Mi decisión

1549 Palabras
La camioneta frenó bruscamente cuando llegamos al almacén. El sonido de los disparos resonaba en el aire, cortando la quietud de la noche. Los rusos no perdían tiempo; ya estaban atacando a los hombres de Cassio. —¡Baja! —ordenó Dalton, con voz tensa, mientras rápidamente se cubría y se preparaba para salir. No dudé ni un segundo. La adrenalina me invadió al instante, y salté fuera de la camioneta con rapidez. La escena que se desplegaba frente a mí era caótica: los hombres de Cassio estaban luchando con ferocidad, mientras los hombres de los Rostov se movían rápidamente entre las sombras, aprovechando cada rincón del almacén. —¡Sigue mi ritmo! —le grité a Dalton, mientras tomaba mi pistola con firmeza y me deslizaba entre los vehículos estacionados, buscando una ruta segura hacia el interior del almacén. Los disparos seguían zumbando a mi alrededor, pero mi concentración era absoluta. Cada uno de los hombres que caía era una amenaza menos para Cassio. Sabía que debía llegar cuanto antes. —¡Cassio! —grité, sin perder el paso, tratando de localizarlo en medio del caos. Un rugido lejano me indicó que alguien intentaba escapar hacia la salida secreta que mencionó Dalton, pero los rusos lo tenían rodeado. —¡Cassio, sal de ahí! —dije entre dientes, a medida que me acercaba al lugar donde se encontraba el conflicto. A mi lado, Dalton estaba igual de decidido, disparando con precisión hacia los rusos que intentaban tomar ventaja. La misión era clara: sacar a Cassio de allí con vida. La situación se había vuelto aún más tensa de lo que imaginaba. Los disparos no cesaban y el caos se apoderaba del lugar. Cassio, como siempre, confiaba en sus hombres, pero yo no podía quedarme atrás. —¡Qué mierda haces aquí, Casandra! —grita Cassio, su rostro reflejando frustración al verme involucrada en todo esto. Justo cuando comenzábamos a salir del almacén, una camioneta más apareció, con tres hombres armados. Rápidamente, disparé y derribé a tres de ellos, pero mi pistola se quedó sin balas. —¡Maldita sea! —murmuro, sintiendo la impotencia crecer. En medio de la confusión, una figura femenina se adelantó entre los hombres. Era rubia, con un aire amenazante. —Tanto tiempo, Cassio Russo... —dice ella, su voz llena de desdén y amenaza. —¿Quién es esta? —pregunto, el miedo y la rabia inundándome, mientras miro a Cassio, buscando respuestas. —Soy Sonya Rostov, mocosa... —responde ella, con una sonrisa fría. —Mi hermano estará feliz de ver tu bella cabeza, Russo. Cuando acabe contigo, iré por toda tu descendencia. Mi estómago se revuelca al escuchar sus palabras. Los Rostov... Estaba claro que este enfrentamiento no sería sencillo. —Esto es entre D'Angelo y yo, ¿me escuchas? —dice Cassio, su tono grave y lleno de autoridad. Pero Sonya no parece dispuesta a dejarlo ir tan fácil. Su mirada se endurece, y con una calma inquietante, continúa: —Quiero matarte yo con mis propias manos, sin armas. ¿Aceptas el reto o prefieres que le pegue un tiro ahora mismo a tu putita? —dice con una sonrisa maliciosa, apuntando hacia mí. —¡No te metas, Casandra! —me grita Cassio, mirando hacia mí con desesperación. —No importa lo que pase, no te metas en esto. Mis manos tiemblan, pero no es por miedo, es por la furia que arde en mis venas. No voy a dejar que me amenace de esa manera. Observé atentamente la lucha entre Cassio y Sonya. La mujer luchaba con una destreza que no podía ignorarse, cada movimiento era calculado, preciso. Cassio, sin embargo, no era un novato en el combate. Sus años de experiencia en el mundo de la mafia se reflejaban en su habilidad para esquivar y contraatacar. A pesar de que la joven rusa parecía tener la ventaja de la rapidez, Cassio era imparable, como una máquina perfectamente entrenada. Mientras ellos peleaban, me deslicé rápidamente hacia uno de los cuerpos caídos y, con cautela, tomé un arma que había quedado cerca. La escondí con agilidad detrás de mí, asegurándome de que nadie me viera. Los disparos seguían sonando a nuestro alrededor, mientras Dalton y nuestros hombres se encargaban de los rusos restantes, sin dar tregua ni por un segundo. El caos reinaba en el almacén, pero mi concentración estaba puesta en el enfrentamiento entre Cassio y Sonya. Cada golpe, cada patada, estaba lleno de una furia contenida que no hacía más que intensificar la situación. Sabía que no podía quedarme de brazos cruzados. No importaba lo