El boss

591 Palabras
D'angelo Rostov Estaba de pie frente al cuerpo de mi hermana, el odio en mi pecho me ahogaba. La furia me consumía por completo, no podía dejar de mirar su rostro, esa expresión de sufrimiento que me atormentaba. Hace más de dos días que había partido hacia Estados Unidos y ahora regresaba muerta, como si su vida no hubiera valido nada. Solo uno de sus hombres había sobrevivido para contar la historia, y lo único que tenía claro era que su muerte había ocurrido en territorio de los Russo. Los Russo… siempre los Russo. No era la primera vez que esos malditos mataban a alguien de mi familia. Recordaba el día en que mi hermano mayor fue asesinado, la manera en que dejaron a mi padre prácticamente paralítico. Recuerdo claramente cómo éramos niños entonces, y cómo mi madre, con su fuerza y determinación, fue la que nos mantuvo con vida. Si no fuera por ella, nuestros enemigos habrían acabado con nosotros, nos habrían exterminado sin dudarlo. La rabia me invadía por completo. No pude evitar apretar los puños con tal fuerza que sentí los huesos crujir. ¿Cómo se atreven? ¿Cómo pudieron hacerle esto a mi hermana, a mi familia? Las preguntas seguían retumbando en mi cabeza, pero lo que más me quemaba por dentro era la sensación de impotencia. Miré al hombre que había sobrevivido, el único testigo, y lo vi encogido en una esquina, temblando de miedo. Él sabía lo que iba a suceder, y no era algo que pudieran detener. Ahora, con la muerte de mi hermana, ya no quedaba espacio para más dudas. Estábamos en guerra, y no había vuelta atrás. La calma era una ilusión. Dentro de mí, la tormenta era total. No me importaba lo que fuera necesario, no me importaba quién tuviera que caer. Los Russo habían cometido un error fatal, y los haría pagar, uno por uno. Mi madre sollozaba desconsolada, su llanto profundo y doloroso llenaba la habitación mientras abrazaba el cuerpo de mi hermana, incapaz de asimilar la brutalidad de lo que había ocurrido. —Mi hija... —susurró, entre sollozos—. No puede ser. La vi quebrarse, y por un momento, sentí que la rabia que me consumía no era suficiente. La impotencia de ver a mi madre destrozada por la pérdida de su hija me caló hasta los huesos. No importaba cuánto poder tuviera, este dolor era el mismo que cualquier otro padre sentiría al perder a un hijo. Me acerqué a ella y, con voz firme, le tomé las manos. —Tranquila, madre... —le aseguré, con la determinación ardiendo en mi pecho—. Te prometo que lo pagarán. De una forma u otra, cada uno de los responsables sufrirá las consecuencias. Miré el rostro sin vida de mi hermana una vez más, el odio burbujeando dentro de mí, alimentado por la furia y el dolor. —Soy el Boss de la mafia rusa —continué, mi voz grave y llena de veneno—, y nadie toca a nuestra familia y sale impune. Giovanni Russo ya no está vivo, pero te prometo que no quedará nada de su descendencia. Juro que borraré su maldita línea de la faz de la Tierra. Mis palabras eran más que una promesa, eran una sentencia. Lo que había sucedido no quedaría sin respuesta. Cada uno de los Russo que quedara, cada uno que se atreviera a tocar a mi familia, tendría que enfrentarse a la ira de D'Angelo Rostov. La guerra comenzaba ahora, y no había marcha atrás.
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