera cruel y luego lo lanzó al río como si fuera basura. Cuando el padre del niño intentó rescatarlo, Giovanni lo enfrentó, disparándole y dejándolo convaleciente, incapaz de defenderse o de vengar la muerte de su hijo.
Esos primeros actos de violencia fueron solo el comienzo de lo que se convertiría en un conflicto imparable. Giovanni no se detuvo allí; intentó aniquilar por completo a la familia Rostov. D'Angelo, el segundo hijo, apenas tenía siete años en ese momento, y Sonia, su hermana, solo cinco. Giovanni y sus hombres hicieron todo lo posible por acabar con ellos, pero la madre de los niños, una mujer más astuta de lo que jamás imaginó Giovanni, logró sobrevivir. Usó su belleza, su cuerpo y su inteligencia para formar alianzas con poderosos hombres que la defendieron. Gracias a esas alianzas, sus hijos, D'Angelo y Sonia, lograron sobrevivir, aunque la guerra entre las dos familias se intensificó.
Años después, la madre de los Rostov tuvo otro hijo, el más pequeño de ellos, aunque nadie sabe quién fue el padre. Aquel bebé representaba una nueva generación de la familia, una nueva amenaza para los Russo. Y esa amenaza, aunque silenciosa al principio, se fue alimentando con el tiempo. Lo que comenzó como un intento de Giovanni por exterminar a la familia rival se convirtió en una guerra abierta, llena de atentados, traiciones y batallas sangrientas por los territorios.
Lo que más me asusta no es lo que hemos hecho, sino lo que estamos por hacer. Los Rostov son tan poderosos como nosotros, si no más. Están estratégicamente posicionados, manejan alianzas y contactos que no podemos subestimar. Son una mafia tan antigua como la italiana, con raíces profundas en cada rincón del poder. Ellos no olvidan, y lo que hicimos, matando a Sonya, es algo que jamás perdonarán.
Salí de mis pensamientos cuando escuché que alguien entraba en mi habitación. Instintivamente, saqué el arma y la apunté en dirección a la sombra que se deslizaba por la puerta. Pero al ver la figura, me relajé al reconocerla. Era Lisa.
—Tranquila, cariño, soy yo. No pasa nada —dijo con voz suave, levantando las manos en señal de calma.
Sentí cómo mi respiración se normalizaba poco a poco, pero la tensión seguía presente en mis músculos, como si el miedo se hubiera instalado por completo. Guardé el arma rápidamente, avergonzada por mi reacción impulsiva.
—Lo siento… —murmuré, sintiéndome un poco tonta. Mi pulso aún acelerado del susto, traté de justificarme—. Es solo que… estoy un poco paranoica.
Lisa me miró con una mezcla de comprensión y preocupación, sin reprocharme nada. Sabía que este mundo en el que nos movíamos no ofrecía muchas certezas, y en ocasiones, la paranoia era lo único que te mantenía alerta.
—Lo entiendo, no te preocupes —respondió, acercándose a mí y tomando mis manos en un gesto de consuelo. Su calma era un refugio, aunque no lograba disipar por completo la inquietud que me dominaba—. Sé que estás bajo mucha presión. Pero todo va a estar bien.
Asentí, pero sabía que no era tan sencillo. Había demasiados peligros acechando en cada rincón, y aunque deseara olvidarlos por un momento, la realidad seguía siendo implacable.
Me levanté de la cama, dejé que mi mente descansara por un momento, y fui a desayunar. El aroma del café me trajo algo de calma, pero no pude evitar notar que Dalton parecía especialmente tenso esa mañana. Lo observé por un instante antes de acercarme y abrazarlo por detrás.
—¿Estás bien? —pregunté en voz baja, rodeándolo con mis brazos. Sin embargo, él no respondió. Ignoró mi gesto y se separó rápidamente, caminando hacia el despacho de Cassio con paso firme. No me importó en lo más mínimo. Lo seguí, decidida a averiguar qué estaba pasando.
Al entrar, vi cómo Dalton cerraba la puerta detrás de él y Cassio estaba en su escritorio, mirando una carpeta con atención. Al verme, Dalton frunció el ceño.
—Vete, Casandra —me dijo, su tono un poco más severo de lo usual.
—No —respondí con firmeza—. Si esto tiene que ver con los Rostov, tengo derecho a saberlo.
Cassio, que no había dicho una palabra, levantó la vista hacia mí y asintió.
—Cierra la puerta —me ordenó.
Lo hice sin pensarlo dos veces, y me acerqué al escritorio, ansiosa por conocer lo que estaba pasando.
—¿Qué averiguaste, Dalton? —preguntó Cassio con voz grave.
Dalton respiró hondo, con una tensión palpable, antes de hablar.
—D'angelo Rostov... Usó la ruleta rusa —respondió con un tono serio.
—¿La ruleta rusa? —pregunté, confundida, mientras los dos hombres se miraban entre sí con algo de preocupación. Había algo en esa mirada que no me gustó, algo oscuro, algo peligroso. Y por instinto, supe que estaba a punto de enterarme de algo que cambiaría todo.