que pasara, la situación necesitaba ser controlada rápidamente. Dalton me lanzó una mirada, como si supiera que estaba lista para actuar. Pero antes de hacer nada, debía esperar el momento preciso. Sabía que intervenir de inmediato podría alterar el curso de la pelea, y lo que necesitábamos era terminar esta guerra lo antes posible. Con la pistola firme en mi mano, aguardé, sin apartar la vista de Cassio y Sonya, esperando la oportunidad adecuada para actuar. La batalla en el almacén parecía no tener fin. Cada disparo, cada movimiento, estaba cargado de tensión. Yo observaba, inmóvil, cómo Cassio y Sonya se enfrentaban cara a cara. Sonya era una mujer dura, feroz, y Cassio no le iba a la zaga. Sin embargo, una fracción de segundo, una distracción, fue suficiente para cambiarlo todo. Sonya, con una sonrisa malévola, aprovechó el momento en que Cassio se desvió de su mirada, y lo derribó al suelo con una maniobra experta. Inmediatamente, lo agarró del cuello con una mano mientras con la otra sacaba un arma y la apuntaba a su cabeza. —Adiós, Cassio Russo —dijo con frialdad, saboreando la victoria. Mi corazón se detuvo un instante. Vi cómo la muerte de Cassio parecía inminente y el terror me paralizó por completo. Pero, al mismo tiempo, algo dentro de mí se activó. No podía dejar que eso pasara. No podía permitir que mi familia, mi vida, fuera destruida frente a mis ojos. Sin pensarlo, me deslicé entre los cuerpos caídos y tomé el arma que escondí detrás de mí. No me importó que el peligro estuviera presente, no me importó el miedo. Disparé. El sonido del tiro resonó como un trueno en mis oídos y vi cómo Sonya caía al suelo, muerta. Un escalofrío recorrió mi espalda mientras la imagen de su caída se grababa en mi mente. El cuerpo de Sonya yacía inerte, una prueba palpable de lo que acababa de hacer. El pánico comenzó a crecer en mi pecho, pero no tuve tiempo de procesarlo. Cassio, que aún estaba en el suelo, me miró con una furia que no disimulaba. —¿Qué mierda hiciste? —me gritó, su rostro mezclando sorpresa y enojo. No pude responderle. Mi mente estaba en blanco. No sabía si lo había hecho bien, si había arruinado todo. En ese momento, el único sonido que llenaba el aire era el de los disparos que seguían ocurriendo a nuestro alrededor. Dalton y nuestros hombres luchaban con los rusos, cubriéndonos. Fue Dalton quien llegó en ese momento, con una expresión de análisis. Se acercó al cuerpo de Sonya y, con la frialdad de un experto, observó y dijo: —Está muerta. El peso de sus palabras me hizo temblar. Era la primera vez que mataba a alguien. Nunca me imaginé que sería tan… real. La muerte ya no era un concepto distante, una idea que solo existía en las historias. Ahora, era algo que me perseguiría. Cassio se levantó, con una mirada que, aunque feroz, mostraba un leve atisbo de entendimiento. Se acercó a mí, me quitó el arma y la sostuvo en sus manos con firmeza. Mi respiración era entrecortada, mi cuerpo temblaba. —Perdón... —sollozé, mis palabras apenas salían de mi garganta—. Yo no quería perderte. Cassio me abrazó, envolviéndome en sus brazos con fuerza. A pesar de la furia en su rostro, sentí un leve consuelo en su cercanía. —Está bien, cariño —dijo en voz baja, acariciando mi cabello—. Lo hiciste por nosotros. Por protegernos. Su voz era calmada, pero su mirada era profunda, como si tratara de decirme que todo lo que había sucedido era parte de algo más grande, algo que no podíamos controlar, pero que debíamos afrontar juntos. —Ahora, encárgate del cuerpo, Dalton —ordenó Cassio, con voz firme—. Esparce el rumor de que yo la maté. Entendido, fui yo quien la mató. Dalton asintió rápidamente y comenzó a dar instrucciones a los demás, comenzando con la tarea de hacer desaparecer cualquier rastro. Yo, por mi parte, me quedé en silencio, mirando cómo todo alrededor de mí se desmoronaba. No sabía si había hecho lo correcto, si Cassio me perdonaría. Pero sabía que, en este mundo, las decisiones eran rápidas y las consecuencias aún más. Cassio me miró nuevamente, ahora con una leve sonrisa, como si tratara de tranquilizarme. —Lo que hiciste hoy, nos hace más fuertes —dijo, y aunque sus palabras eran frías, la manera en que las dijo me hizo sentir que aún había algo por lo que luchar. No sabía si me sentía aliviada o aterrada. Solo sabía que todo había cambiado, y que no había vuelta atrás.
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